Su más reciente obra literaria lleva por nombre “El niño descalzo”. ¿Considera que fue un niño descalzo?
Aún lo soy. El libro trata de tres niños en su infancia real: mi nieto, mi hija y yo. El resultado de esa combinación es un niño solo, que soy yo en algunos momentos, pero que siempre somos los tres. La paradoja es que fui el único de los tres que nunca pudo estar descalzo: mi madre tenía miedo de que me resfriara y se hiciera peor mi afección asmática.
¿Por qué quiso darle a su novela este título?
Porque creo que esa es la situación que convierte al niño verdaderamente en un ser indefenso, o al menos desprovisto del añadido que hace que un recién nacido empiece ya a sentir en los pies la sujeción del calzado. Un niño descalzo, como es mi novela, es un niño verdaderamente desnudo.
¿Le impresiona ver niños descalzos cuando pasan por su vida?
Todo mi barrio era de niños descalzos. En aquel entonces no me causaban impresión, pues todos éramos muy humildes; el único que llevaba calzado era yo, por mi enfermedad. Jamás lo sentí como algo distintivo: entonces pensé que lo normal era ir descalzo.
¿Cuál es el tema central de su novela?
El tiempo. Cómo los niños ven pasar el tiempo. Es una conversación, amarga a veces, con el tiempo.
¿Tiene mucho de autobiografía su libro?
Es absolutamente autobiográfico. ¡Hasta lo poco que hay inventado es autobiográfico! No sé escribir sino autobiografía. La memoria es mi alimento, hasta lo que hago en este instante ya me parece memoria.
Leer su novela es como un acto de reflexión ante la vida. ¿Ese fue su propósito?
Sí. Como te decía, es sobre el tiempo, y el tiempo es la vida moviéndose, los seres humanos que hay alrededor cruzándose para crear un fresco maravilloso o dramático que llamamos vida.
¿Cómo surgió la primera imagen para escribir “Un niño descalzo”?
Sentí la pulsión de escribirle una carta a mi nieto para que él la leyera algún día. Y luego se fueron mezclando figuras, viajes, pensamientos, de modo que salió toda una peripecia que no tiene que ver sólo con Oliver, mi nieto, sino que nos comprende a los otros niños que conocí, entre los cuales estoy.
¿En su maravillosa España aún se ven muchos niños descalzos?
Sí. España padece un problema grave de pobreza en muchos estratos sociales, y estar descalzo, aunque eso ya no es tan común, sigue siendo un síntoma de ese estado de necesidad. Por fortuna, este extremo ya está bastante más resuelto que en la posguerra.
¿Cómo ve la literatura latinoamericana de los más recientes años?
En estado de ebullición. Es un momento extraordinario, con nombres propios que ahora mismo superan, al menos en cantidad, a las que fueron promesas del boom.
¿Qué autores latinoamericanos lee con frecuencia?
A los del boom, a los nuevos, a los novísimos; a todos los que caen en mis manos. Hay en la literatura latinoamericana una diversidad que jamás será batida, al menos en este tiempo, por la literatura de cualquier otra región del mundo. Lo digo de veras.
¿Con qué novelas se inició en su adolescencia?
Con las del boom y con Tres triste tigres, de Guillermo Cabrera Infante, que me causó una profunda impresión y una inolvidable alegría.
¿De vez en cuando o siempre recurre a los clásicos?
Los clásicos fueron muy mal enseñados en nuestra educación media. Ese es un enorme déficit de nuestra enseñanza. Lo he remediado, pero noto que no ha sido suficiente.