Ramiro de la Espriella fue siempre un inconforme y por esa condición el país no pudo apreciar y sacar provecho de su inteligencia y preparación. Desde joven mostró su rebeldía y ya en los últimos años de su vida, con su caminar pausado y con su bigote canoso de puntas hacia arriba, uno se lo encontraba y se percibía que seguía siendo el mismo contestario que conocieron sus amigos de juventud en su natal Cartagena.
En 1949, cuando viajó a Bogotá a recibir su grado de abogado en la Universidad Externado de Colombia, su amigo de infancia, Gabriel García Márquez, escribía en El Universal que se imaginaba que Ramiro debía ser un universitario prematuramente serio que inventaba sus tretas para entre unas cláusulas del Código Civil y una sentencia de Justiniano, “cupieran varios libros de Vargas Vila, unas cuantas novelas de Paul Bourget y tres tomos del diccionario filosófico de Voltaire”.
La ausencia de De la Espriella en Cartagena, decía entonces el joven Gabo, se notará “para hablar mal de André Maurois, para discurrir sobre Faulkner y para estar de acuerdo sobre Virginia Woolf”.
El MRL
Jamás le pasó el sarampión revolucionario de la adolescencia cuando se quiere cambiar el mundo, porque siempre tuvo arraigada la convicción “de que esta cosa se arregla, pero a la fuerza”. Desde joven luchó por sus propósitos y fue así como con un puñado de amigos –Álvaro Uribe Rueda, Iván López Botero, Hugo Latorre Cabal– fueron a donde el expresidente Alfonso López Pumarejo a proponerle que conversara con su hijo, quien se encontraba en México, para que regresara al país a encabezar un movimiento de rebeldía liberal. Los visitantes hicieron la propuesta luego de leer las Consideraciones sobre la alternación y la paridad en la Presidencia de la República. Allí López Michelsen desmenuzaba, en apretados conceptos, las consecuencias que tenía de excluir a la oposición del manejo del Estado y sostenía que esos métodos autoritarios prolongados por 16 años eran contraproducentes.
López, quien en su exilio mexicano había escrito Los elegidos, la novela de su juventud, y algunos lo veían como una promesa en la literatura, oyó el llamado y emprendió el camino para crear el Movimiento Revolucionario Liberal, conocido como MRL. Fue recibido por esos jóvenes idealistas en Cartagena, en donde estaba De la Espriella, así como Uribe Rueda, Felipe Salazar Santos, Carlos Alemán, Álvaro Escallón y Jaime Isaza Cadavid. Arrancó de esa manera un movimiento político que combatió los postulados del Frente Nacional. Si bien en el plebiscito de 1957 se dispuso la paridad de liberales y conservadores en las corporaciones y en la administración que no hicieran parte de la carrera administrativa, la alternación en el gobierno fue producto de una reforma constitucional posterior que no fue votada por el pueblo.
El MRL marcó un hito en nuestra historia política. Su lema fue SETT (Salud, Educación, Techo y Trabajo). Logró votaciones jamás alcanzadas por un sector político de oposición, pero como siempre sucede, el movimiento se dividió en lo que se conoció como la línea blanda, en donde estaba López Michelsen, y la línea dura de la que hicieron parte Álvaro Uribe Rueda, Luis Villar Borda y Ramiro de la Espriella. Eso marcó el distanciamiento de por vida de este último, con quien fuera después presidente de la República. Jamás se reconciliaron y De la Espriella, como dijera su amigo y ahijado, Carlos Villalba Bustillo, “digno y erguido atravesó el desierto sobre la arena”.
Periodista y escritor
Fue miembro de la Asamblea de Bolívar, de la Cámara de Representes y del Senado y periodista consagrado durante toda su vida. Cuando viajó a Londres y París, a hacer especializaciones en derecho y economía, fue corresponsal de El Espectador. De la Espriella fue un consagrado escritor y periodista, vinculado a distintos medios de comunicación, pero siempre consideró a El Espectador como su casa. Hizo parte, durante distintas épocas, de la planta de comentaristas y editorialistas.
Hace 25 años inició desde estas columnas la lucha por convocar una Asamblea Nacional Constituyente, propuesta que tuvo eco y concluyó con la adopción de la Constitución de 1991. Inútiles fueron sus intentos para llegar a esa asamblea, porque en su consabido idealismo creyó que el voto de opinión podía hacerlo miembro de esa corporación. Le tocó ver desde su trinchera, muy de lejos, cómo destruían la Constitución de 1886 adoptada durante la Regeneración de Rafael Núñez, uno de los hombres que más admiraba y de quien escribió cientos de páginas para exaltarlo como persona, como estadista y como gobernante.
Estudioso de la historia política nacional, publicó varios libros sobre nuestras instituciones. Sus últimos años los dedicó a la cátedra desempeñándose como docente en la Universidad Sergio Arboleda. Había nacido en Cartagena el 16 de mayo de 1921. Estuvo casado con Esther de la Espriella y le sobrevive su hija Claudia.