En Colombia hay 4.500 personas con más de 100 años. Uno de ellos es don Marco Aurelio Villarreal Rondón, a quien su madre le vaticinó que viviría más que su abuelo que alcanzó los 106 años. Para hacer quedar bien a su oráculo, este año (en abril) apagó las velas de sus primeros cien años, rodeado de los mimos y el asombro de sus hijos Martha, Carlos y Adela que le han dado seis nietos y dos bisnietos.
Para todo mundo es “Don”, con mayúscula. Del signo tauro, nació el día de san Marcos, evangelista. Como el coronel Aureliano Buendía, tiene a Dios por copartidario.
Conversador feliz y conservador de la vieja guardia (“Firmes, Cachirí”, dice), exfuncionario del Ministerio de Guerra (hoy Defensa), Villarreal Rondón, bumangués, es todo un personaje en su barrio Niza IX, donde sus vecinos lo han visto caminar lento, a 14 cuadros por segundo, dicho sea en la vieja jerga cinematográfica. Bastón en mano, es frecuente verlo salir de compras por las tiendas del sector.
A toda hora ejerce su condición de hombre galante. Ninguna mujer escapa a un respetuoso cumplido suyo, acompañado de una inclinación de cabeza y levantada de gorra. Siempre va impecablemente vestido.
A nadie le niega un saludo. Arranca a hablar con el que diga pago. Es como si tuviera afán por compartir lo que sabe, una de las formas de alcanzar la inmortalidad, al decir del dalái lama.
Don Marco Aurelio, ¿cómo se aficionó a la lectura?
¡Ah!, los libros. Desde cuando era joven aprendí que los buenos libros son urnas de ideas, arcas de ensueño, flor de la vida.
¿Quién lo enrutó por la lectura?
Desde mi infancia, mi mamá me dijo: “Usted va a ser distinguido por las letras y la lectura que desde la infancia las musas revelaron a los hombres”. Esos son los buenos libros, como los de Amado Nervo.
¿Cómo se siente de salud?
Es buena, camino. Los médicos me dicen: “Camine para que no se anquilose, porque si no, toca ya en silla de ruedas”. Entonces salgo a caminar. La silla de ruedas no más me da tristeza.
¿Cuántas veces camina al día?
Una vez en lo que es para el norte y para el sur. Y luego, caminata allá en el apartamento.
¿Cómo fue su experiencia en el Gobierno?
Cuando hice parte del ministerio que se llamaba de Guerra, hice la sugerencia de que no fuera de Guerra, que era violencia, sino que fuera Ministerio de Defensa Nacional, y así se quedó, y hago parte de ese ministerio.
¿Qué hacía en el ministerio?
Estudios jurídicos. Me pasearon por toda Colombia. Conmigo no había transacción de que tome estos pesos porque embargaba mi alma. Pienso morir, cuando sea, sin ningún trazado de esos. Eso es todo.
De sus años en Bucaramanga, ¿qué recuerda?
Que no fueran “peliones”, que se amaran los unos a los otros sin distingos políticos, que con pelear había heridos y muertos. Ese no es el son de la vida. Eso les dije a los de la Ciudad Bonita.
Además de Bucaramanga y Bogotá, ¿qué otras ciudades ha conocido?
Ah, eso sí, me pasearon en el Ministerio de Defensa Nacional para hacer investigaciones jurídicas por toda Colombia. Para donde no me nombraron fue para Leticia, ni para otro pueblo que hay por allá arriba. Lo demás sí. Sabían que yo no me transaba con dinero. A los que tenían delitos les abría un paréntesis para estudiarlos y hacer declaración con un joven secretario que era mi auxiliar.
¿Es abogado o estudió leyes?
Estudié leyes. Quise que me examinaran y dijeron que me valía unos millones y yo no tenía eso para la tarjeta de abogado.
¿A qué debe su longevidad?
A que el papá de mi mamá (abuelo Liborio Rondón) duró 106 años. Entonces mi mamá dijo que yo podía acercarme a la edad de su papá, pero que siguiera la vida de no maldecir a nadie, no decir malas palabras, desearle a la gente siempre el bien, sea mujer o sea hombre. Y con buenos recuerdos. Y ahí voy.
¿Se enamoró muchas veces?
No. Me casé con la señora María Lucrecia Cañas de Villamizar en Pamplona. Ella era de Pamplona, yo de Bucaramanga. Ella falleció. Fue profesora y por el uso de tiza en una pizarra se asfixió. Eso la llevó a la muerte. Le dijeron: “Están inflamados sus pulmones, la garganta. Confórmese para cuando Dios la llame”.
¿Qué le gustó de ella?
Nos conocimos en Pamplona y los papás de ella, que eran de allí, habitaban una casa grande. Vieron que su hija me estaba enviando correspondencia a La Victoria, donde yo tenía un negocito de compra de café. Entonces les dije que ella estaba correspondida, que si ellos eran de palabra, yo también. Si querían que yo me casara con su hija, dijeran sí, y si no, no más me volverían a ver por ahí. Entonces doña Adelaida, la esposa, dijo: “Miguel nosotros también nos entendimos bien y por eso nos casamos”. El señor es hermano de dos sacerdotes, es de buena familia, y él en persona también. Entonces don Miguel, dijo: “Bueno, entonces sí”. Fijamos el matrimonio a tres meses, mientras conseguía unos pesos, porque eso se gasta abrir casa.
Y en política, ¿a quién ha respaldado?
Mi política es: “Firmes, Cachirí”. Soy de una sola palabra. Ahora, Partido Conservador, conserva la tradición. Eso es. Pero que el otro sea liberal, tampoco le hago la guerra. Cada uno piensa como quiera. Ese soy yo.
¿Cuándo votó por primera vez?
Voté por primera vez en Bucaramanga. Y aquí (en Bogotá) también he votado por los candidatos conservadores. Me respetan porque me entiendo con los grandes intelectuales. Más que expositor, soy buen oidor.