El periodista habla del proyecto “Las fronteras cuentan”, una iniciativa social apoyada por el gobierno japonés, que busca que los colombianos vean esas líneas divisorias desde el optimismo, a través de historias contadas por quienes viven allí.
¿De qué se trata el proyecto “Las fronteras cuentan”?
Surge hace tres años en la dirección del Ministerio de Cultura a la cabeza de Germán Franco. Arranca como una iniciativa del Gobierno de fortalecer las fronteras. Al Mincultura le correspondió elaborar un proyecto para fortalecer la cultura desde la comunicación.
¿Desde qué ángulo es vista la frontera?
Tenemos una visión de la frontera desde el conflicto. Nos craneamos un proyecto para que la misma gente contara lo que hay en términos de cultura a través de un proyecto que se llama Centros de Producción en la Frontera.
¿Cuántos Centros de Producción en la Frontera hay?
Son cinco: Nariño, Putumayo, Norte de Santander, Cesar y La Guajira. Las comunidades hacen sus contenidos, cuentan sus historias desde la riqueza cultural y utilizan los canales comunitarios que tienen para reconocerse.
¿Con qué objetivo?
Para que los colombianos podamos ver a las fronteras desde otro punto de vista. No desde el conflicto, sino desde el optimismo. Estos centros de producción van a tener un equipamiento que lo donará la Embajada del Japón. Son, aproximadamente, $3 mil millones en equipos de última tecnología.
¿Qué tienen de especial las fronteras que no tenga el centro?
Los colombianos somos muy centralistas. Históricamente, nuestro país es muy cerrado. Tenemos que ser más abiertos con nuestras fronteras porque a veces las descuidamos. La visión que tenemos de la frontera es de problema. La manera para cambiar ese parámetro es contando qué cosas buenas tienen las relaciones fronterizas, pero no desde nuestra visión, sino desde la de aquellos que viven en ellas.
¿Cuál es la magia que guardan los relatos propios?
Son historias que nosotros desconocemos. Por ejemplo: entender que algunos niños viven en Colombia y estudian en Venezuela o entender que una parte de la familia vive en Ipiales y la otra en Tulcán, Ecuador. Para ellos la frontera no es un conflicto, sino una forma de vida. La frontera es más que coca, guerrilla y paramilitarismo, es, también, cultura. Y esa cultura de las fronteras es vital para el desarrollo del país.
¿Qué cuentan las historias?
En las fronteras, donde no está presente el Estado, los colombianos se sienten orgullosos de vivir ahí. En La Guajira vive una comunidad venezolana; en Putumayo están cansados del narcotráfico; en Nariño viven dolidos porque nos burlamos del pastuso. Queremos dignificar a la gente de la frontera con una dimensión de igualdad.
¿Hubo algún criterio para seleccionar estas historias?
Sí. Lugares donde haya colectivos de comunicación. Sin embargo, creemos que necesitamos ampliarla a San Andrés y, por qué no, a Urabá y al Amazonas.
¿Cómo fue el proceso de capacitación a las personas?
Fueron dos años de trabajo. El primero, fue acercándonos a los colectivos para ayudarles a reivindicar las historias. El segundo, fue la capacitación en nuevas tecnologías. Hoy tenemos un portal que lo administra el Ministerio.
¿Cuántas historias son?
Hay más de 70 historias elaboradas por ellos.
¿Qué debe tener una buena historia?
Algo novedoso. Una buena historia es algo que sorprende, que tiene un nudo narrativo inesperado.
¿Cuáles fueron los mayores retos de este proyecto?
El primero, es que la gente confíe en el Estado. La comunidad no les cree a los gobiernos. Romper ese escepticismo es complicado. Lo segundo, es disciplina. Y lo tercero, es que vivimos la realidad del otro a partir de estereotipos y eso le ha hecho daño al país.
¿Con qué apoyos contaron?
La ministra Mariana Garcés ha creído en el proyecto. También, está el Departamento de Prosperidad Social, APC, que es la agencia internacional, y la Embajada del Japón de donde provienen los recursos.
¿Qué impacto buscan en la ciudadanía?
Que vean que la frontera es mucho más que conflicto y que el desarrollo está en la periferia y no solo en el centro. Esto nos va a servir de piloto para reducir el conflicto. Hay una cosa muy dolorosa y es que los colombianos no conocemos nuestro país.