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El cine hecho ‘Gloria’

La película se estrenará en Colombia la próxima semana y estará en el Festival de Cine de Cartagena.

13 de marzo de 2014 - 11:54 p. m.
Paulina García en su rol de Gloria. La chilena obtuvo el Oso de plata en el Festival de Berlín por su actuación en esta película. / Cortesía Ficci
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¡De qué manera se han visto censuradas las mujeres cuando el cine las presenta igual que Eva arruinando el paraíso de Adán! Santas o prostitutas, fueron en los años 20 personajes divididos entre el bienestar conyugal y la lujuria sensual. Don Aurelio de los Reyes, historiador mexicano del cine como aventura social, recuerda una noticia publicada el 7 de marzo de 1924 en El Demócrata, donde se narra el drama de una pareja sorprendida por la luz —y por la voz de un chismoso— cuando se estaban besando y el público no tardó en chiflarlos sin piedad, hasta sacarlos del cine y terminar detenidos en una comisaría. “En el camino”, dice don Aurelio en Cine y sociedad en México, 1896-1930, “la muchacha se desmayó y él intentó el suicidio”.

El melodrama hecho exceso era posible entonces —y también mucho después cuando un autor desquiciado, solapado tras su firma, Ángel del Hogar, aseguró en su libro La intimidad conyugal, con más de quince ediciones reprimiendo y reprendiendo a sus lectoras durante los años 60, que “la mujer sacrifica sus comodidades a su vanidad y el varón sacrifica su vanidad a sus comodidades”—.

Eva continuaba así exhibiéndose ante Adán, sin medirse en su ansiedad por cometer algún “crimen de instinto indisciplinado” —según la definición del pecado hecho pasión descrito como un desorden por el Ángel del Hogar—. “¿Por qué peca la mujer?”, se preguntó en su película, filmada en los años 50, el director René Cardona, y sugirió que quizás peca por ir más allá de lo que quiere el destino, condenándola a vivir sin que jamás sea feliz.

Desde que la actriz, cantante de zarzuela y escritora mexicana Mimí Derba fundara en 1917 una compañía de cine, Azteca Films, que abundó en la producción de melodramas y enseñó que las mujeres tenían que tomarse el poder tras las cámaras, su ejemplo no pasó en vano y se alargó en el transcurso del siglo para que surgieran en el continente otras damas como Derba, capaces de asumir el reto.

Un ejemplo reciente en las pantallas del mundo enseñó que es necesario ver el mundo femenino en contra del lugar común, hallando en la sencillez de la rutina un entorno que permita comprender los motivos que deciden sus batallas. Burlando los prejuicios de la moral dominante y enseñando una revelación hecha cine según la visión del director Sebastián Lelio, Gloria (2013) obtuvo en el Festival de Berlín el Oso de Plata a la mejor actriz por la interpretación de Paulina García, gloriosa en Gloria, tanto así que logró hacer de su personaje un símbolo para que las mujeres se comprendan a sí mismas, a su condición y al tiempo que les tocó en suerte.

En la película, el rostro de Paulina García, enmascarado por unas gafas enormes que le destacan los ojos y la expresión que descubren, es un paisaje cambiante de rasgos emocionales donde se revela el drama. La actriz conduce la historia matizándola con los registros variables que surgen en su mirada y en su asombrosa sonrisa cuando se enfrenta al tobogán emocional que sobresalta su cuerpo y, por extensión, su ánimo.

Acercándose a sus sesenta años de edad, separada y solitaria, con dos hijos, enfrentada a un romance impredecible que afirma su dignidad, Gloria canta, como si fueran comentarios a su historia, las baladas que en la radio le sugieren pequeños melodramas pop —melodramas útiles para definir también la historia de las mujeres que puedan identificarse con ellos, adoptando algunas de ellas a Gloria como una compañera imaginaria a la que estudian varios grupos femeninos, multiplicados en las redes sociales—.

