Es muy posible que “esto” pase a la historia como el momento en que “eso” que sentíamos eran “nuestras vidas” se fue al carajo. Y quien recoja las sobras dirá que un virus llegó del cielo, en aviones cargados de turistas, que de ser las tetas de aquella “industria sin chimeneas” se convirtieron en portadores de muerte.
Y que, así como aceptamos ese cambio de perspectiva, aceptamos también la supresión de la libertad de movimiento y de expresión de afectos, la posibilidad de decidir por nosotros mismos con quién vernos, tocarnos, sentirnos. Que bastó la firma de unos cuantos decretos de toque de queda y cuarentena para que todos los demás problemas, incluido el cambio climático y la ansiedad de dinero que se está llevando el planeta al infierno, desaparecieran. Y que fue el momento en que aquella Declaración Universal de los Derechos Humanos se convirtió definitivamente en papel higiénico, porque aceptamos masivamente que la única prioridad era salir vivos.
Algunos tuvieron la reacción de preguntarse ¿quién lo planeó?, ¿cómo se pusieron de acuerdo? Porque a los gobernantes, todos al mismo tiempo, se les llenó la boca con la palabra “guerra”, y el virus de la corona se convirtió en el arma perfecta de prohibición masiva que no había logrado activar ese miedo llamado “el terrorismo”, justificando toque de queda, prohibido reunirnos, luego de aceptar la lógica de que los otros son el peligro.
La siguiente en aceptarse fue que los viejos, que ya no tienen utilidad, deben ser los que mueran primero. Y acto seguido, la prohibición del movimiento dio un ejemplo de respuesta, por inercia, al “problema” del lastre social de quienes sobreviven en la calle, trabajando de recicladores, putas, travestis, artesanos que echan paño y venden joyas caseras, los que lustran zapatos, los músicos callejeros, las malabaristas de semáforo, las meseras, quienes no tienen salario sino el día a día de las propinas: que se mueran.
Adictos a la aceleración, nos tropezamos con su máxima estrella: un virus, capaz de saltar de uno a miles en una fracción de instante, y a esa velocidad nos enseñó que en nuestro mundo paralelo al suyo se podía detener todo, y que nada ocurriría, al margen de algunos cuantos efectos colaterales de corto, mediano y largo plazo, el principal de los cuales fue que nos asustamos mucho, al punto de quedarnos paralizados de físico miedo.
Miedo por lo que estaba ocurriendo y porque a las noticias del ritmo inatajable con que se movía la entidad biológica atacante se les sumó que, después de la primera ola, debía esperarse una segunda, en octubre, cuando acabará el verano europeo. Y porque, no tan veloz como este COVID-19, pero a velocidad también de virus, un mensaje se viralizó informándonos que la primera ola de la pandemia de 1918 fue leve comparada con la segunda y la tercera, que acabaron con millones.
Las redes se atascaron de tanto contenido, en lenguajes resultantes del formateo que nos había hecho la publicidad, más allá de construirnos percepciones y educarnos para consumir. Porque en nuestro hablar, nuestro escribir, hay ahora una capacidad de síntesis, de decir con titulares, de frasear corto, punto y seguido, punto aparte, síntesis, que hace dos décadas no existía. Algo que se manifiesta tuiteando, creando memes, riéndonos de la situación y de nosotros mismos. Incluso que se manifiesta en los políticos menos masajeados por los avisos comerciales, como el chino Xi Jinping, que con poética de publicista elogió a médicos y enfermeras definiéndoles como “los ángeles más bellos” y, punto aparte, “las personas más admirables de la nueva era”.
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Los geriátricos pasaron a ser, más que antes, la antesala del final, y los viejos lo aceptaron con paciencia, sin siquiera preguntar quién fue el hp que hizo la dramaturgia de esta vida, ni la de esta pandemia. En la mediana edad se incrementó la depresión, eso que unos definieron como la pérdida total de la esperanza, y otros la de la voluntad, y que ya antes de la pandemia decían afecta a más de 300 millones de personas en el planeta.
