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En busca del olor perdido

Patricia de Nicolaï es un referente en el mundo de la perfumería. Su bisabuelo fue el creador de la casa francesa Guerlain, y hoy en día tiene su propia marca de perfumes y es la directora de la Osmoteca.

21 de enero de 2011 - 10:01 p. m.
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Cuando la primavera anuncia los bellos días venideros, empieza a sentirse en el ambiente los olores florales, frescos y ligeros de la violeta, del narciso y las notas verdes de la flor del Muguet.

Con este tipo de inspiración natural, Patricia de Nicolaï, perfumista de profesión y de herencia familiar, está creando su nuevo lanzamiento llamado Weekend.

Hace poco pasó por Bogotá para dictar la conferencia “La historia de los perfumes de la antigüedad a nuestros días”, organizada por el  Banco de la República, la Alianza Colombo Francesa y la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Colombia.

Patricia de Nicolaï es parte de la cuarta generación de la familia Guerlain, pioneros y reconocidos perfumistas parisinos que aún hoy mantienen la marca ofreciendo perfumes y maquillaje de calidad. Patricia alcanzó a conocer a su bisabuelo, Pierre Guerlain, quien dirigió al lado de su hermano, Jacques, la compañía. Era natural que su infancia se viera impregnada de esencias y aromas. Sin embargo, fue su abuela, Francine Guerlain Soudé, la que  realmente le dio a conocer todo este maravilloso mundo de fragancias volátiles a través de los paseos de campo entre el mar de la Bretaña, los bosques de Sologne y su saloncito, que hacía las veces de laboratorio de ensayo de los perfumes de la casa Guerlain.

Por lo tanto, un destino casi orgánico la llevó a estudiar en el Instituto Superior Internacional del Perfume, la cosmética y los aromas en Versalles y realizó sus primeros experimentos junto con su tío Jean-Paul Guerlain. Después de haber trabajado para las compañías Florasynth y Quest, en 1989 funda su propia marca, Nicolaï, donde se encarga de la creación de perfumes hasta productos de ambiente como velas y aceites. Recientemente fue condecorada con la Legión de Honor del gobierno francés y dirige la Osmoteca de Versalles, el único museo del mundo que funciona como un archivo de perfumes que datan desde el siglo XIX.

¿Cuál es el primer olor que guarda en su memoria?

El perfume de mi madre, Shalimar de Guerlain.

¿Cómo definir su estilo personal de creación?

No es fácil. Siempre hay una evolución en el trabajo durante toda la carrera. Si comparo lo que hacía al principio  con  lo que hago ahora  me doy cuenta que las tendencias  han  cambiado.   Ahora me gustan mucho los perfumes que contienen flores blancas como el jazmín y el nardo. Pero si se trata de estilo, diría que la elegancia debe ser la premisa. No pueden ser hostigantes ni pesados. Se deben oler a centímetros no a metros porque no deben molestar a las personas. En todo caso mi trabajo implica dirigirme a todas las direcciones olfativas porque mis clientes así lo requieren. Tengo que trabajar con notas florales, de madera, orientales, entre muchas otras. En todos esos campos trato de responder con perfumes de gran calidad que tienen en cuenta las materias primas. Básicamente, es crear perfumes refinados.

En cuanto a materias primas, ¿cuáles serían las más raras, las más caras?

Hay materias primas muy caras y como tengo mi propia marca me puedo permitir utilizarlas. También se debe al hecho de que mi producción es pequeña y exclusiva en relación con las otras marcas. Por ejemplo, utilizo un geranio espectacular porque no necesito de mucho. Si una gran marca como Dior o Chanel quisieran emplearlo, no lo lograrían porque la oferta de ese producto es muy limitada. Por lo tanto, logro utilizar materias primas de calidad excepcional. El geranio de la isla de la Reunión, el sándalo de la India son difíciles de encontrar. Si mi negocio se desarrollara más, me tocaría cambiar de materias.

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¿Cuál ha sido una de las personas más influyentes en su profesión?

Fue el perfumista Edmond Roudnitska, el gran genio de la perfumería del siglo XX que hizo Diorella (1972) de Dior y Eau Sauvage de la misma casa (1966). Los dos son todos unos monumentos de la perfumería en todo sentido, hasta en el empaque. En la actualidad, diría que es Jean Claude Ellena, que desde hace ocho años es el perfumista exclusivo de la casa Hermès. No trabajo como él, pero me encanta todo lo que hace.

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¿Qué perfume utiliza?

