“Cuando todos los niños dejaron de dibujar, porque estaban aprendiendo a leer y a escribir, yo empecé a ir en la dirección opuesta —dice Vik Muniz en entrevista con el artista Juan Uslé—. No recuerdo con exactitud cuándo empecé a ser un artista, pero sé perfectamente cuándo todo el mundo a mi alrededor dejó de serlo”.
Los niños que Muniz refiere crecían a principios de los años setenta en medio de la dictadura: de la versión singular y única de la historia. Muniz había nacido en São Paulo en 1961; sus cuadernos de colegio eran una reunión inexacta de ideogramas, dibujos y palabras. Su abuela le enseñó a leer relacionando cada sonido con cada forma, sólo así, sin silabeo ni métodos corrientes. Pero Muniz tenía alguna dificultad con las palabras, se encontraba más a gusto con los dibujos.
Y era una época de dificultades; pero de la dificultad, por supuesto, viene la creatividad: Muniz hacía sus propios juguetes, los diseñaba, corría y se escapaba de casa, robaba, era descubierto. “Una vez —cuenta—, mi profesor de física, un tal Sr. Belotto, me confiscó uno de esos cuadernos ilustrados y se lo enseñó al director. Pensé que iban a regañarme por los dibujos, pero en lugar de ello me eligieron para representar a la escuela en un importante concurso artístico en el que iban a participar todas las escuelas públicas del Estado”.
Quizá la suerte, y también la imprescindible voluntad de dibujar —de niño se lo veía siempre con un lápiz a mano, las puntas de los dedos negras de carboncillo—, permitieron que Muniz fuera artista. Quizá también el hecho de que su familia no tuviera tanto dinero y él tuviera que vérselas para dibujar. Pero luego vino la vida y aceptó un trabajo en una empresa de vallas publicitarias. Un buen día, para celebrar sus logros, la empresa quiso hacerle un homenaje; durante el evento, dos hombres pelearon. Él los separó. Uno de ellos sacó un arma; disparó sin rumbo. Muniz recuerda haber amanecido dos días después en un hospital. A su lado estaba el hombre que lo había agredido; le prometía que compensaría su error. Y aquí viene, pues, otro quizás: si Muniz no hubiera recibido ese tiro, quizá jamás habría sido artista. Con el dinero de la compensación, fue a Estados Unidos a estudiar arte. Desde hace 30 años tiene su estudio en Brooklyn.
En tres décadas, Muniz ha encontrado materiales de trabajo que pocos utilizarían con destreza, o por lo menos con un objetivo declarado: partes de computadores, azúcar, papel periódico, diamantes, basura, botellas, resortes, alambres. “Queríamos un teatro que fuera como un circo —dice Muniz sobre sus primeros años—; queríamos comedia, risas, cosas absurdas y, sobre todo, queríamos comprender de qué modo se podía hacer arte sin depender de un tema ni de un punto de vista concreto”. Ese modo de hacer arte tomó cuerpo en sus series más reconocidas —que ahora recoge el Museo del Banco de la República—: Equivalents (1993), After Warhol (1999), Pictures of Chocolates, Caviar, Junk, Earthworks, Diamonds (1999-2006), The Best of Life y Sugar Children (1996).
“Un lápiz —dice Muniz— es una varita mágica que evoca la imagen de lo muerto y lo lejano; el pasado y el futuro; la nada, el infinito, aquello que no tiene nombre, la apariencia de los dioses, la materia con que están hechos los sueños”. Ese lápiz no es sólo uno de carboncillo; el lápiz es el material, cualquier material que permite que esos significados se vuelvan tangibles: como en The Gypsy, la obra en que traza la cara de una mujer con reciclaje.
En estas obras, el material no sólo habla: es la esencia de su significado. Varía el significado, lo somete a la realidad y a la vista de la sociedad que Muniz ha formado desde el momento en que, de pequeño, prefería los dibujos a las palabras: una sociedad que busque estimular la creatividad en vez de retorcerla, reemplazarla y luego anularla con la rutina, el desespero, el insoportable peso de la responsabilidad y el compromiso. “En su obra —escribe Claudia Ángel Macrina, guía del Museo de Arte del Banco de la República— Muniz nos sitúa frente a un objeto, cuya identidad indecisa nos hace conscientes de nuestro propio acto de percepción. Es decir, la incertidumbre del objeto nos hace cuestionarnos por lo que estamos viendo”.
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