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¿Y de quién son las gafas de Gandhi?

Polémica por subastas de las pertenencias del líder indio. Colombia intenta repatriar de Dinamarca una estatua robada del parque San Agustín.

12 de marzo de 2009 - 06:19 p. m.
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¿Puede alguien apoderarse de la cultura mundial? ¿Tienen los países la batalla perdida en su intención de repatriar los tesoros arqueológicos saqueados  por ejércitos vencedores, misioneros o arqueólogos que se apropiaron de piezas que hoy se exponen en museos occidentales o se subastan en el millonario mercado del arte? ¿Hay desinterés por parte de las casas subastadoras de verificar la procedencia legal de los objetos que subastan? ¿Es la Convención de 1970 de la Unesco suficiente herramienta para los países que intentan recuperar algo de su patrimonio perdido?

Estas son algunas de las preguntas que expertos  del arte y del patrimonio de todo el mundo han dejado colar en los medios en las últimas semanas, cuestiones detonadas por la polémica venta, el pasado jueves 5 de marzo, de las gafas, un reloj de bolsillo, un plato, un cuenco de comida, un par de sandalias, un análisis de sangre y un telegrama que pertenecieron al líder indio Mahatma Gandhi, y por la subasta de dos cabezas de bronce -petenecientes a Pierre Bergè-, de comprobada procedencia china, saqueadas durante la Segunda Guerra del Opio (1860) cuando los ejércitos inglés y francés entraron en el palacio de verano del emperador chino y destruyeron la fuente decorada con las 12 cabezas que representaban el Zodiaco.

“Hay un gran desinterés por parte de las casas de subastas por verificar la proveniencia de las piezas que se venden. Si saben que no se los están comprando al que las robó, las saqueó o las sacó ilegalmente, sino que ya ha habido un par de intermediarios, eso es suficiente para ellos”, explica el experto en subastas de arte y en  cultura china  Benjamin Creutzfeld, quien trabajó durante cuatro años como subastador en Londres en varias de las casas más famosas.

“No tenemos que ir muy atrás para encontrar antecedentes de estos casos en donde se subasta el patrimonio y la memoria de toda una nación. Uno mira el reciente saqueo de los museos y las bibliotecas de Bagdad y se da cuenta de que a pesar de que fue un claro ejemplo de tráfico ilegal de bienes patrimoniales, las piezas inmediatamente salieron a las casas de subastas”, replica por su parte María Isabel Gómez, coordinadora del grupo Bienes Culturales Muebles del Ministerio de Cultura y encargada de varias repatriaciones de reliquias a Colombia.

No bastó que la familia de Gandhi declarara la subasta como un “insulto”, ni que su nieta Tara Gandhi Bhattacharjee, en un comunicado rogara a los organizadores para que devolvieran las pertenencias de su abuelo a la India. No sirvió nada, ni siquiera que el gobierno de ese país tratara por todos sus medios de detener la subasta, la única respuesta que obtuvieron de James Otis, coleccionista de antigüedades de Los Ángeles, fue que él donaría los objetos siempre y cuando India se comprometiera a invertir el 5% de su PIB en los más pobres.

La descabellada intromisión política no fue escuchada y más bien terminó por empantanar aún más la realidad del mundo de las subastas. Ya Pierre Bergè había hecho declaraciones parecidas cuando el gobierno chino le pidió que regresaran las dos piezas de bronce. “Con mucho gusto donaré las dos piezas de mi colección privada, pero si el gobierno chino se compromete a hablar con el Dalai Lama”, dijo sin ningún reparo Bergè.

Al final, las apetecidas cabezas de bronce chinas fueron vendidas a un postor que ofreció 40 millones de dólares, un comprador chino que un día después sacudió las noticias cuando dijo: “Lo único que quiero dejar claro es que no tengo el dinero para pagar esa suma, en ese momento, pensé que cualquier chino hubiera hecho esto si pudiera. Sólo hice lo que me sentí obligado a hacer”, replicó el chino que había logrado su cometido: sabotear la venta de los tesoros.

Por su parte, los artículos de Gandhi tasados por la casa de subastas Antiquorum, por 30.000 dólares, fueron vendidos al indio V .J. Malaya, por 1,8 millones de dólares, quien manifestó su intención de devolverlos a India.