En casa de herrero, azadón de palo. Paradójicamente no uso perfumes por la simple razón de que mi nariz se intoxicaría cuando voy a trabajar. Tengo que estar libre de olores para poder crear. Ahora bien, cuando llega la noche y tengo una comida o un coctel, siempre llevo en mi bolso mi última creación en proceso. Entonces me aplico un poco. También lo tengo en la cartera para pedirles a mis amigas que lo usen para que yo pueda sentir la fragancia en la piel.

¿Cómo funciona su proceso de creación?

Uno puede tener muchas influencias. Vengo de una familia de perfumistas, por lo tanto Guerlain me influenció mucho en su estilo de perfumes, pero después con las prácticas y diferentes trabajos que tuve encontré otras direcciones. La inspiración viene de muchas partes. Puede surgir una idea por medio de una materia prima, o en la Osmoteca, a raíz de que estoy en contacto con perfumes y de bases también muy antiguos. El hecho de volver a oler una base que se hizo en los años 20 me puede dar un impulso para crear algo nuevo. Creo que uno siempre mira el pasado para crear algo novedoso. Por lo tanto, tengo mucha suerte de trabajar ahí como perfumista.

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¿Desde hace cuánto es directora de la Osmoteca de Versalles y cuál es la función de ésta?

Desde hace tres años soy la directora, pero desde hace diez doy conferencias en ese lugar. Es un sitio excepcional porque no hay otro museo como éste en el mundo. Es muy francés a pesar de que reunimos perfumes de otros países. Pero somos los únicos en tener perfumes muy antiguos, un conservatorio internacional de perfumes.

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 ¿Qué rarezas se encuentran dentro de esta colección?

El más antiguo es el perfume real del primer siglo después de Jesucristo, que es una interpretación sacada de unos documentos encontrados que nos permitió recrear lo que pudo ser el perfume en esta época. Pero esa no es la especialidad de la Osmoteca, sino la de reunir perfumes, sobre todo, del final del siglo XIX y comienzos del XX que representan el punto de inflexión de la perfumería, que pasó del estado artesanal al industrial. Y ahí tenemos muchos de casas míticas como Piver, Hubert, Lubin, Coty, y que hoy en día han desaparecido. Fue interesante encontrar esas fórmulas y rehacerlas como fueron hechas en la época para tener un testimonio de lo que era la perfumería en ese tiempo.

¿Qué pasa con los perfumes que se hacen en la actualidad, tienen cabida?

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Sí. Les pedimos a las compañías que nos manden todos sus lanzamientos porque un perfume de hoy puede ser un producto olvidado en unos años. Entonces justificamos nuestra actividad como archivistas, archivamos casi todo lo que nos llega y los clasificamos.

¿Cuál es el reto de la Osmoteca?

Volverse como la Biblioteca Nacional de Francia. Somos representantes cada vez más del patrimonio de esta profesión. Eso en sí es un reto.

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¿Y el de la perfumería en general?

Es un poco más difícil de identificar, pero pienso que Francia tendrá un rol muy importante como creadora de perfumes y creo que uno de los retos será guardar esa especialidad y ese liderazgo en el mundo. A pesar de que el negocio se ha internacionalizado, la formación de perfumeros todavía es muy francesa.

¿Qué significa la  democratización del lujo a través de los perfumes?

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Hay una separación en este mundo. Están, por un lado, ciertas marcas que hacen perfumería y que como usted dice se democratizaron a través de los aromas, que se venden en todo el mundo en grandes cantidades. Para ciertas marcas es importante mantener una imagen, por lo tanto hacen perfumería de calidad. Pero hay otras que se adentran en el negocio sólo para ganar plata y el resultado es poco interesante. Por otro lado, está la perfumería que tiene el sentido agudizado de la creación. Todas esas marcas de nicho que aparecen y que se venden en puntos muy exclusivos tratan de trabajar más la innovación, el lujo y la creatividad. Nosotros en Nicolaï, por ejemplo, empezamos en el 89 y ya existían marcas como Artisan Parfumeur, Annick Goutal y otras han surgido, como Le Labo, Miller Harris, Frédéric Malle, entre otros. Hacen perfumes más selectivos, se arriesgan más, no tienen esa necesidad de hacer perfumes que se aceptarán en todo el mundo inmediatamente. Entonces ellos pueden adentrarse en creaciones más sofisticadas y más originales y eso es muy interesante para nuestra profesión. Sin embargo, estas marcas de nicho funcionan como inspiración para la gran industria, eso lo hemos visto últimamente.

 www.osmotheque.fr

 www.pnicolai.com

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