En este tiempo, Diego El Cigala, predestinado por algunos a ser el sucesor de Camarón en un trono que sigue huérfano, ha seguido explorando la fórmula, creando pequeñas perlas híbridas donde su desgarro flamenco se luce con tantos desamores como pueblan las letras de boleros, coplas y tangos. Parecen hechos el uno para el otro.
El resultado se llama Dos lágrimas, el disco del artista que será lanzado a partir del próximo 15 de junio. Por lo escuchado en el Palau de la Música, donde se está celebrando el festival flamenco de Barcelona De cajón, la alianza sigue dando resultado. De El Cigala puede ser el mérito de recuperar Dos gardenias o Angelitos negros, versiones de letras popularizadas por Antonio Machín, incluidas en el nuevo trabajo en el que ha contado con la colaboración de músicos cubanos que ya habían participado en Lágrimas negras, como el percusionista Tata Güines, fallecido hace pocos meses, o Changuito.
Para cubrir la ausencia de Bebo Valdés, el cantaor madrileño ha recurrido a dos pianistas: el cubano Guillermo Rubalcaba, otro músico perteneciente a esa saga de virtuosos longevos y descubiertos a deshora en España como el propio Bebo o Rubén González, y el catalán Jaime Calabuch Yumitus. En esta segunda parte de Lágrimas negras, como reconoce el propio Cigala, hay más toques de jazz latino, más instrumentación y casi más salsa. Y hay clásicos populares que suenan flamencos en la voz de El Cigala, la voz perfecta para creerse un amorío devastador. Cualquiera no puede llorar a dos amores muertos, que son el tuyo y el mío, sin que suene a guasa o huela rancio.