Sin embargo, sabe que el teatro es su esposa y la pintura, su amante. Esta vez es la musa clandestina, la que no conocen tantos, la que ocupa sus palabras.
Mucho antes de pisar las tablas de un teatro, antes de siquiera imaginarse dirigiendo actores o actuando la obras de Shakespeare o de Quevedo, Santiago García ya conocía la alquimia de los colores creando paisajes en óleos y acuarelas.
Se graduó de arquitectura, pero sus creaciones trascendieron los planos físicos y se atrevió a hacer construcciones con personajes y paisajes imaginados.
En 1966 fundó La Casa de la Cultura, que después se convertiría en el Teatro La Candelaria. Pero siempre, entre historias, ensayos y presentaciones, tuvo un espacio para la pintura.
Para Santiago García, uno de los grandes hombres del teatro en Colombia, la pintura, como el arte, siempre está rompiendo los terrenos del sentido común, entrando en espacios interesantes. Tal vez por eso hoy, después de 45 años dedicados al teatro, sigue siendo un aliado de los pinceles.
Usted llegó a la pintura muy pronto. ¿Por qué no se dedicó por completo a la plástica?
Inicialmente estudié en la Universidad Nacional y después en París, en la Escuela de Bellas Artes, y me gradué de arquitecto. Estando allí hice cursos de dibujo, de óleo, de acuarela. Desde niño me entusiasmó mucho la pintura y después fui alternándola con la escultura. Después empecé en el teatro, pero nunca dejé de pintar. Desde hace 45 años me muevo entre las tablas y los lienzos.
‘La tempestad’ de Giorgione lo ha perseguido desde su época de universitario, ¿a qué se debe su fascinación por esa pintura?
Es una obra que me apasiona mucho y de la cual he hecho muchas reinterpretaciones desde que estuve en París. Me enamora muchísimo porque es de un enorme misterio, es una gran paisaje. Está lleno de segundas lecturas, de sugerencias, de misterio, y ese misterio es lo que más me interesa en el arte, el enigma, aquello que no da una lectura inmediata.
¿Siente que ha resuelto un poco ese misterio?
Afortunadamente no, lo interesante no es resolver el misterio, es manejarlo. Igual pasa con los sentimientos humanos, si el amor deja de ser un misterio, deja de ser interesante. En cuanto más reina el dilema, más fuertes son las pasiones.
¿Qué del teatro utiliza en la pintura?
El teatro es una especie de pintura tridimensional, es como un cuadro vivo, con la intervención de colores, luz y matices en la composición.
¿Cómo pintaría su alma?
Como la pintura de Giorgione, tenebrosa y misteriosa. Es una tempestad.
Un recuerdo al lado de Enrique Buenaventura, otro de los grandes maestros del teatro nacional…
Enrique tenía el mismo dilema, él era magnífico pintor. Manejaba las dos cosas como lo hago yo, permanentemente estaba dibujando y dirigiendo teatro, por eso nos hicimos muy buenos amigos.
¿Alguna vez ha mezclado la pintura con el teatro en alguna de sus obras?
Sí, generalmente todas mis escenografías parten de imágenes muy pictóricas. En El Quijote, por ejemplo, usé muchos elementos de la pintura para el desarrollo de la obra.
¿Cómo es pintar personajes en el teatro?
Lograr que un actor se transforme en un personaje es un trabajo muy parecido a la pintura.
¿Cómo recuerda el mundo de la bohemia de los 50 y los 60?
Cuando estuve en París el mundo de la bohemia fue muy atractivo, muy imaginativo y agradable. Siempre será necesario divagar.
¿ Qué diferencias encuentra entre los pintores de ahora y los de esa época?
En el fondo los pintores se diferencian en cualquier época entre los malos y los buenos. Hay algunos que a pesar de su posibilidades de éxito, siguen siendo malos. Hay otros que son buenos y su valor sólo se reconoce después de muertos.
¿Qué siente cuando alguna de sus obras pasa a otras manos?
Generalmente es un desgarramiento. Claro que produce nostalgia. Uno vende una obra no sólo por el dinero, sino porque el cuadro adquiere el valor de que otra persona quiera tenerlo, disfrutar con él. En el fondo, el destino de una obra de arte es caer en posesión del espectador.
¿Usted conoció a Marta Traba?
Muchísimo. Fuimos muy amigos. Ella venía muchísimo cuando recién fundamos el Teatro La Candelaria, que en esa época se llamaba Casa de la Cultura.
¿Cuál cree que fue el mayor aporte de ella al arte en Colombia?
Evitó que la pintura cayera en manos de la especulación, ella sabía interpretar muy bien obras como las de Botero, que no le caían bien a mucha gente cuando hacía sus dibujos experimentales. Apreciaba profundamente esa cualidad, que es el valor fundamental en el arte.
Pero el fracaso de muchos artistas buenos también se le debe en gran medida a ella…
Marta era muy severa, pero también era profundamente honesta como crítica. Conmigo fue siempre muy positiva. Yo la admiré muchísimo y siempre creí en que sus doctrinas eran acertadas y que podían llevar al país en el campo del arte hacia muy buenos resultados.
Hablando de crítica, ¿cuál cree usted que es el papel real de los críticos de arte?
Adivinar lo que está bien a pesar de que parezca mal. Por otro lado, interiormente hay que tener un crítico muy severo, el primer crítico que uno tiene que tener es uno mismo, evitar caer en la especulación y en el atractivo de la adulación.
¿Cómo lo marcó el 9 de abril?
Me marcó muchísimo, ese día me tocó correr por toda la ciudad, quedé atrapado en el centro. Seguramente después influenciaría mi obra, fue un suceso que marcó a todo el país.
¿Cómo ha sido su relación con los pintores colombianos?
Fui muy amigo de Botero, de Feliza Bursztyn. Alejandro Obregón vivía en el mismo edificio que yo, y nos conocimos muy bien. David Manzur también fue un buen amigo. Ellos fueron los artistas con los que más tuve intercambio en todo sentido.
¿Qué tenían esos artistas que les falta a los de ahora?
Su capacidad de investigación, de exploración, de no encasillarse por haber descubierto una fórmula y aplicarla porque funciona social y económicamente, sino estar buscando siempre algo que sea innovador. El arte tiene que ser una invención y una innovación permanente. No es posible siquiera imitarse a sí mismo.
¿El proceso de creación en la pintura es similar al que tiene en el teatro?
Uno no inventa con la razón sino con algo más profundo, con el arquetipo, eso que los antiguos llamaban la musa, que ilumina. Tanto en la pintura como en el teatro se busca lo mismo, esa relación de lo que uno crea con el público, tanteando caminos, descubriendo siempre…
¿El arte sigue siendo un riesgo placentero? ¿Cree que hoy se puede vivir de éste?
Se puede vivir con el arte y para el arte, pero del arte… eso siempre ha sido algo imposible.
¿Es cierto que le gusta mucho cocinar?
Me gusta muchísimo porque viví en Italia y allá la cocina es asombrosamente importante para el gusto de la vida, para disfrutar. Casi se vuelve una obra de arte fritar un huevo. Por eso me gusta en especial la cocina italiana.
¿Dónde se encuentra con más facilidad con usted mismo, en la pintura o en el teatro?
En el fondo creo que me encuentro más en el teatro, pero no abandono para nada la pintura.