Todo empezó en 1927. Wings, de William Wellman, gana el primer Oscar de la historia a la mejor película del año. A partir de entonces, la autocelebración con la que Hollywood se festeja a sí mismo, reúne a millones de comensales dentro y fuera de la fiesta. Atados por el cordón umbilical de la televisión alrededor del planeta, el efecto es tan devastador como el de la Coca Cola: tomarla es hacer parte de la tribu doblegada por la publicidad y por el hábito hecho vicio.
Al "Efecto Oscar" responden millones de espectadores que admiten con la estatuilla un espaldarazo de calidad para el arte de la pantalla. La industria sabe cómo manipularlos. Un sueño al que contribuye el mercadeo que avanza de forma vertiginosa, imponiendo el concepto de Hollywood como la cima a la que todos quisieran llegar de alguna manera.
Pero el cine es mucho más que una feria de vanidades. Frente a la pompa de un Olimpo, semejante al estrellato del pop o la moda, se encuentra una legión de realizadores que están al margen de la industria y su corriente oficial. No disponen de un escenario donde el exhibicionismo haga rentable el glamour. Se interesan por contribuir con su talento y con sus imágenes a la evolución del espectador.
Antes que el Oscar hay que seguir el rumbo de las historias. No al contrario: suponer que el Oscar mejora algo distinto de las películas que no sea su taquilla. The counterfeiters (Ruzowitzky), como su antecesora el año anterior galardonada como Mejor Película Extranjera, The lives of others (Von Donnersmarck), situaron en el escenario a dos directores que de otra manera quizás no habrían tenido un público tan tumultuoso por la cosecha del premio. Se comprueba así la magia del hipnotismo y se agradece cuando no estafa al público -como sucedió este año con películas notables como There will be blood (Anderson); No country for old men (Ethan & Joel Coen) o Juno (Reitman).
El Oscar no es el obstáculo. Es la manera como el espectador se empobrece a sí mismo cuando el galardón es capaz de anular su juicio. Cuando el cine se reduce a la curiosidad por el traje de la diva la noche de la premiación; por el desfile sobre la alfombra y la histeria que lo acompaña o, aún peor, cuando alguien se preocupa, antes que por el arte y su posibilidad de comprender la experiencia humana, por husmear en el trasero, la silicona, los embarazos o las crisis pasionales de un mortal que se transforma en chisme.
La pregunta no es: ¿Quién ganó el Oscar? La pregunta es: ¿Por qué? Y en la respuesta se podría conjurar -o confirmar- la definición que el escritor Raymond Chandler diera de Hollywood, definiéndolo, al filo de la ironía, como un mundo con la personalidad de un vaso de papel.
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