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El Tratado de Libre Comercio con EE.UU.

2011 fue el año de la aprobación del TLC con Colombia por parte del Congreso de los Estados Unidos. Uno de sus artífices y protagonistas históricos cuenta cómo se logró.

17 de diciembre de 2011 - 09:00 p. m.
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Uno de los instantes de mayor satisfacción profesional lo viví hace cinco años, cuando los presidentes George Bush y Álvaro Uribe anunciaron el cierre de las negociaciones del TLC entre Estados Unidos y Colombia. Habían transcurrido 14 rondas de negociación durante 21 meses en los que, como jefe negociador, había contribuido a materializar el más importante acuerdo comercial en la historia del país.

Recuerdo que en el proceso pusimos a disposición el llamado ‘Cuarto de Lectura’ para la consulta de documentos, el ‘Cuarto de al Lado’ y el ‘Cuarto del Congreso’, que garantizaron transparencia en las decisiones adoptadas. Empresarios, congresistas, alcaldes y grupos étnicos, entre otros, tuvieron información detallada de las mesas sectoriales y, cuando fue necesario, fueron consultados para la toma de decisiones. El camino era largo. En julio de 2006 alcanzamos un acuerdo en los anexos agrícolas, el capítulo de mayor discusión, que se superó gracias a la concertación para facilitar un mejor acceso del sector a EE.UU.

El 22 de noviembre de ese mismo año, los gobiernos de ambos países firmamos el tratado. A finales de febrero comenzó la discusión en el Congreso de Colombia para su ratificación. En julio, el TLC ya era una realidad. El presidente Uribe lo sancionó el 4 de ese mismo mes.

Pero 2008 fue un año adverso. Si bien Bush envió al Congreso el proyecto de ley para poner en marcha el acuerdo, la Cámara de Representantes congeló la votación. Todo se hizo más difícil cuando Bush admitió que el TLC con Colombia estaba “muerto”. En medio de la oscuridad fueron apareciendo razones para su aprobación final. Además de empresarios y congresistas estadounidenses, los influyentes periódicos The Wall Street Journal y The Washington Post apostaron por el TLC e insistieron una y otra vez en la necesidad de que fuera enviado “cuanto antes” al Congreso.

Jamás perdí la fe. A finales de 2009 el senador Charles Grassley le pidió a Obama que promoviera la aprobación de los tratados con Colombia, Panamá y Corea del Sur. Entonces no habíamos perdido el tiempo. Habían sido valiosas las extenuantes jornadas de los innumerables amigos del TLC, de los empresarios liderados por Luis Carlos Villegas, al frente del Consejo Gremial Ampliado, y la implementación de la Secretaría Técnica, como interlocutor con el equipo negociador.

Había sido muy valiosa la labor de Jorge Humberto Botero, quien en el Ministerio de Comercio lideró innumerables tertulias en Colombia y los Estados Unidos. Estas y otras reuniones las adelantábamos, generalmente, entre las 4 y las 8 de la noche con expertos de cada sector. Con los periodistas compartíamos detalles del proceso los sábados.

Habían sido valiosas las fatigantes jornadas, que incluyeron alrededor de mil reuniones y de las que quedó el “Libro blanco de la negociación”, una voluminosa y detallada memoria del proceso entre el equipo negociador y los actores políticos, económicos y sociales del país.

A principios de abril de 2011, Santos y Obama anunciaron un plan de acción para destrabar el TLC. Y fueron suficientes unos meses. Llegamos a octubre, al envío del proyecto al Congreso, su posterior aprobación en las dos cámaras y la sanción presidencial. Ahora sí estamos en las Grandes Ligas. Un mercado de 310 millones de consumidores, un acuerdo con la mayor economía del mundo. Y uno vuelve la mirada atrás, a la idea de un proyecto de gran envergadura en la administración del doctor Andrés Pastrana, a la intensa lucha que sostuvimos en el gobierno del doctor Uribe y al definitivo impulso que le dio el presidente Santos, y no deja de causar asombro el camino recorrido. Son tantos recuerdos y sensaciones que se resumen en el día en que el TLC se hizo realidad. Un día que siempre tendré en la memoria.

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