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¿Y para qué las cartas de una mujer apasionada?

“A la poesía no se llega por declararse poeta”, dice el escritor chileno Carlos Franz, en una entrevista realizada a propósito de su novela “Si te vieras con mis ojos”.

06 de febrero de 2017 - 11:10 p. m.
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Los grandes amores –como los héroes– deben morir jóvenes. De lo contrario, se vuelven impotentes. El mejor modo de volver eterno un romance es matarlo. O quizás dejarlo incompleto. Suspendido… ¿Qué era aquello? ¿Un ensayo, una novela, parte de una carta…?

Carlos Franz

Corría el año de 1835 y por el Chile de entonces, el pintor Mauricio Rugendas, que se había aventurado a viajar pintando Latinoamérica, conocía a la que años después este país reconocería como la primera escritora de su historia, Carmen Arriagada, una mujer enamorada de otro hombre que no era su marido, con quien empezó a escribirse largas y sentidas cartas. Esta relación epistolar le daría licencia a Carlos Franz para cumplirse la promesa y el desafío literario que tenía pendiente: construir una ficción en la que se hable de un amor fuerte, apasionado y alejado del cinismo de nuestros tiempos.

Un hombre amable y serio lograba adivinarse en sus ojos, aunque se intuyera un resquicio de desconfianza. Aun así, echando mano a sus grandes dotes de narrador se atrevió a contar:

¿Cómo llegó la literatura a su vida?

Siempre es difícil decir cuál fue el origen exacto. Primero fue la fascinación con la lectura, con las historias escuchadas, tal vez de labios de mis padres, que eran muy literarios. Mi mamá era una actriz de teatro y mi padre era diplomático, pero era un hombre muy lector. Luego, a los 14 años por ahí, empecé a escribir cuentos en el colegio. Un profesor me animó mucho diciéndome que le gustaban, que le parecían buenos. Yo me quedé sorprendido de que uno pudiera también escribir, crear la magia de la literatura. La verdad es que 50 años después sigo muy sorprendido de que esto sea posible, no termino de agradecer al destino el haber podido ser escritor.

¿Cómo empezó a tomarse en serio el oficio de escritor?

Muy temprano, desde los 15 años, yo supe que quería ser escritor. Tenía esa pasión literaria por encima de cualquier otra preocupación. Era un adolescente raro, me la pasaba leyendo, más que haciendo otras cosas. También he sido siempre una mezcla entre romántico y práctico y veía que no iba a poder sobrevivir con la literatura. En Chile se vivía una situación muy especial, que era la dictadura de Pinochet, y menos que nunca parecía haber espacio para que un escritor joven pudiera soñar con llegar a ser escritor verdaderamente. Así que estudié derecho porque pensé que iba a ser muy fácil y así fue, me dio tiempo para seguir leyendo y escribiendo. Luego me permitió ganar dinero como abogado. Lo dejé en cuanto pude para tomar el camino de la literatura. Pese a que eso me significó las protestas de mi familia, y la incomprensión de mucha gente que decía: vas a ser pobre toda la vida, por no dedicarte al derecho, que da dinero, prestigio social, inclusive poder. Nunca me arrepentí.

¿En algún momento se ha mezclado ese conocimiento de lo jurídico con la literatura?

Una de las grandes maravillas de la literatura o de la posibilidad de ser escritor es que todo es material, las experiencias malas y buenas. Sobre todo esas experiencias que parecían inútiles, esos tiempos perdidos en la vida en los que todos caemos, que se transforman en material si uno sabe abordarlo. Sí, el derecho me sirvió mucho en una novela mía, una de las novelas más importantes y más difíciles para mí de escribir, que se llama El desierto. La protagonista es una jueza que enfrenta una situación muy difícil, porque ella quiere hacer justicia en un país donde no se puede hacer justicia, donde se impone la fuerza. Todo lo que yo había estudiado, y la paradoja de estudiar derecho en un país donde efectivamente mandaba una dictadura, está en esa historia.

