Lo de Alicia Alonso es bailar. Cuando le regalaron sus primeras zapatillas de punta, el padre dudaba: “¿Es que esta niña jamás va a volver a caminar normal?”. Alicia no caminaba: danzaba. Alberto García, director del Instituto Universitario Alicia Alonso, lo contó en una ocasión. Cuando su carrera empezaba a despuntar en Nueva York, los empresarios trataron de convencerla para que cambiara de apellido.
Si quería ser una bailarina exitosa debía darle otro acento a su nombre, porque Alicia Alonso sonaba “muy latino”. ¿Dónde se había visto una bailarina de ballet clásico con un nombre como el suyo? Le sugirieron un apellido más inglés, o ruso. Algo así como “Alonsov”. Alicia fue tajante: “Soy latina, mis raíces son latinas, yo bailo como una latina. Estoy orgullosa de serlo y de bailar así, y no me voy a cambiar el apellido. Voy a seguir siendo Alicia Alonso”.
La Prima Ballerina Assoluta cubana visitó Barcelona el verano de 2011. Vino acompañando al Ballet Nacional de Cuba, que presentaba El lago de los cisnes. Al final de la función, todo el auditorio se puso en pie: Alicia Alonso apareció sobre el escenario con los bailarines de su compañía. Después, cuando amainaron los aplausos, se sentó en el sillón que habían colocado sobre el plató para que conversara un rato con el público, y dijo: “Ya ustedes me conocen a mí, ahora yo quiero conocerlos a ustedes”. Y toda ella era danza: la manera de colocar las piernas, el modo en que ladeaba la cabeza para seguir las voces que le hablaban, y las manos que se movían como pájaros. Como si cada uno de sus gestos obedeciera al sonido de una música discreta que ella está escuchando siempre.
Un día empezó a ver sombras y vetas de luz: las retinas de sus ojos se estaban desprendiendo. Alicia Alonso acababa de cumplir veinte años, se estaba quedando ciega y nadie sabía por qué. Por instrucción médica tuvo que empezar a inyectarse cortisona. Eso la hizo engordar. Entonces se enfrentó a una difícil decisión. Quizás la más arriesgada de toda su vida. Tuvo que elegir entre la vista y el baile. Y eligió el baile. Y fue Coppelia, Carmen, Giselle, la bella durmiente y el cisne negro. Y bailó adivinando las siluetas, intuyendo la luz, palpando la música. A punto de cumplir 95 años, Alicia Alonso se reafirma en su pasión: “Yo no me acuerdo de la edad que tengo. Sólo siento que vivo, que vivo y que vivo, y algunas veces hasta tengo ganas de bailar, se me van los pies”.