Cuenta Alberto Donadio que hasta la reina del aguacate se paseaba por la unidad investigativa de El Tiempo. Era una pasarela nacional; mujeres de todos los reinados querían conocer al columnista de “Reloj”, a la estrella del periodismo a finales de los años 70. Perseguían a Daniel Samper Pizano, que se gastaba su pinta.
Sus columnas habían acercado la unidad investigativa del periódico a toda clase de público. “A excepción de Klim, los columnistas eran muy buenos pero acartonados. DSP es el periodista más versátil en toda la historia de Colombia, desde los chibchas y los muiscas hasta las bacrim de nuestros días”, dice Donadio. Samper Pizano escribe de fútbol, de zarzuela, de música popular, de sus tíos y abuelas. La diversidad de sus temas amarró tanto a los lectores, los dejó tan cautivos de sus palabras, que cuando llegaban los temas “serios” —el medio ambiente, la política, la administración pública o la corrupción— resonaba en distintos contextos. Lo leían el presidente de la República, la señorita Colombia, mi mamá o el zapatero.
“El reconocimiento es una carga cuando uno intenta encontrarse con alguna amiga en la discreta soledad de un café y lo señalan las viejas chismosas de la mesa vecina, pero es una maravilla cuando uno llega a un restaurante lleno y le consiguen mesa”, comenta Samper, a quien hoy conocen hasta las piedras, lo que no sólo le ha traído chismes sino disgustos. Por eso su foro del lector en la página de El Tiempo estuvo bloqueado y su correo electrónico, con algún programa mágico, filtraba automáticamente los insultos.
Años atrás, cuando era estudiante del Gimnasio Moderno y publicó por primera vez en el periódico estudiantil El Aguilucho, descubrió que lo suyo era el periodismo, aunque terminó estudiando derecho. “La facultad de periodismo funcionaba en horas de la tarde, cuando ningún periodista puede dar clases ni recibirlas”, dice. Fue derecho, pero su pregrado pudo haber sido zootecnia o teología. Lo importante era que el horario le permitiera ir a tocar la puerta de Eduardo Santos, que se convirtió en su primer maestro.
Lo hizo en 1964 y consiguió el puesto “lagarteando”, según le dijo a Fernando Quiroz en una entrevista que se convirtió en libro. El 1º de mayo de ese año entró a trabajar a El Tiempo. Desde el principio fue evidente que era distinto, le encantaba la reportería y tenía una tendencia particular hacia la izquierda, extraña en ese medio y en esa época.
Pero como dice la historiadora y maestra de periodistas Maryluz Vallejo, fue en la revista Alternativa donde Daniel El Rojo armó revuelo. En el libro de Quiroz cuenta que escribir para esta publicación le costó, incluso, un disgusto con su papá, a quien no le gustaban los comunistas.
Para Vallejo, Samper Pizano “tiene suficiente autoridad moral para decir las cosas por su conocimiento y sentido crítico”. Ambos recopilaron una serie de crónicas en un libro titulado Antología de notas ligeras, donde “procrearon” ese género de dos cabezas que es el ensayo acronicado. Ahí conoció su forma de trabajar: “Daniel es muy madrugador, riguroso y disciplinado, y para superar la distancia mantuvimos una relación epistolar muy divertida de la que podría salir otro libro”.
Olga Behar, periodista con quien también trabajó en la unidad de investigación, coincide con Vallejo: “De Daniel aprendí la exhaustividad. Esa es la palabra para definirlo. Hoy, cada vez que los periodistas encuentran algo quieren publicarlo de una. Con Daniel uno aprende que debe verificarse muchas veces hasta confirmar los hechos”.
Según Donadio, que fue su coequipero en El Tiempo, Samper nunca llegó a ser director de este medio porque “tiene varios defectos. No es mediocre. No cree que la función del principal periódico del país sea rodear al Gobierno”. Pero Samper siempre dijo que cuando se sintiera presionado o censurado pasaría su carta de renuncia. Nunca sucedió, no por esas razones. Tal vez porque, como afirma Fernando Quiroz, “con Daniel empieza una época en la que El Tiempo y El Espectador estaban sufriendo una ruptura. Se estaban separando de los partidos políticos y entendían que el periodismo podía ser independiente”. Samper lo había aprendido muy bien durante su maestría en periodismo en Kansas. El periodismo colombiano necesitaba independencia y esa fue siempre su premisa.
Tan importante es Daniel Samper Pizano en la historia de ese periódico que cuando Eduardo Santos murió y salió a la luz su testamento, había herencia para Samper y, en cambio, para Enri Santos Castillo había nada. Según Donadio, “afortunadamente el doctor Santos lo incluyó en su testamento, de lo contrario sus hijos estarían a cargo del Bienestar Familiar”. Lo dice porque en alguno de los disgustos esporádicos del periodista con su casa mediática, a mediados de los 70, viajó a Cali, donde sacó adelante el periódico El Pueblo. Pero cuando regresó y le entregaron sus cesantías, un par de años después, se las regaló casi completas a su equipo del alma, el Santa Fe.
Ahora, tal y como se lo propuso desde el principio, se retira 50 años después de haber empezado. Él, que entiende su vida como un partido de fútbol, dice retirarse cuando aún es un jugador titular. Su hijo, Daniel Samper Ospina, guardó durante meses el secreto de su retiro y sabe que ahora su papá va a disfrutar de la familia: “Mientras más se acerca a sus nietas, más le aflora la ternura que no tenía como pluma vehemente y fiscalizadora de los excesos de los poderosos”.
El hombre que escribió muchas veces los editoriales de El Tiempo, el columnista de “Cambalache”, el libretista de Dejémonos de vainas deja la casa que lo recibió cuando era prácticamente un adolescente. Pero no se aterra, no es un retiro: “Esto es como el atletismo. Cuando un corredor de los mil metros termina la carrera no se sienta en un sofá hasta el próximo campeonato, sino que sigue caminando. Yo sigo escribiendo, pero ya no bajo la presión del reloj y la responsabilidad del cierre”, afirma.
Tiene 2,7 metros de libros por leer, que, dice, viene aplazando desde que tenía 15 años. Muchos vallenatos guardados por escuchar. Muchas horas de estudio del castellano, del que tanto sabe, aún pendientes. Muchos postres de natas por comer. Y, ojalá, muchas más novelas históricas por escribir, ojalá satíricas como las dos que ha publicado. Por ahora, en distintos rincones del periodismo colombiano seguiremos aprendiendo del maestro, porque, como dice Samper Ospina, lo más admirable de su trabajo es “no ser nunca débil con el poderoso ni poderoso con el débil”.
mariangelauc@gmail.com
@mariangelauc