¿Dónde quedó la división entre lo público y lo privado? ¿Se desvaneció con la llegada de la tecnología y las redes sociales? ¿No será que hoy, más bien, lo público se privatiza y lo privado se hace público? Todos estos interrogantes aparecen con mayor claridad después del escándalo de la empresa Cambridge Analytica, que pudo acceder a los datos de más de 50 millones de personas a través de Facebook y que se asume fueron vendidos para el uso de varias campañas presidenciales más allá de la de Donald Trump. Sin embargo, este no es un hecho aislado, es una de las muchas evidencias de que, en la actualidad, la frontera entre lo público y lo privado que anteriormente era evidente se ha venido desvaneciendo, se ha vuelto cada vez más borrosa con las nuevas tecnologías y con el espectáculo en el que se ha tornado la vida cotidiana en la actualidad.
Pero no siempre existió el tiempo acelerado de la época contemporánea, ni tampoco sus avances tecnológicos, ni mucho menos la conexión instantánea entre cada uno de los extremos del planeta; lo que sí estuvo constantemente presente en la historia de la humanidad fue la preocupación por comprender qué era lo público y, evidentemente, su antónimo, lo privado. Al menos desde la antigua Grecia, lo público se podía situar en algunos espacios determinados. El ágora, por ejemplo, era aquel espacio común donde se discutían temas que concernían a la sociedad general. Esta era pues, discusión, diálogo y consenso.
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Con el tiempo, estas fronteras irían mutando y, como bien anotaría aquel insigne antropólogo, Néstor García Canclini, en la época del iluminismo, marcada por la búsqueda de emancipación del pueblo y por los nacientes derechos humanos, lo público se trasladaría a nuevos espacios. Ya no sería la plaza, sino los cafés; ni tampoco sería el ágora, sino algunos cuantos salones reservado para ciertas personas “ilustres”. Dentro de estos lugares se generaban agitadas discusiones sobre el más privilegiado término de ese entonces: el “ciudadano”. El ciudadano, aquel que participaba activamente en política y aquel que cumplía sus múltiples funciones públicas.
De la mano con esa nueva concepción de lo público, lo privado también se transformaba y daba paso a la intimidad. Por primera vez en la historia, se constituían lugares tan privados como habitaciones individuales y salas cerradas, espacios que se construían con el propósito de que los individuos reflexionaran. Lo que hoy resulta tan evidente como poder aislarse en sus propios cuartos, antes de los comienzos del siglo XVIII era totalmente impensable, pues familias enteras compartían espacios en los que vivían, dormían y hasta desarrollaban sus actividades sexuales.
La comunicadora y antropóloga Paula Sibilia alude al fenómeno de la conformación de los espacios íntimos e individuales y afirma que en ese entonces “era necesario disponer de un recinto propio, separado del ambiente público y de la intromisión ajena por sólidos muros y puertas cerradas”, que le permitía al humano “volverse un sujeto y estar en condiciones de producir la propia subjetividad”. Los sujetos, entonces, podían alejarse de lo público, aislarse y reflexionar para pensarse y construirse desde sí mismos.
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En la actualidad esto ya no es así. Ahora es difícil diferenciar lo público de lo privado. El individuo ya no es el ciudadano con obligaciones públicas, sino que se ha convertido en el consumidor individual. Los espacios íntimos y de reflexión se han reemplazado por las plataformas de las redes sociales, en las que las personas hacen públicos cada uno de sus pensamientos y estados de ánimo. No es gratuito que Facebook les pregunte a sus usuarios cómo se sienten, ni tampoco el sorprendente auge de los blogs con relatos de las vidas privadas. Lo privado, entonces, se vuelve público. Pero no público en el sentido de discusión, de diálogo por el bien común, sino que las responsabilidades del ciudadano de antaño se transformaron en preocupaciones narcisistas, en donde lo que importa es la construcción de una imagen aparente e individual. La intimidad ya no es una zona “espiritual” y “reservada”, aquella que permitía la reflexión profunda; ahora ha mutado en un deseo de exhibición y espectáculo, de mostrar y de ganar reconocimiento artificial. Nos encontramos en una sociedad ególatra. En donde los individuos no dudan en entregar, o más bien, regalar sus datos personales y todo lo que alguna vez se consideró como privado, a esas redes sociales que como Facebook se los apoderan y pueden manejarlos a su antojo. No importa cederlos, lo que cuenta es pertenecer a una plataforma como esta, que permite difundir una imagen arreglada y aparente.
Tal como dijo Sibilia, “en vez del miedo ante una eventual invasión” de lo público en lo privado, existen unas “fuertes ansias de forzar voluntariamente los límites del espacio privado para mostrar la propia intimidad, para hacerla pública y visible.” La intimidad pierde su significado original, está, ahora, ante los ojos del mundo entero y a la distancia de un solo clic. Por lo cual, nos construimos desde la mirada de otros que nos ven plasmados en las redes y nos juzga. Así las cosas, lo que no se muestra, no existe; ya no nos construimos desde adentro, sino que somos lo que exhibimos, somos apariencia y espectáculo. Y, por supuesto, necesidad de aprobación.