Las posibilidades de que Betty Garcés Bedoya resultara interesada en el devenir de la ópera eran casi nulas. En Buenaventura, su tierra, así como en la mayoría de las poblaciones colombianas, había que prender el radar para ubicar una casa en la que se escucharan los tonos agudos del bel canto o las manifestaciones más graves de la lírica clásica o contemporánea. Su hogar no era, ni mucho menos, parte de ese porcentaje triste y solitario que acompaña sus comidas con las obras de Wolfgang Amadeus Mozart (1756 – 1791), las partituras de Giacomo Puccini (1858 – 1924) o los montajes complejos de Gustav Mahler (1860 – 1911).
Ella disfrutaba de la salsa, por su proximidad a Cali en una década en la que el Valle del Cauca lideraba el espectro salsero sin complejos frente a Nueva York, Puerto Rico y Cuba. Sin embargo, su oído se dejaba seducir mucho más rápido por las baladas románticas. Betty Garcés tenía la ilusión de ser una diva que rompiera los ánimos o alegrara los corazones, dependiendo de la intencionalidad de la letra. Creía que tenía el potencial para pararse frente al público, tal vez arropada con un vestido luminoso, y hacer ademanes dramáticos hasta llegar al llanto. Tenía eso y mucho más. Al abrir la boca alcanzaba con una facilidad sospechosa notas para las que otras artistas de la balada necesitarían años de entrenamiento.
Sus profesores la ayudaban a moderar sus capacidades, pero, con todo y eso, cuando ensayaba los vecinos decían que había que bajarle el volumen al equipo de sonido. Eso era lo que parecía Betty Garcés cantando. Ahí afloraba su potencia y los sonidos que la rodeaban se convertían en susurros. Esas características particulares hicieron que revaluara su idea de ser baladista y se encaminara hacia algo más exigente, algo más acorde con sus habilidades.
De esta manera se dejó convencer y preparó todo su cuerpo para transformarse en una soprano, y en ese proceso tuvo mucha influencia del pianista José Alejandro Rocca, experimentado músico que un día decidió especializarse en la formación de cantantes líricos y de inmediato comprendió que podía contribuir de forma importante a la carrera de Betty Garcés Bedoya.
Ella se especializó en Alemania, donde tomó clases privadas de canto, y estudió en la Escuela Superior de Música de Colonia, con la profesora Klesie Kelly-Moog. En marzo de este año estuvo como solista invitada en el Teatro de la ciudad de Münster, donde interpretó el rol de Madame Euterpova en una ópera de Gian Carlo Menotti (1911 – 2007).
Hace poco, Betty Garcés regresó al país y se reencontró con José Alejandro Rocca. Entre los dos, con el apoyo del Ministerio de Cultura, diseñaron una gira por Colombia cuyos fondos serán destinados a organizaciones sin ánimo de lucro que se dediquen a gestar programas en beneficio de la música. En Bogotá, por ejemplo, los recaudos se destinarán a Música en los Templos.
Betty Garcés y José Alejandro Rocca comparten la pasión por la música y también están de acuerdo en que el sonido más hermoso siempre es el de la solidaridad.
Gira por Colombia: