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De Boyacá en los campos de la Batalla de Flores

La esencia de la fiesta barranquillera, y el deleite de vivirla y gozarla, se entiende desde el asfalto y sin importar el rigor de la canícula en los desfiles de sábado y domingo en la Vía 40, en el porqué de los pasos marcados en la cumbia y que en los hombres emulan a antiguos esclavos con su pie izquierdo atado a cadenas.

01 de marzo de 2019 - 05:58 p. m.
Carnaval de Barranquilla 2019. / AP
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Mientras alista su traje de cumbiambera para presentarse en la Noche de Guecherna, Elena Molano Muñoz  trae a colación el reciente encuentro que tuvo en uno de los ensayos con un parejo de Santo Tomás (Atlántico). El joven de 25 años, el mismo tiempo que ha pasado desde que ella incursionó en el carnaval, le reveló que había estado participando en un concurso de danzas folclóricas celebrado en Cucaita (Boyacá); casualmente, el mismo pueblo donde Elena nació y del que un día salió de la mano de sus padres rumbo a este lugar que es como el país de Febrero que describe Sánchez Juliao en su cuento El país más hermoso del mundo. Un  lugar donde mujeres y hombres bailan alegres moviendo las caderas y temblando los hombros. (Le puede interesar: Maía se une a Cuco Valoy para rendir homenaje al Carnaval de Barranquilla)

«Este tipo se está burlando de mí», pensó; aunque realmente no había razones, pues era la primera vez que se veían y que entrecruzaban las miradas y el galanteo propios de una cumbia bien bailada. Igual, y pese a que Elena nunca se ha desprendido de su origen, aquella charla fugaz, la remitió a las calles silentes se esa aldea puesta como pesebre en el valle que separa a Tunja de Villa de Leyva y a la que muy pronto quiere volver con el propósito de cumplir un sueño iluminado con un atado de velas encendidas.

La mujer, abogada, casada con médico barranquillero y madre de tres hijos barranquilleros, hace parte de esa legión de inmigrantes que encontraron en la capital del Atlántico, no solo techo y trabajo, sino las razones para explorar y exponer sus talentos desde la diversa y compleja cultura de una tierra de libres, acervo que se condensa en su máxima expresión: el Carnaval de Barranquilla. Elena presenció su primera Batalla de Flores cuando era adolescente y debutó en una comparsa un viernes en que ya estaba segura de que no le gritarían «cachaca» desde los bordillos.

Ya había bailado La cumbia cienaguera en las presentaciones de su primer colegio de bachillerato en Bogotá, pero al llegar a Barranquilla y resultar inmersa en la región del folclor caribe, entendió que la cumbia, el chandé, el bullerengue  y el mapalé, algunos de los aires que ambientan el derroche artístico carnavalesco, tenían una historia sustentada en la oralidad y que cada movimiento de su baile, además del donaire caribe, es reflejo de hechos pretéritos que hablan de colonizadores, esclavos, emancipación, batallas de cristianos y moros, y la eterna lucha de la vida contra la muerte. (Le puede interesar: Por cercanía con Maduro, Colombia prohíbe entrada a artista del Carnaval de Barranquilla)

Guiada por Carlos Franco, su primer maestro, fue seducida por el llamado del tambor llamador, la alegría del tambor alegre y los embrujadores silbidos de la gaita y la flauta de millo; y se puso al día con una tradición que le fue transfundida porque los barranquilleros la llevan en las venas y  la van legando entre generaciones para sumar a los archivos historias seculares como la de Elías Fontalvo Jiménez  y el niño que fue en 1878, que se rebeló contra la discriminación por su edad en las primeras carnestolendas y terminó creando la hoy emblemática Danza del Torito.

El Carnaval de Barranquilla en esencia, tal como lo declaró la Unesco en 2003, es una obra maestra del patrimonio oral e inmaterial de la humanidad que se preserva  por el trabajo de familias enteras, de investigadores y de gestores de las diferentes y tradicionales escuelas de baile y de comparsas, las cuales preparan las coreografías luego de una minuciosa recolección de testimonios y de un aplicado estudios a los orígenes.

Así lo han hecho personas como María del Carmen Meléndez  y Marleny Cortés, dos mujeres también adoptadas por Barranquilla y que  ya son institución en virtud de las escuelas que dirigen y de la puesta en escena que cada año dejan a consideración del jurado de las fiestas y del público delirante que llena los espacios por donde pasan los desfiles. Bajo la dirección de estas dos mujeres también ha estado Elena Molano.

De ellas aprendió la mística, el carácter raizal y el valor de la inclusión del Carnaval de Barranquilla, que más allá que una fiesta pomposa a la que acuden el alcalde, las reinas, las celebridades y orquestas de prestigio internacional, es la metáfora callejera con flores, colores, máscaras, trajes artesanales, tambores y bailes de historias que surgieron  en los salones burreros y en barrios populares como Rebolo y Barrio Abajo.

