El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

El hielo está vivo

Un impresionante documental de cuatro años de producción que habla de la vida en las regiones polares.

20 de abril de 2012 - 11:38 p. m.
PUBLICIDAD

Una hora para no cerrar la boca. Una hora para llorar y suspirar. Una hora imperdible de programación en televisión: la increíble historia de la vida en las regiones polares del planeta.

Frozen Planet es un producto como pocos, un documental hecho para destrozar los adjetivos: imponente, mágico, precioso, todas son apenas palabras; esto es mucho más. Lo es por las imágenes que van pintando de a poco la rotunda blancura en donde creíamos que no había nada. También lo es por el esfuerzo inmenso para lograr la perfección, el equilibrio preciso entre ciencia, narración e impacto visual.

Con las manos cruzadas y los dientes crujiendo, el televidente asiste a la cacería de un grupo de orcas que rodean a una foca en la Antártida. La música es tenue, apenas se siente. La secuencia es poderosa: una sucesión de tomas acuáticas, aéreas y desde el suelo no dejan perder detalle del ataque coordinado de estos metódicos cazadores. Al final, la estrategia de las orcas resulta superior y la foca es devorada. No hay sangre. No hay pedazos flotando en el agua. Apenas un plano frontal, desde la tierra, que muestra cómo la foca va resbalando del témpano que le servía de refugio y cae al agua. Ya está. No es negación. No es censura. Es sutileza, elegancia, belleza.

La misma clase de sutileza de la última escena que sigue luego del apareamiento de una pareja de osos polares. De la partida (que en esta especie y en ese hábitat puede ser para siempre) sólo queda una toma, con el hielo profundo de fondo, en la que flota el vapor emitido por ambas criaturas. Nada de dramas, apenas un rastro de aliento en el aire; cuán afortunados.

Hay un notable cuidado por la imagen, la convicción de que el relato sería aún más poderoso si cada toma era cuidadosa hasta los límites mismos de la técnica. Contra el duro sol del verano polar, un oso aparece teñido de rojo mientras camina sobre el hielo. La exposición es perfecta, la composición, impecable. En otro momento, una cámara persigue desde el aire al mismo animal que camina solitario siguiendo el rastro de olor de una hembra. Incluso desde la incomodidad de un helicóptero, que sobrevuela un ambiente en donde el viento puede soplar con 300 kilómetros por hora de fuerza, el objetivo jamás sale de cuadro y su sombra tampoco: la criatura y su reflejo proyectado sobre la densa capa de hielo. Perfección.

El documental de siete partes es una notable expresión de destreza y pericia; el esfuerzo humano en su mejor expresión. Fueron cuatro años de producción, en los que se combinaron todas las formas de lucha en materia de transporte: 25 barcos, 28 helicópteros, 38 trineos de perros, 12 renos, 10 motos.

Fueron 2.365 días de trabajo de campo, de los que 38 camarógrafos soportaron cerca de 500 con temperaturas por debajo de los 15 grados centígrados (el día que más frío hizo durante la producción, el termómetro registró 50 grados centígrados bajo cero) o tuvieron que resguardarse de 240 kilómetros por hora de viento helado, capaz de erosionar una montaña hasta reducirla a polvo.

Los números de la logística dan cuenta de la vasta realidad que se proponía abarcar el proyecto. Capturar el cambio de una estación entera o el resquebrajamiento de un iceberg en Groenlandia que opacaría al edificio más alto construido por el hombre. Pero no sólo es una cuestión de tamaño, sino de profundidad, un ejercicio de paciencia: “Sigan a los lobos hasta que vayan a cazar bisontes. Ah, y hasta que logren atrapar uno”, podría ser una de las órdenes del director para el equipo.

No ad for you

En medio de la belleza está la ciencia, el porqué de explorar estos lugares remotos y complejos, casi dolorosos. La capa de hielo de la Antártida acumula el 70% del agua dulce del mundo. Los polos son factores determinantes en la temperatura de los océanos, que a su vez son los grandes reguladores del clima del planeta. La supervivencia del hombre, en cierta trágica medida, está conectada con el éxito de la vida en las regiones polares. Trágico para los polos, por supuesto.

Tal vez uno de los pocos lunares de la producción es la voz que acompaña la historia y que, en algunos puntos, puede aparecer monótona, incluso cansada, al menos en la versión en español. Por lo demás, los parlamentos son explicativos y sobrios, sin delirio de grandilocuencia.

No ad for you

Frozen Planet corre la cortina para develar el lado salvaje de una porción del planeta aún virgen e indómita, allá en donde el hielo está vivo. El documental, como un todo, se inscribe en una categoría reservada para las mejores expresiones del espíritu humano. La producción, al mismo tiempo, resulta refrescante en medio de una parrilla plagada de superación personal o celebración colectiva de la mediocridad y la estupidez.

Su proyección, sin embargo, no deja de causar una suerte de incómoda melancolía por estar presenciando un mundo pronto a acabarse, un fenómeno de moda en la televisión, por cierto, sólo que en este caso el final de la trama inexorablemente nos involucra a todos.

Temas recomendados:

Ver todas las noticias