Su nuevo libro es “¿De dónde flores, si no hay jardín?”. ¿Por qué hablar de los infiernos que vivimos los seres humanos?
El libro parte de una pregunta que me hice, a partir de una crónica de Carlos Monsiváis, que la dejé como epígrafe para entender un poco el libro, y es de qué manera conserva su salud mental un marginado. Vengo contando historias desde la marginalidad sexual y política, y resaltando que la marginalidad también es una opción de vida, como en el caso de estas tres historias que están en el libro.
Las historias de estos tres personajes son muy cercanas a la realidad que vivimos en Colombia. ¿Se inspiró en algún personaje en particular para cada una de ellas?
En el primer personaje, Jackson, tenía claro que era un jíbaro, que vendía drogas a domicilio y que se movilizaba todo el día en un carro. Quería contar una historia que se refiriera al microtráfico, porque cada vez se lee más de las guerras de territorialidad, tanto en Bogotá como en ciudades pequeñas, y tenía la inquietud de visibilizar ese tema, que es algo de lo que no se habla y por tanto se desconoce, porque siempre se habla de las historias de los grandes capos, pero la historia de los chiquitos no, y resulta que son más y hacen más daño que los grandes capos.
En cuanto a la segunda historia, su protagonista es Gema, una mujer dedicada a la prostitución, pero con grandes inseguridades.
El origen más remoto del personaje surgió de una novela que se llama “La pianista”, de Elfriede Jelinek, escritora austríaca, que trata sobre una relación muy conflictiva entre una mujer y su hija, y construí el personaje con esa referencia. Después me llamó la atención una mujer que siempre iba con su perro y que tenía una relación muy compenetrada con él. Entonces, en algún momento hablando con un amigo le hice un comentario sobre ella, y él me contó que ella era prostituta. Eso me llamó la atención. Después de conocerla, ella me habló de Ezra Pound, un poeta y ensayista estadounidense, y eso me sorprendió, pues no me estaba hablando de cualquier escritor. A partir de los elementos que tenía comencé a construir la historia.
Son tres historias. ¿Surgieron más en el proceso de creación literaria?
Estas historias vienen de tiempo atrás, desde la época en que escribí Al diablo la maldita primavera. Salieron siete relatos, pero finalmente me quedé con estos tres. Primero, porque cada uno tiene un promedio de 100 páginas y ya hay un buen texto. Segundo, porque todos están cruzados por un mismo personaje, que es Salvador Huerga. Y tercero, porque todos parten de un mismo sitio, que es el infierno.
¿Alguno de los relatos le trajo inconvenientes al momento de escribirlo?
Gema fue un personaje que me costó mucho trabajo, porque meterme en la cabeza de una mujer no fue fácil, a pesar de que uno piensa que como gay tiene una mayor sensibilidad. Pero una cosa es la sensibilidad que uno pueda tener y otra cosa la sensibilidad de una mujer.
¿Siempre tuvo claro que los textos debían estar escritos en primera persona?
Sí. Me gusta leer en tercera persona, pero no concibo la idea de que uno pueda ser un narrador omnisciente que lo puede ver todo y que se pueda meter en el pensamiento ajeno. Lo que me interesa contar es la construcción de identidad del personaje y para ello me gusta entrar en el subconsciente de los personajes, conocer sus zonas oscuras y sus inseguridades.
¿Alguno de los personajes lo confrontó?
El personaje de Jackson, porque es muy diferente a mí. Incluso escucha una música que yo no aceptaba, el reguetón, hasta que terminé aceptando que el personaje tiene que tener una vida propia y dejarlo actuar. No puedo estar todo el tiempo tratando de corregirlo para que sea el personaje que yo quiero.
¿Cuál sería su infierno?
En este momento ninguno. Ya toqué el infierno hace muchos años y salí a flote, así que en este momento estoy muy calmado, tranquilo y sereno. Antes vivía muy ansioso, producto de las cosas que traía de atrás, del proceso de reconocimiento de identidad, y creo que ya se sanaron todas esas heridas de esa época, por eso no quiero volver a hablar de lo que ya está bien.
¿Se considera más cachaco que costeño?
No puedo desconocer que soy vallenato. Llevo 37 años viviendo en Bogotá y cualquiera diría que soy bogotano, pero soy vallenato, y lo que llevo en la sangre no lo puedo negar. Mi pueblo propiamente es musical, pero no es la música que consumo, no es de mis afectos. Me gustan las historias alrededor del vallenato, pero no la música.
¿Se considera una conjunción de música y literatura?
En mí se conjugan la literatura, la música que viene de Valledupar y el cine. Crecí en una sala de cine: mis abuelos construyeron la primera sala de cine de Valledupar, así que me acostumbré a ver una película diaria y esa costumbre sigue.
¿Considera que ha habido una transición en la escritura entre su penúltimo libro, “Líbranos del bien”, publicado en 2008, y su última creación literaria?
Creo que, de los tres libros que he escrito, este es el que menos carga autobiográfica tiene. Hablo de cómo se ha transformado Bogotá a lo largo de los años y lo cuento desde lo que han visto mis ojos, pero quizá sea lo único autobiográfico en el texto. Sin embargo, acá hay un mayor trabajo de creación literaria.
¿Y cómo le va con el trabajo de columnista de “El Heraldo”?
Es lo de menos. Pero resulta jarto buscar los temas. De hecho, al principio de todo este proceso, renuncié a la columna y estuve dos meses sin escribir columnas, y, aunque parezca pedante, “El Heraldo” me volvió a llamar, porque llegaron muchas cartas de lectores, y ahí estoy. Hay una relación de odio y amor, porque llega el momento en que te tienes que sentar a escribir y qué mamera.