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La otra historia, la del carnaval que se presentó en los clubes y a las élites, se la atribuyen a Sonia Osorio, coreógrafa y bailarina bogotana, como también la versión sobre el traje tradicional de cuadritos rojos y blancos, una tela de la que había mucha en la ciudad por allá en la década de los sesenta y que resultó más que oportuna para vestir a cientos de cumbiamberas y  para reivindicar el negocio textil de la familia del maestro  Alejandro Obregón, esposo de la coreógrafa. Elena lucirá uno de estas polleras en una rueda de cumbia en la plaza de la Paz, justo el lugar donde terminó  su primera presentación hace un cuarto de siglo. (Le puede interesar: Por cercanía con Maduro, Colombia prohíbe entrada a artista del Carnaval de Barranquilla)

Hoy,  como aquella noche, luce entusiasmada y recuerda que en esa oportunidad, ya madre de su primogénito, debutó con Garabato y bailó sin parar por toda la 44, al tiempo que un primo suyo llegado de Bogotá, tan extasiado como ella y cámara en mano, la correteaba para no perder detalle de un acto de compromiso, de amor de carnaval.

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La esencia de la fiesta barranquillera, y el deleite de vivirla y gozarla, se entiende desde el asfalto y sin importar el rigor de la canícula en los desfiles de sábado y domingo en la Vía 40, en el porqué de los pasos marcados en la cumbia y que en los hombres emulan a antiguos esclavos con su pie izquierdo atado a cadenas. Vivir el carnaval es entender el significado de un palo llamado  garabato o conocer la historia de la marimonda o la del disfraz de monocuco, ese batón y ese antifaz con el cual hombres y mujeres se mimetizan y se dan sus libertades cuando llega el jolgorio, aún, so pena de coincidir allí con sus parejas.

Elena entendió que el  carnaval es acudir a las salas del Museo Romántico, a las tertulias de la Fundación La Cueva, escuchar la historia de Gloria Peña, por su propia voz, o por la canción que le compusiera Adolfo Echeverría y que la describe tal cual. Por supuesto, entender esta fiesta es saber que hoy Esthercita Forero tendría cien años y que fue ella la que nombró a Barranquilla en cada estrofa de su musa exitosa y promovió la noche de Guacherna como una ocasión para el desorden y la libertad alegre  y como un pretexto para extender las cuatro fiestas que se anuncian desde los albores de la Inmaculada Concepción  y a las que también Echeverría les puso letra y música. La fiesta también la anuncian octogenarios y diestros gaiteros que se congregan en la plaza de la Paz durante la noche del Tambó, el viernes vísperas.

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La riqueza histórica y cultural del Carnaval de Barranquilla  la mantienen generaciones enteras de la ciudad y personas que llegaron de otros lugares con el ánimo de impulsar su salvaguarda, como la ibaguereña Marleny Cortés, medio siglo de dedicación, con su escuela de arte y la comparsa Son de Mar; y María del Carmen Meléndez Valecilla, nacida en Buenaventura y hoy por hoy una de las investigadoras más versadas del Carnaval de Barranquilla.

Meléndez es candidata por el Atlántico al premio Mujer Cafam y creadora de la escuela  y la comparsa Palma Africana, de la que hace parte Elena Molano y que se ha convertido en embajadora del carnaval en distintos lugares del país y del mundo. Mediante el trabajo y la investigación, dicha gestora ha recuperado bailes ancestrales como la danza del Gusano y ha involucrado artistas y bailarines de barrios marginales.

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El carnaval es mucho más que pagar un cupo para estar en un desfile, ponerse un disfraz y desocupar una botella de ron con el auspicio de algunos bares y operadores turísticos, es saber que artesanos de Galapa trabajan en condiciones precarias para crear fantásticas máscaras y que comparsas de zonas apartadas, de municipios cercanos, incluso de las más reconocidas y que han sido premiadas con el Congo de Oro, muchas veces se quedan sin participar porque no cuentan con los recursos para pagar transporte, sonido, agua o la renovación del vestuario.

Estar  en las celebraciones de los cuatro días que anteceden al Miércoles de Ceniza implica un esfuerzo, no solo del cuerpo, también del bolsillo, porque la vistosidad y el brillo de los actos lo exigen, porque el público que paga palco en la Vía 40 es alegre pero exigente. Cuidado con pasar hablando, mascar chicle o marcar mal los pasos. No habrá perdón, no habrá congo ni resurrección después del martes de carnaval.

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En este año 2019, bicentenario de la independencia,  Barranquilla celebra los cien años de Esthercita Forero y los  cincuenta del Festival de Orquestas; mientras que Elena Molano los veinticinco de haber empezado a carnavalear. Media vida dedicada a su majestad la cumbia, la que un día quiere también bailar en el parque principal de su pueblo natal. Sera un sueño cumplido. (Le puede interesar: Prográmese para el Carnaval de Barranquilla 2019​)

 

 

 

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