¿Qué habría pasado si la respuesta pueril de iván hubiese desencadenado algún hechizo que disolviera las diferencias y de repente germán vargas y juan carlos pinzón, humberto de la calle y clara lópez, sergio fajardo y claudia lópez, gustavo petro y ángela robledo y hasta la misma martha lucía ramírez se hubieran fundido en una enorme carcajada? ¿Qué tal que esas carcajadas hubiesen sido tan contagiosas como las de Jaime Garzón y Diego León Hoyos y que de repente todos los que estábamos viendo el debate tras las pantallas estuviésemos también doblados de la risa? ¿Habría sido entonces iván el único en silencio? ¿Habría sido el único realmente convencido de no ser el títere de álvaro?
¿Y qué tal si entonces, ante su expresión devastada, humberto de la calle se le hubiese acercado, y aún un poco ahogado por su carcajada, le hubiese dicho: «Hombre, Iván, parece que el único que no se ha dado cuenta (perdóname la tuteada) eres tú”? ¿Será que en medio de la imparable carcajada nacional habríamos notado los enormes esfuerzos de iván por mantener la compostura? ¿Será que entonces los demás candidatos viendo la impotencia de iván habrían tomado aire y habrían tratado de contener un poco su risa para mirarlo con ternura, como se mira a un niño que intenta entender un dolor (su dolor) por primera vez? ¿Y qué tal si entonces martha lucía se hubiera acercado a iván y lo hubiera agarrado maternalmente de los hombros? ¿Qué tal que se hubiera quedado mirándolo a los ojos para ayudarle a comprender? ¿Se habrían entonces comenzado a apagar las carcajadas en el set y en el país? ¿Habríamos aguardado todos solemnes la comprensión de iván? ¿Habríamos podido ver a iván entender que no es más que un juguete amarrado?
Es más, ¿qué habría pasado si de repente en iván se hubiese abierto la herida de la comprensión y hubiese comenzado a llorar desconsoladamente? ¿Qué tal que, ante su llanto (que habría sido todos los llantos), ángela robledo hubiese intentado acercarse para consolarlo, pero germán vargas la hubiese detenido con un gesto diciéndole: «Déjalo, Ángela. Déjalo que llore»? ¿Y qué habría pasado luego, si a todos los candidatos les hubiesen parecido sensatas las indicaciones de germán vargas y hubieran decido dejar que iván llorara amargamente, derrotado en el suelo? ¿Y si ante la conmovedora escena todos hubiésemos comenzado a llorar también? ¿Se habría entonces convertido la carcajada nacional en silencioso llanto? ¿Llorarían también los candidatos con iván y con nosotros? ¿Habríamos aprovechado el momento para llorar también a los muertos, a los desaparecidos? ¿Habríamos llorado por todos estos años de no entendernos? ¿Cómo habría sido ese diluvio?
¿Y si al comenzar a calmarse, pero aún entre sollozos, sergio fajardo y gustavo petro se hubiesen acercado amablemente a iván y lo hubieran ayudado a ponerse en pie? ¿Le habrían dicho suavemente algo así como: «Ya pasó, Iván. Venga, hombre, levántese»? ¿Y qué tal que entonces recibieran todos en el estudio al aún sollozante iván? ¿Qué tal que movidos por la intimidad que queda entre quienes se han roto juntos comenzaran a darle alientos a un iván, que con la voz entrecortada, no dice más que «perdón, perdón»? ¿Quién de todos le habría dicho primero: «Fresco, hombre. Ya pasó»? ¿Qué tal que el llanto de iván hubiese sido la llave para abrir las compuertas de todos los llantos reprimidos por tantas generaciones? Y entonces, ¿qué tal que alguno de los candidatos hubiese propuesto aplazar el debate y todos hubiesen estado de acuerdo? ¿Qué tal que otro hubiese propuesto aplazar también las elecciones y todos hubiesen estado de acuerdo? ¿Qué país habríamos tenido a la mañana siguiente? ¿Y será que, entonces, allá lejos en su finca, rodeado de los escoltas con los que disimula su soledad enorme, álvaro uribe habría dicho algo así como: «Hijueputa. Perdí»?
Quién sabe. Qué importa. Es ya inútil.