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Comprando la culpa

Justamente una de las opciones más comunes que han adoptado los países que quieren recuperar los invaluables patrimonios perdidos es intentar comprarlos cuando salen a subasta. “Si son bienes que fueron saqueados después de 1970, cuando se firmó la Convención de la Unesco, hay toda una vía legal para intentar recuperarlos, pero si son pertenencias que salieron hace cientos de años y si no existe un convenio bilatera,l hay que  intentar comprarlas”, explica María Isabel Gómez.

Sin embargo, este camino por el que había optado China durante muchos años para recuperar algunas de las 12 cabezas saqueadas del palacio imperial y que hizo que, por ejemplo, un importante grupo económico chino comprara tres de las cabezas de bronce saqueadas, en dos subastas hechas por las casas Christie’s y Sotheby’s en Hong Kong en 2000, no parece ahora una opción para ese país.

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“Seguir comprándolas para traerlas de regreso es como reconocer que ellas fueron sacadas del país de forma legal”, aseguró Song Xinchao, director del Departamento de Cultura Patrimonial China al periódico Guangming Daily: “Comprarlas es como olvidarse del pasado y darle indulgencia a un crimen”.

Y es que no hay que perder de vista la relevancia de estas piezas, “la polémica no sería tal si no fuera porque estas dos cabezas de animales son el vestigio de un lugar que en China se visita como en Estados Unidos se va al Ground Zero. Ese ratón y ese conejo recuerdan una herida profunda, es casi como si estuviera subastando en un país de Oriente una columna de una de las Torres Gemelas”, explica Benjamin Creutzfeldt.

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Pero el debate de cómo repatriar los bienes patrimoniales perdidos hace años va más allá de si comprarlos o no, es un acto moralmente reprochable, pues simplemente hay muchos países como Colombia, Perú o Ecuador que no tienen el dinero siquiera para plantearse participar en una de las millonarias subastas.

Las batallas de Colombia

Aunque las disputas por las gafas de Gandhi y las cabezas de bronce chinas se libran en latitudes tan lejanas, Colombia tiene sus propias batallas por intentar recuperar un patrimonio que más allá de ser piezas bellas o valiosas “dan cuenta de la memoria de un pueblo, de las formas de sus generaciones pasadas”, asegura enfática María Isabel Gómez.

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Aunque a mediados de 2008 se logró un gran triunfo cuando se trajeron de vuelta 66 piezas precolombinas por un acuerdo con los Estados Unidos, aún siguen vigentes varios procesos con países europeos.

“Tenemos casos como las piezas de la cultura Malagana, saqueadas en Palmira, que están en Dinamarca; en Francia logramos también detener una subasta en la que se iba a vender un pectoral precolombino, pero a pesar de que se detuvo, el pectoral terminó comprándolo el Museo de América en España”, asegura Gómez, quien explica que en estos asuntos no se pueden perder de vista todos los requerimientos legales que se le exigen a un país para efectuar una repatriación, papeleos que a veces son costosos y difíciles de conseguir.

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Pero el caso más vigente es el intento de repatriación de una estatua que desapareció del parque San Agustín en 1988 y que recientemente se descubrió que se encuentra en Dinamarca, en donde iba a ser subastada. Esta valiosa pieza forma parte de una colección de más de 800 figuras pertenecientes a Colombia y Ecuador. Sin embargo, su regreso no ha sido aún posible una vez que Dinamarca no había firmado la Convención de 1970 de la Unesco para esas épocas y, en tanto, no está obligada a devolverlas.

La polémica está más visible que nunca. Y aunque “no se trata de exigirles a  las casas de subastas y a los museos que devuelvan los patrimonios de todos los países, porque eso significaría que  quedarían vacíos”, como sugiere Gómez, “sí se trata de que haya una mayor cooperación internacional para que estos saqueos no sigan ocurriendo y para que piezas fundamentales como las cabezas chinas, unas gafas de Gandhi, los famosos frisos del Partenón griego o una estatua de San Agustín no se queden decorando la blanca pared de un millonario y regresen a sus lugares de origen”, como puntualiza Benjamin Creutzfeld.

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