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Diario íntimo de una partida

El japonés Nobuyoshi Araki fotografió las comidas que compartió con su esposa después de que le diagnosticaran una enfermedad terminal.

16 de agosto de 2013 - 10:00 p. m.
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La fotografía como un asunto vital en el sentido más literal: más que una representación, una encarnación.

La facultad de otorgar vida a un objeto inanimado parece ocurrir en los confines de la física, en la esquina de lo posible; quizás incluso se ubique en el improbable rango de los milagros. Esto también es susceptible de ocurrir en el arte.

Dos amantes se sientan a comer. Cena para dos. El banquete (libro que originalmente apareció en Japón hace 20 años) es el diario de las últimas comidas de una pareja de esposos pronta a separarse: ella tiene una enfermedad terminal, él probablemente se enamorará de alguien más.

En la grieta de la partida, Nobuyoshi Araki (el esposo, el fotógrafo) retrata los últimos momentos de su esposa a través de la comida. Sus fotografías están impregnadas de la profunda obsesión por la vida que ha caracterizado toda la obra del artista. Una pasión tan honda y visceral que ha terminado por ser definida como vulgar, inmoral y otra serie de adjetivos fabricados para cuidar límites y fronteras.

Araki es uno de los fotógrafos más reconocidos de Japón y, por si acaso lo anterior llega a parecer discutible, uno de los más prolíficos: en 40 años de carrera, el artista ha editado más de 400 publicaciones con su trabajo (entre revistas y libros), además de tener un gran número de exposiciones.

“Cuando la muerte está cerca, la fotografía es una de las cosas que más revela el ser —lo mismo sucedió cuando mi madre murió—. Es terrible que tome fotos de esta manera. Cuando ella volvió del hospital cambié a blanco y negro. Es tan erótico y sucio. Es terrible, ¿ah? Intencionalmente tomé estas imágenes para que parecieran lascivas. Esa es la consciencia del artista expresándose”.

Las fotografías de El banquete no son poderosas por el objeto que encaran, sino por las capas de contenido inédito que revelan en sujetos que, bajo otra mirada, se antojarían normales. Lo que hay detrás del libro es una conciencia clara de composición y ejecución, una coherencia visual que con un foco preciso desdibuja las texturas originales de la comida para producir sensaciones nuevas, entre perturbadoras y seductoras, y muchas veces las dos.

El libro arranca como una explosión de color, una violenta irrupción de contrastes. Bajo esta luz, un tomate se transforma de simple vegetal en un volcán de rojo. Siempre de cerca, los platos se antojan viscerales, repulsivos dirían algunos. Fotografía de comida con una intensidad inusitada, un terco deseo de capturar los mecanismos internos de la alimentación, si se quiere.

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En la mitad del libro, el blanco y negro irrumpe sin transiciones previas, sin mayor anestesia. Lejos de perder vitalidad, la comida se transforma en un elemento extraño, como pedazos de un mundo nuevo y distante. En algunas tomas hay cierta sensación de movimiento que se percibe en salsas y aderezos (la mejor suposición disponible), un elemento que contribuye a profundizar emociones cercanas al abandono y la desazón.

Sobre su esposa, Yoko, Araki escribió: “Después de que la dieron de alta en el hospital, la comida que preparó estaba aún más llena de amor. Ella sabía que le quedaba un mes de vida, no hay duda de esto. Había estado tomando fotografías en color con un aro de luz, pero cambié a blanco y negro. La comida era un romance con la muerte”.

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Araki hace un énfasis profundo en la iluminación de sus sujetos (una verdad evidente para cualquier fotógrafo, de paso), porque el uso de una técnica precisa le permite separarse de la fotografía de producto común y corriente para comenzar a desarrollar un discurso acerca del amor, la vida y la muerte a través de la comida. Sus platos emergen llenos de intención y discurso, de una intimidad que termina por incomodar al lector.

“Usualmente hago fotografía en color con un aro de luz que uso para retratar flores. En blanco y negro no usaba el aro porque, al emplearlo, la sombra de la muerte desaparece en la profundidad. Pero después de haber usado el aro durante un buen tiempo he entendido que la muerte no desaparece, sino apenas se oculta”.

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En la última página de la edición original, publicada primero en Japón, se lee: “El 27 de enero de 1990, a las 11:00 a.m., Yoko murió”.

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