Eventualmente, la película tiene como telón de fondo las noticias televisivas y las marchas que avanzan por Santiago, recordándole al espectador que no hay universos privados que se puedan distanciar del todo del universo común que define a un país.

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“Gloria es una imagen sobresaliente de la historia anónima que describe a Chile”, agrega Paulina García. “Donde lo privado y lo anónimo entran en contacto con el gran cuadro del país. Define un cambio de temperamento en el que se demuestra que hay espacio para todo y en el que se rompen barreras, considerando actualmente el cine chileno la posibilidad de narrar, por ejemplo, lo que fue la dictadura a través de sus historias privadas”.

Si el plano se fue cerrando para acercarnos al individuo luego de la tradición del cine político en Latinoamérica, que enseñaba multitudes en combate, ahora se quiere entender la intimidad de esas multitudes. Gloria es así un primer plano que no admite el secreto y es un giro de la cámara, como asegura García, que enseña en la película los detalles ocultos tanto del personaje como de otras mujeres que podrían compartir sus dilemas.

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Paulina García recuerda entonces a Pier Paolo Pasolini cuando afirmaba que cada película es una declaración política y que para el director italiano su filmografía era una declaración de amor a los jóvenes. Y aunque ya no sea joven, Gloria es una mujer que mantiene fresca su vitalidad emocional y, al mismo tiempo, vive un contraste que le enseña lo que será el porvenir a través del futuro de sus hijos, de las parejas que contraen matrimonio por primera vez o de su vecino, un muchacho que sufre delirios tóxicos y vive con un gato lampiño, semejante a un murciélago.

Andreas Dresen, el director alemán que le entregó a Paulina García el premio en Berlín, fue una coincidencia tanto en el festival como en la pantalla: su película Cloud Nine —un modismo que sugiere la felicidad absoluta como regalo de la suerte— estremeció con calidez las salas cuando se exhibió en 2008 su historia de amantes felizmente excitados en la tercera edad, haciendo de la cámara un testigo de su desnudez, explícita en la pantalla.

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“Vi Cloud Nine cuando preparaba mi papel para Gloria”, dice García. “Trabajamos con Sebastián ensayando las escenas de sexo y estudiando hasta dónde queríamos llegar, analizando los encuadres, las situaciones, la manera de llenar las escenas con la vida misma. Esto hizo parte de la relación que tuvimos antes y durante el rodaje, conociéndonos hasta el punto de tener una disponibilidad total para mi papel”.

García ha sido actriz de teatro desde siempre y aprovecha en el cine una idea que define su actitud en el oficio: que el cuerpo sea en escena “un ser social”. Un cuerpo que construye, a través del actor y la historia, un mundo con el que dialoga el público.

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“Además, en el cine hay que ser consciente de la cámara, de la fotografía, de la dirección, comprender los planos”, continúa. “Y también de la posibilidad de que las tensiones en el set pueden hacer que algo explote. ¡Y explota!”.

Explota tanto en el set como en la sala donde se puede exhibir la película, aplaudiendo el público cuando ella toma venganza de su amante indeciso, romántico en los primeros fervores, cobarde a largo plazo y pusilánime cuando no puede estar a la altura de su enamorada.

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“¿Sabes cuál fue una referencia que tuvimos para Gloria?”, me dice García. “Gloria de John Cassavetes. Le gusta mucho a Sebastián. Y a mí Opening Night: es una gran película”.

De una Gloria a otra, con la influencia posible que ha tenido Cassavetes en Lelio, recordando en medio de la conversación Opening Night —una película que retrata las tensiones de una actriz de teatro, encarnada por Gena Rowlands, un cinemito insólito y entrañable—, el panorama de la Gloria chilena permite comprobar, una vez más, que cada obra en proceso toma prestado y aprende de aquellos que estuvieron antes. Todo lo que contribuye a que Paulina García sea en Gloria la actuación hecha gloria, mostrándonos de qué manera las mujeres pueden ser solidarias entre sí, a pesar, en contra o para salvarse del imperio masculino.

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