Recién entronizada reina de Inglaterra, María Tudor condenó a morir en la hoguera a casi trescientos religiosos que se negaron a seguir las directrices enviadas por el Papa desde Roma. Su fanatismo religioso, con el que ganó el remoquete de María la Sangrienta (Bloody Mary), también la obligó a pensar en la necesidad de engendrar un heredero católico que se atravesara en las pretensiones de Isabel, su media hermana protestante, quien según el testamento de su padre Enrique VIII la sucedería en el trono en caso de que ella muriese.
Un heredero engendrado en esas condiciones garantizaría que la fe romana encarnada en la reina mantendría su prevalencia en las islas británicas. Lo malo era que María ya tenía 38 años cumplidos y lo más parecido a un pretendiente era el retrato pintado por Tiziano de un apuesto, joven y bien proporcionado príncipe, hijo de su primo Carlos I de España y V de Alemania. Declaró públicamente haberse enamorado de aquel hombre de 27 años cuyos ojos inquisitivos la miraban desde el lienzo, e hizo los arreglos necesarios para casarse con él en tiempo récord.
De ese modo Felipe, de hecho ya viudo de un matrimonio anterior y heredero del trono de España, se convirtió, tras apresurada boda en la abadía de Winchester, en rey consorte y en probable regente en el caso de que su esposa llegase a faltar. Sin embargo, se embarcó de regreso hacia el continente tras vivir una de las lunas de miel más sosas y expeditas de la historia, dado que él mismo había manifestado no sentir atracción carnal hacia ella, por lo que sumó el enlace al cúmulo de responsabilidades de jefe de estado que estaba acostumbrado a asumir desde su infancia, ante las continuas guerras que mantenían ausente a su padre casi todo el tiempo. Sin duda Inglaterra era un gran reino, pero en términos de extensión geográfica y recursos era inferior al imperio que a su debido tiempo heredaría, debió pensar al agregar un título más a la larga lista que ya ostentaba.
El heredero buscado por María nunca nació, a pesar de haber tenido dos embarazos, que estuvieron más relacionados con retención de líquidos y con la histeria provocada por el afán de engendrar que por las artes amatorias de su consorte, coronado rey tras la abdicación de su padre y más preocupado en ese momento por invadir Francia desde los Países Bajos. Por cierto, esta fue la única campaña militar en la que tuvo alguna participación, aunque periférica porque estuvo ausente de la batalla de San Quintín, cerca de París, que resultó favorable a los tercios españoles, considerados la infantería más eficazmente letal del mundo gracias a su destreza con los arcabuces; la misma fuerza militar que amamantara a los hombres acorazados enviados por su padre y por él mismo para conquistar América y ampliar hasta lo indecible el imperio que ahora debía administrar.
Administrar, antes que guerrear, fue para Felipe II la prioridad, porque desde muy joven sabía que de ello dependía todo lo demás, incluidos el avituallamiento y la paga de los hombres de armas. Su pasión por esa faceta del poder le ganó el sobrenombre de El prudente, aunque los historiadores ponen en duda que lo mereciera porque registran tres declaraciones suyas de bancarrota, dada su incapacidad para cubrir los empréstitos contratados con el fin de sostener guerras contra el resto del mundo a lo largo de cuatro décadas.
Las dificultades financieras del reino le ganaron entonces fama de tacaño, de regente que cuidaba cada centavo de sus arcas, y es famosa la anécdota según la cual, al enterarse de lo costoso que estaba resultando el proyecto de rodear a Cartagena de Indias con 11 km de murallas y fortificaciones para protegerla de las incursiones de piratas y corsarios, caminó hasta la ventana de su austero despacho y, mirando hacia el poniente, preguntó por qué no veía unas obras que le habían costado tanto. No se tiene noticia de que el ingeniero italiano Bautista Antonelli, el contratista de entonces, hubiese montado un carrusel que encareciera las cuantías, pero lo cierto es que la única forma de emprender una misión de tal naturaleza era empleando obreros fuertes y resistentes al sol tropical, léase negros, que llegaban a la bahía en continuas y persistentes oleadas para reemplazar a las que sucumbían bajo las malas condiciones de trabajo y la tristeza del desarraigo.
