María Ángela Holguín come morcilla. Más de la que uno esperaría ver en boca de una bisnieta, por punta y punta, de presidentes: por el lado paterno, sangre de Jorge Holguín, y, por el materno, de Aristides Calderón, presidente del estado soberano de Boyacá. Y muchas plaquetas compartidas con Julio Arboleda y Roberto Urdaneta. ¡Envidiables sangres para una morcilla!
La morcilla que la desvela es nacional, pero también la tienta una arepa extranjera, la reina pepiada, desde sus días como embajadora en Caracas. Nadie como un colombiano para comer arepas, pero pocos como los venezolanos para prepararlas. La pepiada se hace con pollo, aguacate y mayonesa, y cuando va a Venezuela, se la tiene siempre lista el canciller Maduro. Se la pasa con disimulo, bien empacada, para que la coma en el primer descuido del protocolo.
Algo más que arepas le ha costado a Holguín recomponer las relaciones con una Venezuela que ahora recibe al presidente como hermano bolivariano, cuando hace poco más de un lustro Santos acusaba a Chávez de haber secuestrado la democracia. Santos tenía claro algo que saben quienes conocen bien a Holguín: adora a los venezolanos y su generosa manera de recibir al extranjero.
Desde una perspectiva genealógica, Holguín es de abolengo presidencial, pero desde la suya, más práctica que histórica, es de familia finquera. Tuvieron finca en Tabio, y el placer por el campo (y las morcillas) le viene de allí. Sólo a finca podía ir la familia, porque cuando se tienen ocho hijos se viaja poco. Hasta los 17, cuando pasó siete meses en Canadá, lo más lejos que había ido era a la casa de una tía en Santa Marta. En años de colegio, aparte de la familiar, visitaba una de su amiga María Emma, en Jenesano, Boyacá, con una casa destartalada, sin agua, sin luz, pero mucho verde para recorrer a caballo. Ella, que vive montada en un avión, lo da todo por montar a caballo.
Su primera yegua fue Ranchera, a los 6 años, y la perdió en una inundación en Patio Bonito. Hasta hace dos meses montaba a Cyrano, pero lo vendió porque se alborotaba con los carros y a la canciller le gusta más la paz que la confrontación. A los caballos les habla, los consiente, les acaricia el hocico. Los domina. Es su negocio: dominar sin que se note. Más bien poco se le nota. Tiene un carácter que a veces se confunde con cierta arrogancia. No habla mucho de ella. Se sabe que unos buenos zapatos la tranquilizan, que lee a Héctor Abad, que toma un vino argentino que se llama Mora Negra, que compró un lote en Villa de Leyva en el que no ha construido más que sueños y que baila merenguito ochentero. Y lo de la morcilla.
Saldrá mal librado quien intente practicar el deporte nacional de conseguirle novio. La canciller sólo tiene alma y energías para un hombre: Antonio, su hijo de 16 años. Poco sale de noche, salvo con él. Y el fin de semana, cuando se pone los jeans, las botas mexicanas (“cucaracheras”) y se trepa a los caballos, es con él que quiere estar. Lo perderá pronto, porque es músico, guitarrista eléctrico, y en un par de meses tiene audición para estudiar en Berkeley.
Aparte de los buenos oficios con Venezuela y Ecuador, Holguín abrió este año los escenarios de Turquía y Corea, y ha alimentado juiciosamente la agenda con Estados Unidos y Europa. Pero no descarta tirar la toalla. Algo muy dentro de ella le dice que no terminará gobierno: se le ha metido en la cabeza que lejos del cargo puede hacer más cosas por los colombianos de las zonas de frontera, donde la gente vive, dice, “situaciones absurdas”. La única situación absurda para Santos sería perderla. Ella no podrá bajársele del caballo justo a mitad del río. Podrá ser buena finquera, pero el hacendado se llama Juan Manuel.