¿Fue difícil para usted quitarse de encima el hecho de ser comediante para que le dieran papeles más serios?
No ha sido fácil. De hecho, es un proceso bastante largo. Fueron más de ocho años de trabajo, de los cuales cinco años tuve que estar fuera de la televisión, tuve que dejar de hacer humor, incluso en radio. Sólo me dedicaba al teatro y de eso viví. Es duro, porque aquí en este país te encasillan y te quedas ahí. Incluso aún hay gente que me ve en otros papeles y dice: “No, pero él es humorista”, y cuando llego a venderme como humorista, dicen: “No, pero es que él es actor”.
¿El proceso que atravesó para borrar el estereotipo lo hizo de manera consciente?
Total, pero fue duro porque pensaba que a mí nadie me tomaba en serio. Fue una pelea constante conmigo mismo. Yo sabía que quería hacer un papel dramático y comencé a conversar con varios amigos, que me dijeron: “La única es que pares y empieces a ganarte un prestigio como actor”. Así que comencé con el teatro, justo en comedia, que fue lo paradójico, y terminé escribiendo y haciendo algunos dramas y la gente empezó a verme ya no sólo como actor, sino también como director.
¿Qué extraña de su faceta como humorista?
Todo, pero sobre todo la libertad. De hecho, hace poco trabajé en un proyecto de comedia y me dio mucha nostalgia hacer reír otra vez a la gente, de conectarme con mis raíces, y la verdad extraño mucho eso, poder jugar.
Hablando un poco de su faceta de cantante, ¿por qué considera que tiene buena voz?
Es algo genético. Mi mamá cantaba y toda la familia de ella también. Mi papá era actor y también tocaba algunos instrumentos. Desde los 11 años estoy estudiando canto, fui a un programa que se llamaba Animalandia y ahí me gané una beca para comenzar a educar mi voz. Es curioso, porque una de las razones por las que me animé a estudiar actuación fue porque quería ser buen cantante.
¿Nunca le interesó la fama, ni siquiera en sus años de plena juventud?
No, yo sólo quería ser cantante, sacar un disco y que la gente lo escuchara. Más que el reconocimiento o el dinero me conmovía mucho la idea de que las personas se aprendieran las letras. Yo sentía afán de cantarle al público y contarle lo que estaba sintiendo. Eso era para mí una satisfacción enorme. Eso me pasa mucho en el trabajo. Llego a un lugar a trabajar y nunca peleo por el vestuario o porque me toque esperar, o por maquillaje. Nunca me ha interesado eso de la apariencia, la verdad.
¿Recuerda cuál fue el primer personaje serio que le ofrecieron?
Fue en una novela que se llamó El día de la suerte. El personaje era un embolador, un tipo neurótico, y las instrucciones que me dieron para interpretarlo eran muy claras: era un hombre egoísta e histérico. Entonces mi pregunta era: ¿cómo marco el egoísmo en un embolador? Así que construí un monólogo, monté una caja de embolar, le robé una bota a una amiga, la rellené con espuma y la pegué a la caja. Me presenté al casting con todo montado y quería mostrar la amargura de cómo un hincha de Millonarios tenía que embolar una bota roja a la primera hora del día.
¿Cómo fue para usted actuar en “Garzón”? ¿Él sí era tan buen imitador?
Era un tipo totalmente brillante. Pero, para mí, el fuerte de Garzón no era tanto la imitación de los personajes, sino lo que ellos decían y lo que, a través de él, lograban transmitir.
¿Qué proyectos futuros tiene?
Ahorita estoy grabando un disco con canciones para Dios. Soy cristiano, pero no mamerto. Soy un cristiano bien. Así que en eso estoy ahora. Las canciones son compuestas por mí y ya tenemos más de la mitad del proyecto listo. Espero que cuando salga lo disfruten mucho.