Cuando Felipe no estaba peleando con sus vecinos de Europa en conflictos religiosos o de sucesión, que muchas veces se fundían en uno solo, emprendía campañas en contra de los turcos otomanos, los incómodos vecinos de oriente que apoyaban a los rebeldes moriscos, como se conocía a los españoles de origen árabe habitantes del sur de la península. Contra ellos fue su gran triunfo en la batalla naval de Lepanto, ganada por su medio hermano don Juan de Austria y en la que perdiera el movimiento de su brazo izquierdo un oscuro soldado llamado Miguel de Cervantes Saavedra.
Alentado por ese triunfo, enfiló confiado sus esfuerzos hacia su principal enemigo, Inglaterra, que bajo el reinado de Isabel I le disputaba la supremacía naval y hacía contrapeso a su defensa a ultranza de la fe católica. Los ingleses, que incursionaban con relativa impunidad en puertos de ultramar como Cartagena o Panamá, se atrevieron a hostilizar el puerto de Cádiz. Felipe perdió entonces la paciencia y organizó una enorme armada, integrada por ciento treinta navíos artillados para llevar la guerra a las islas británicas, pero fracasó en el intento debido a la resistencia de la flota inglesa, más liviana y ágil, bajo el mando de Francis Drake, y a que una tormenta prolongada encalló sus barcos en las costas de los Países Bajos, impidiendo que pudiera darse cumplimiento al plan original de desembarcar en las costas de Kent una fuerza de sesenta mil hombres, la mitad de ellos componentes del ejército estacionado en Flandes, que nunca llegaron a la cita en la costa para ser embarcados hacia Inglaterra.
Esa derrota, sumada a su fama de fanático religioso, contribuyó a la ‘leyenda negra’ tejida alrededor de la personalidad de este monarca típico del Renacimiento, que por otro lado fue gran lector, preocupado por estudiar asuntos que contribuyesen a su labor como gobernante, e impulsor de las artes. Su biblioteca llegó a tener cuarenta mil volúmenes y su pinacoteca se nutrió con lo más granado del arte de su tiempo.
Pero la mayor prueba de su amor por las artes es El Escorial. Monumento arquitectónico mezcla de palacio, museo y monasterio, la obra tenía propósitos múltiples para el soberano: proclamar su fe en Dios, al mismo tiempo crear un mausoleo donde reposaran los restos de su padre Carlos I, quien antes de morir le había pedido yacer en un lugar distinto al de los anteriores reyes, y conmemorar el triunfo español en la batalla de San Quintín.
Puntilloso en extremo, no sólo contrató sino que supervisó personalmente los trabajos a lo largo de los veintiún años que duró su construcción con el concurso de tres arquitectos sucesivos, quienes debieron lidiar con la tendencia del monarca a no delegar funciones ni siquiera a las personas en las que supuestamente confiaba.
Todavía en sus últimos años, afectado por la gota, mandó abrir una ventana interior que comunicaba su escueta habitación con la capilla, de modo que pudiese asistir a misa sin levantarse de la cama.
Puede decirse que el diseño final de su palacio fue decidido sólo por él, tanto como la decisión de atacar Inglaterra, pues gobernó aferrado a su devoción religiosa y confiando hasta la ceguera en que, a la hora de la verdad y en cualquier circunstancia, Dios acudiría en su ayuda.
No en vano creía haber dado al Creador suficientes muestras de fervor católico. Había encabezado públicas y multitudinarias demostraciones de fe, echándose de bruces al piso para manifestar su acatamiento a los poderes celestiales, y ordenado quemar protestantes en los momentos en que fue necesario, apoyado en el Santo Oficio, la tristemente célebre Inquisición. Aunque, en honor a la verdad, en la España de Felipe las ejecuciones por causas religiosas fueron menos que las sucedidas en otros países de una Europa martirizada por la lucha entre las biblias y las espadas.
Su proverbial austeridad, que lo llevó a vivir una vida casi monacal, quizá le ayudara a la hora de gobernar, pues sobre su espalda recayeron responsabilidades que muy pocos mandatarios han enfrentado. No en vano, gracias a la herencia, reinó sobre la mitad del mundo conocido hasta entonces, pero no lo amilanó saber que en sus dominios jamás se ponía el sol.