Más que una fecha de celebración, es una invitación a reflexionar sobre el ejercicio profesional. La conmemoración hoy del Día Mundial de la Libertad de Prensa es la ocasión propicia para que periodistas y demás actores vinculados con este difícil trabajo hagan una pausa en el corre corre diario, salgan por un instante de sus rutinas y se pregunten si están cumpliéndolo a cabalidad o hace falta compromiso con la excelencia.
Desde al óptica internacional, el balance parece no diferir en mucho respecto al de los últimos años. La declaración de Windhoek (Namibia) sobre la “promoción de una prensa africana libre y pluralista” —cuyo día de adopción, el 3 de mayo de 1991, inspiró a las Naciones Unidas para inmortalizar la fecha— enfatizaba en los riesgos principales de la prensa independiente: las amenazas de las dictaduras, las falencias de las democracias de baja intensidad, los obstáculos jurídicos contra los derechos de asociación de los periodistas, la falta de formación de los comunicadores, las presiones de los violentos y la censura, entre otros.
Aunque era sólo un balance de lo que ocurría en ese continente y en principio podría creerse que algunos de sus diagnósticos sólo aplicaban para las entonces recién destetadas ex colonias europeas, la histórica declaración terminó llamando la atención sobre problemas que sobrevivían, en mayor o menor grado, en muchos otros. Peor aún, la mayoría de estos obstáculos para la prensa libre no eran nuevos.
Tampoco lo son hoy cuando, al decir del más reciente informe de Reporteros Sin Fronteras, las tensiones políticas causaron retrocesos en países que históricamente estuvieron en la zona intermedia de la tabla de los garantistas para el ejercicio de la libertad de prensa. Honduras y Venezuela, por ejemplo. Incluso en Europa, el continente más respetuoso de dicho derecho, se han documentado casos en Francia, Italia y Eslovaquia que siguen perdiendo puestos en el listado. Eso para no hablar de los problemas en Oriente Medio, China y Cuba. Ni de Eritrea, Corea del Norte y Turkmenistán, que siguen siendo los peores.
El diagnóstico en Colombia tampoco parece haber cambiado mucho. Pese a tener una de las constituciones políticas más garantistas del mundo en materia de derechos, eso no significa que la prensa trabaje siempre en condiciones dignas y seguras, especialmente en la periferia. Los mayores predadores de la libertad de prensa siguen siendo los actores armados (narcos, guerrilleros y paramilitares a la cabeza), aunque la tasa de homicidios de periodistas cayó a 2 en el último año. Le siguen las presiones desde centros de poder políticos o económicos, la preocupante autocensura y los errores de los mismos periodistas.
El pasado fin de semana, en el III encuentro de la Asociación de Periodistas Consejo de Redacción (que promueve el periodismo de investigación), una docena de fogueados profesionales latinoamericanos explicaron en Bogotá que sus países enfrentan una realidad similar. El mexicano Ignacio Rodríguez Reina dijo que la autoncesura en la frontera entre México y EE.UU. es “lamentable, aunque explicable”. Se refería a la infiltración de las salas de redacción por parte de los narcos, quienes les ponen sueldo a periodistas, que llegan al trabajo en camionetas 4×4 y con llamativas cadenas de oro, a cambio de delatar a los colegas que hacen investigación o evitar la publicación de temas sobre los carteles de la droga.
Mabel Rehnfeldt, quien lideró el capítulo paraguayo de la investigación sobre la producción ilegal de 70 mil millones de cigarrillos de ese país que eran distribuidos en cuatro continentes, enfatizó en que las amenazas son aún mayores para los corresponsales en las regiones, pues allí se sufren en silencio e indefensión las penurias por hacer bien el trabajo.
En todos estos países hay también desigualdad de salarios, horarios exagerados de trabajo y tendencia a la informalidad del vínculo laboral entre algunas empresas periodísticas y los profesionales del oficio.
Pero los comunicadores también incurren en errores que muchas veces no tienen justificación en los problemas que enfrentan y que, por el contrario, pueden contribuir a acrecentarlos. La desinformación, la falta de contexto, el desconocimiento de la historia (y, ahora, de las nuevas tecnologías), la tendencia al unifuentismo (o la dependencia de la fuente oficial), la falta de contraste y la tentación de hacer pactos con los violentos o recibir prebendas de las fuentes son sólo algunas de ellas.
Por esta razón Mónica González, la chilena que recibirá hoy en Australia el Premio Mundial de la Libertad de Prensa Unesco/Guillermo Cano (ver columna), lo hará enfatizando en la necesidad de mayor apoyo para los periodistas independientes y rechazo a aquellos que prefieren las lisonjas del poder antes que su compromiso con la sociedad.