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En los primeros días, a un metro y medio unos de otros cuando más cerca, la incomunicación estalló en las casas, mientras afuera colapsaban los sistemas de salud, sobrecargados por la demanda de terapias intensivas y otras respuestas que los gobiernos habían considerado innecesarias, superfluas. Fumando marihuana, riendo algunos, se comentaban las cifras de contagios y muertos. Estoy harto de comer lasaña, quejándose. Ya no queda ni siquiera medio pollo muerto en la nevera, comentando con la intención de ponerle humor al caso. Quiero que mi mamá muera creyendo que me está yendo bien, soñando.
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El trabajo y el estudio, por el wifi sobrecargado o la mala señal, entraron en modo interruptus vía Zoom, Team o Skype. La comunicación personal en algunos casos se hizo más cercana que antes por videollamadas de WhatsApp, en tanto en otros se volvió inmensamente más lejana, aunque proliferaron las llamadas de ¿te tomaste la temperatura? ¡Te extraño tanto! ¡Ti abraccio forte!, y las promesas de “te voy a hacer tantas cosas cuando volvamos a estar juntos”. Y ante las imágenes hubo sorpresas a distancia, de cariñoso tipo estás más flaca, o ¡te depilaste el ano! Es decir, las vibraciones eróticas se incrementaron, al tiempo que lo hacía la sensación de desamparo.
Internet puede colapsar, rodó la angustia ante la multiplicación exponencial de las manifestaciones del deseo de comunicar, que hizo que algunos días bajara la velocidad y se volviera intermitente la conexión. Se cambiaron las contraseñas a Amo vivir, Te quiero mami. Cientos de miles enferman, centenares mueren, la mayoría quedarán inmunizados, es el mensaje, en tanto escalan día a día los suicidios y la violencia en los hogares se vuelve el pan cotidiano. Pero la moda es aplaudir desde las ventanas y los balcones para felicitar a quienes se exponen tratando de recuperarles la salud a quienes caen. Aunque también se aplaude para protestar contra las decisiones de los gobiernos que se obedecen. Y la instrucción de distancia social generó efectos inesperados, como el sentir espanto al ver en una película un apretón de manos.
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Comprendimos también que amábamos, más de lo que imaginábamos, a la perdida libertad, por ejemplo. Que cuando éramos ciudadanos, esa condición que nos da el habitar las calles, no teníamos conciencia de la acumulación de salud emocional que nos proporcionaba cada roce, cada saludo, cada abrazo, cada cuerpo a cuerpo, cada fragmento de comunicación en las manos. Y aprendimos a extrañar el tiempo en que nos asistía esa razón absoluta del espíritu de que hablaba Hegel, esa conciencia profunda del instante inmaterial en que superando lo individual nos volvemos mundo.
¿Para qué sonreír cuando te sientes mal? ¿Por qué decir estoy bien, cuando te preguntan cómo estás? ¿Para qué los modales? ¿Por qué no desear al marido de tu amiga?, dudamos de cada conducta antes aceptada, aun sin estar intubados ni en estado crítico. La alegría se había oscurecido hasta llegar a total negro. Y nos vimos al espejo decadentes, lamentables, irritados, angustiadas, con ojos de “enselvados”, de estrujadas, alcoholizados, apagados, pese al mucho antidepresivo encima. ¿No quieres que intentemos salvar lo nuestro?, agregándole al final esa palabra sucia en que se había convertido “amor” desde hacía mucho tiempo, intentó una parte de las parejas en todos los idiomas, después de rebuscar por toda la casa aquella papeleta, que recuerdas haber escondido una vez. Y, obviamente, de haberla encontrado.
* Es consultor de comunicación para marcas políticas y de gestión de gobierno. Trabaja en pensamiento sistémico aplicado a coyunturas de crisis, utilizando como herramienta el análisis estratégico de estados de percepción, enfocado en la toma de decisiones.