¿Siempre tiene protagonistas femeninas?

No siempre, pero sí con frecuencia. Yo creo que lo que se da en mi caso son dos cosas. Yo escribí una novela narrada en primera persona por una mujer, que se llama El lugar donde estuvo el Paraíso. Eso es llevar al extremo eso que estamos hablando; esa novela ganó un premio en Argentina y la gente del jurado que la leyó estaba segura de que la había escrito una mujer, hasta que se abrió el sobre. En mi caso se da porque primero me interesa disfrazarme, travestirme, irme lo más lejos posible de mi condición, entre otras cosas, de mi condición masculina, para mirar el mundo de otra manera. La segunda es porque me gustan las mujeres y el eterno femenino ha sido siempre un misterio para mí. Entonces esa es una manera de explorar este misterio.

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Ustedes tienen una tradición poética muy fuerte. ¿Eso ha marcado su tradición narrativa?

Indudablemente, como usted dice, la tradición poética en Chile es muy fuerte, era más fuerte que nuestra tradición narrativa en el momento en que yo empecé. Pero más allá de eso yo soy el tipo de escritor de ficciones, narrador, que aspira a que su obra tenga valor poético, me parece la forma superior a la cual aspiramos todos por distintos caminos, incluso los poetas, porque a la poesía no se llega por declararse poeta. Es un camino hacia algo que es frecuentemente inalcanzable y que no es sinónimo de versos, es sinónimo tal vez de un espíritu poético. Así que a mí me gustaría la idea de ser un narrador poético.

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Hablando un poco de la novela “Si me vieras con tus ojos”, ¿escribe novelas de amor constantemente?

Es la primera vez que escribo una novela de amor así, propiamente. Yo quería escribir una novela de amor para escribir mi propia experiencia en el asunto, mis propias perplejidades y frustraciones, por qué no decirlo. Pero también porque es un desafío para mí y me gustan los desafíos, me gusta correr riesgos. Quería escribir una novela de amor 100 % y no una novela de amor como pretexto para otra cosa. Tampoco quería narrar el tipo de amor contemporáneo, que es un amor más cínico, más desengañado, porque la gente sufre tantas decepciones que no cree en el amor. Yo quería retratar literariamente cuando dos personas se enamoran profundamente y creen firmemente en ese amor, lo que no anula su inteligencia, pero sí desata la pasión. Además, me encontré con esta historia verdadera que sirve de base; lo que ocurrió con este pintor viajero que llega a Chile, se enamora de una mujer casada y se queda ahí anclado ocho años. Hay un testimonio que son estas cartas maravillosas que ella le escribió y es lo que nos permite enterarnos de este amor secreto, adúltero. Y me pareció que tenía ahí un material estupendo para este desafío, porque significaba ubicar esta historia con las grandes historias del Romanticismo del siglo XIX. Entonces eso es medirse con los grandes.

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¿Es una novela histórica o una investigación histórica que se vuelve ficción?

No es una novela histórica en el sentido estricto del término. Yo creo que todas las novelas son históricas, porque tienen un entorno histórico de algún tipo. Si usted sitúa una novela en el presente, hay una historia social alrededor, política muchas veces. En todo caso lo fundamental es esto, la novela histórica es un subgénero en el cual la narrativa se pone al servicio de la historia, para ilustrarla. A mí eso no me interesa, lo que yo hago es poner a la historia al servicio de la narrativa, encontré una oportunidad en la historia para construir una ficción.

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¿Cómo llegó a las cartas de Carmen Arriagada?

Yo estaba interesado en construir una historia de amor y mi madre me dijo: bueno, pero hay una historia de amor vacante en Chile. La historia de esta mujer, Carmen Arriagada, me conmovió. Nadie había novelado esto. No me sedujo tanto la historia de un amor imposible, sino este personaje femenino, esta mujer tan enamorada, a la cual le llegaba este hombre que había recorrido el mundo. Y se enamoran ahí en el fin del mundo. Esa enorme soledad que rodea a ese amor.

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