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El príncipe al cuadrado

Una prueba de ADN negó el vínculo entre el artista mexicano y el imitador colombiano. ¿Qué tanto se parecen ‘El Triste’ y su doble?

11 de mayo de 2012 - 10:58 p. m.
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La música popular estaba prohibida en la casa de José José. Su padre, José Sosa Esquivel, un tenor de bastante reconocimiento en el medio lírico local, tenía la creencia de que sus oídos sólo eran aptos para escuchar a los grandes compositores clásicos y que las sonoridades de corte empírico debían reinar, pero muy lejos de su alcance. Margarita Ortiz, esposa de don José Sosa, era un poco más abierta, pero también tenía formación académica y durante muchos años fue concertista de piano, serio indicio de que su acervo popular era más bien reducido.

Con esos antecedentes José José, cuyo verdadero nombre es José Rómulo Sosa Ortiz, tenía la obligación de optar por la música clásica, y se puede decir que cumplió porque su registro a comienzos de la década de los 60 correspondía al de un tenor. Sin embargo, también se dio gusto y buscó en los tríos de boleros y en los formatos del bossa nova y del latin jazz las corrientes que más se adaptaban a su forma de vida, ya dominada durante esa época por las actividades nocturnas.

En los clubes y centros de la noche aprendió a tocar guitarra, se defendió en la interpretación del bajo cuando la urgencia musical así lo requirió y se apropió de esa condición de transmitir, de comunicar, algo que supera los conceptos de armonía y va mucho más allá de los arreglos y de la estructura sonora. Por eso cuando José José (durante algunas temporadas se le conoció con el sobrenombre de Pepe Sosa) se paró en frente del jurado y del público asistente a la segunda versión del Festival de la Canción Latina (1970), evento en el que representó a México con la canción El triste, de Roberto Cantoral, ya era suya la facilidad de estremecer con su voz.

El éxito internacional fue apenas el paso lógico de una presentación en la que la obnubilación del jurado contrastó con las muestras eufóricas de un auditorio espontáneo, que esperaba de todo menos una demostración tan contundente de interpretación musical. Oído absoluto, como llaman los músicos al de quienes pueden identificar una nota sin la utilización de un referente anterior; afinación a toda prueba, y una habilidad histriónica que a la postre le dio para protagonizar las películas Un sueño de amor y La carrera del millón, fueron los instrumentos que ayudaron a José José a convertirse en una de las grandes estrellas latinas durante los años 70, 80 y buena parte de los 90.

Logros como tener lugares reservados en el hall de la fama en Estados Unidos y ser la máxima figura de la música mexicana en la era moderna, de acuerdo con encuestas que incluían a los más grandes de su país, motivaron al caldense Brayan Álvarez (José José en el programa Yo me llamo) a fijarse en él para seguirle los pasos y tomarlo como referencia dentro de un espectáculo. Por supuesto que la historia de amor que le contó su madre, de la que prefiere guardarse detalles para respetar su intimidad, influyeron en la decisión de convertirse en el doble perfecto de quien no sólo es su artista favorito, sino, según sus sospechas, su padre.

A finales del año pasado, patrocinado por una revista de farándula, Álvarez viajó a México para practicarse una prueba de ADN y contrastarla con una muestra de José José. El resultado fue negativo. A pesar del diagnóstico, el colombiano siguió adelante con su espectáculo y acudió a las convocatorias de Yo me llamó, y hasta la fecha su participación ha sido bien calificada por los jurados.

Físicamente, Brayan Álvarez tiene algunos rasgos del mexicano, y tal vez la nostalgia hace que su figura evoque a aquel personaje de los años 70 de abrigos largos y crespos un tanto desordenados. El parecido existe. No es que salte a la vista en una primera instancia, aunque la caracterización ayuda, y mucho. Si es o no hijo del artista mexicano es simple anécdota y, seguramente, varias líneas en otro tipo de publicaciones. Lo importante es que Álvarez revitalizó las bondades de El Príncipe de la Canción luego de una larga ausencia motivada por problemas de salud y por adicciones bien conocidas en el entorno musical.

Álvarez se esfuerza por homenajear a su ídolo sin llevarlo a la caricatura. Calcó algunos gestos, como los movimientos exagerados en la boca, las plegarias con sus brazos arriba y la forma particular de hacerse al micrófono. Abre y cierra los ojos con la misma intencionalidad y en las notas plenas consigue aproximarse a José José. La imitación está en proceso y el colombiano tiene las herramientas para hacer que las notas más rasgadas le suenen naturales, no forzadas como hasta ahora.

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Faltan los susurros del mexicano, característicos cuando el público siente que casi le canta al oído, y un desenvolvimiento corporal más comprometido. Brayan Álvarez es José José para las generaciones que no vieron a El Triste conmoviendo, al monstruo confesando sus 40 y 20, y a El Príncipe de la Canción en su viaje, montado en La nave del olvido.

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