La luz del sol comenzaba a pintar la ciudad con fragmentados brochazos. Aquí una fachada, un parque. Allá una calle, un zaguán anónimo. En el oriente las faldas verdes y bostezadoras de las montañas.
En la carrera Séptima con la calle sesenta y seis existió —ahora es un gigante esqueleto de cemento— uno de los jardines sin flores más inquietantes de Bogotá. Era una manzana completa. Sorprendía el verde intenso de sus pastales, de sus numerosos pinos enormes cuyas ramas tupidas y alargadas daban el aspecto de un auténtico bosque misterioso, donde caminan siempre los personajes mágicos de los cuentos de la infancia.
El lugar estaba cercado por una muralla de ladrillo, que desmoronaban el tiempo y el abandono. Afuera me detuve muchas veces a mirar el encanto de su paisaje; a evocar y recrear el encuentro del lobo y Caperucita Roja, en esos follajes repentinos que forman la memoria de la niñez. Por conservar intacta esa nostalgia primera, no me había atrevido a cruzar el umbral: una verja de color negro, que esa mañana chirrió como el saludo oxidado de tiempos remotos.
Cada paso me pareció una profanación. También el ingreso al territorio vedado de los deseos realizados. En la Antigüedad las iniciaciones o ritos tenían como escenarios bosques densos, fabulosos en misterios, que servían de puentes al más allá. La entrada al Hades se hallaba precedida por árboles espesos, confusos, enmarañados. Caminé hasta la boca del lobo, del bosque. Por entre la cima de los árboles bajó un chorro de luz dibujando un círculo perfecto de claridad. Pensé en Caperucita Roja. Esas tres páginas de Perrault me han intrigado toda la vida. Tan pocas y reveladoras que evocarlas irriga de surcos dorados el misterio.
El temblor del erotismo y la imagen de una violación carnal ambientan los fondos psicológicos del drama. Ese inolvidable saludo del lobo astuto, marrullero, actor de primera línea, y la niña ingenua, apabullada, amateur en las lides de la vida —que Doré dibuja sensual e inocente—, me atraen con avidez. Despiertan en mí sentimientos eróticos más que de compasión y ternura.
Imagen y palabra desatan dudas sobre el hecho fantástico en sí. La niña con la canasta llena de cereales, panes y frutas; y el lobo vestido, la piel de dandy con sus protuberantes colmillos blancos semeja un sátiro, no un criminal. ¿Por qué no la devora en medio del bosque? Se dirá que es una fábula, no un relato pasional. Los autores de estos cuentos mágicos juntan animales y seres humanos en sus historias que pueden simbolizar secretamente las bajas pasiones de los hombres, que en el siglo XVII estaban más veladas y refundidas en el inconsciente social.
A lo mejor Perrault quiso escribir un cuento erótico, donde el deseo feroz del lobo seduce a la belleza y la inocencia. De ese enmascaramiento, de ese juego literario y metafórico, sobrevive uno de los más excitantes relatos infantiles.
Volvamos al bosque. ¿Por qué dejar a Caperucita de postre y no como manjar principal? Sus carnes rosadas, tiernas, jugosas a la mirada del lobo, merecían ser un bocado de reyes. Estos interrogantes, desvaríos del presente, todavía no hallan respuestas que me satisfagan a plenitud. Allí, la grandeza literaria, y los numerosos caminos que abre para la eternidad.
Existe una decisión más humana en el lobo, prefiriendo consumar sus deseos en la cama de la abuela y no en la maleza: su hábitat natural. Esta perversión se aleja de la oportunidad de la sorpresa que caracteriza a los seres salvajes del bosque. Lo aproximan al espíritu calculador y frío de un seductor.
El final es enigmático. Multiplica posibilidades a la sana especulación. El lobo aguarda a la niña en el lecho de la abuela. En el texto original leemos: “Caperucita Roja se desnudó y fue a meterse en la cama…”. Esa desnudez innecesaria, precipitada en la lógica del relato, es más la voluntad del pecado que la inocencia de un desliz casual. La niña deja el pudor de sus ropas en el suelo, atraída por las deformidades de la presunta viejecita, que emulan los miembros y órganos ampliados del deseo y mete su cuerpo virgen en el bosque del lobo. El lobo no obliga a la niña, la seduce, la tienta con el timbre poderoso de sus palabras y su fenomenal figura. Caperucita Roja no es ciega ni sorda; juiciosa camina a una terrible curiosidad, al deseo disfrazado de lobo.
Hasta allí el ámbito erótico del cuento. Luego vendrá el final real, la fábula moral. Lo que nos contaron de niños: “El malvado lobo se arrojó sobre Caperucita Roja y se la comió…”.
El helaje de la duda me sacó de la ensoñación. El aire tenía un silencio sospechoso. Vi los pinos gruesos subir verdes hasta el cielo azul y redondo, vi las nubes pegadas en el cielo como manchas de un óleo fresco. Presentí cerca la quietud irascible de las montañas orientales. Vi el maravilloso bosque incógnito creciendo en la ciudad. Un ánimo inefable cayó sobre mí unos instantes; después sentí el vacío efímero de la felicidad, de un secreto casi resuelto. Salí al umbral. Miré atrás al bosque como el fondo de mis deseos, y cerré la verja de color negro apagando la mañana.