María Isabel aclara su intervención en este caso; responde con displicencia a las críticas que le hace el caricaturista Vladdo; habla de su oscilante relación con el Presidente y califica a los directores de medios con los que ha trabajado.
Cecilia Orozco Tascón.- Debido a una columna que usted publicó hace un par de años, terminó enredada y casi como testigo principal en la Corte Suprema en uno de los procesos penales más sonados de los últimos tiempos: el del almirante Gabriel Arango Bacci. ¿Cuando escribió ese comentario imaginó lo que iba a suceder después en materia judicial?
Columnista María Isabel Rueda.- No creo que el término ‘enredada’ sea el apropiado. Simplemente, en ejercicio de mi actividad periodística tuve que ver con el caso Arango Bacci porque pude ver de primera mano un recibo con su huella, de un dinero que él le habría aceptado al narcotráfico. Y lo vi porque el almirante (Guillermo) Barrera, comandante de la Armada, me lo mostró. Pero cuando lo hizo, no fue bajo reserva. Inmediatamente después hablé con el almirante Arango Bacci y le comenté que había visto ese recibo, para que me diera su versión. Luego, el abogado de Arango utilizó mi columna como argumento para intentar demostrar que había existido un complot contra su cliente.
C.O.T.- Pero un problema es el supuesto complot y otro la violación de la reserva de su fuente de información. En cuanto al primero, el defensor del almirante habló de complot porque en su declaración inicial ante la Corte, Barrera negó bajo juramento haber hablado con periodistas sobre ese recibo y después se supo que sí había conversado con usted del tema.
M.I.R.- No puedo entrar a discutir las afirmaciones que el almirante Barrera hizo ante la Corte. Me remito a lo que viví, que fue lo que ya le conté. Recientemente escribí otra columna en El Tiempo en la que decía que mi declaración ante la Corte no podía ser usada como prueba del presunto complot contra Arango Bacci porque —como lo dije en la Corte— Barrera se limitó a mostrarme el recibo y nada más. Él no emitió opinión al respecto y tampoco aseguró que Arango fuera culpable o inocente. Hay que atenerse a la sentencia de la Corte, y ésta señaló allí que no había pruebas para condenar al almirante Arango, pero no aseguró que se hubiera configurado un complot.
C.O.T.- ¿Y qué piensa del otro lío, el de la reserva que los periodistas les debemos a nuestras fuentes? Se ha comentado la mención que usted hizo del nombre del comandante de la Armada.
M.I.R.- En la última columna en la que hablé del caso Arango, dije que no había violado la reserva de la fuente porque cuando el almirante Barrera me mostró el recibo, no lo hizo bajo esa condición, tal como ya le conté. Aún así, cuando la Corte me pidió que diera mi testimonio contesté que no iba. Pero me informaron que las preguntas que me iba a hacer la Sala Penal se referían a los datos que ya estaban publicados en mi columna de hace dos años, donde hablaba de la huella de Arango. Desde luego, me presenté a cumplir con mi deber y dije lo que me constaba.
C.O.T.- De todas formas, se enfrentó a un conflicto ético difícil de resolver: por una parte, usted tenía la obligación de proteger su fuente de información; pero por la otra, con su declaración podía ayudar a que una persona detenida injustamente recuperara su libertad. ¿Esa fue la razón para decir lo que sabía?
M.I.R.- Le voy a contestar con toda franqueza: protejo la reserva de la fuente hasta la muerte. No la violo ni para demostrar la inocencia de alguien ni para probar su culpabilidad. La reserva de la fuente es un principio inviolable y no puedo actuar de otra manera. Usted es periodista y me entiende. Cuando uno recibe una información con la condición del secreto, esa es una obligación tan sagrada como si se tratara de la confesión ante un sacerdote. Como en este caso no hubo ese tipo de compromiso con el almirante Barrera, a una pregunta de la Corte respondí quién me había mostrado el recibo. Eso fue todo.
C.O.T.- Dejemos de lado el tema Arango. Me parece curioso que usted, que ha atacado tanto a la Corte en su actividad periodística, termine declarando ante nueve magistrados de esa corporación. ¿Cómo se sintió en la sala de audiencias, un escenario que intimida a cualquiera?
M.I.R.- También quiero corregir el término usado por usted, porque no he atacado a la Corte. He manifestado mi desacuerdo con algunos de sus comportamientos y tengo conceptos distintos y diferencia de criterios sobre la forma como ese tribunal ha aplicado los mandatos constitucionales. He explicado que a mí me parece que los magistrados lo han hecho muy mal. No estaba nerviosa cuando fui a rendir testimonio. Me sentí bien. Desde luego que la toga intimida, pero en ese momento no me dio ni frío ni calor. Inclusive hubiera podido excusarme porque tenía incapacidad médica, ya que estaba enyesada, pero consideré que era mi obligación ir para cumplir con mi deber.
C.O.T.- Acaba de publicarse un libro que tiene frases muy duras contra usted. Se trata de un recuento que el caricaturista de la revista Semana, Vladdo, hace de la historia reciente de ese medio. Algunas alusiones de Vladdo a su nombre son francamente fuertes. Por ejemplo, dice que usted tiene “un insoportable tonito de suficiencia” y que “destila clasismo”. ¿Por qué Vladdo no la quiere?
M.I.R.- No tengo ni idea. Yo tenía intención de leer el libro, pero todo el mundo me ha dicho que es muy malo. No me ofende que alguien diga que no soporta mi tono, porque es cierto que soy un poco suficiente. En cuanto a lo del clasismo, si él se refiere a que escojo a mis enemigos, tiene toda la razón: no peleo sino con quien me merece respeto. Dios, en su infinita sabiduría, no mandó a Vladdo a este mundo como escritor.
C.O.T.- Algunos comentaristas la califican a usted como muy uribista. Más allá de los afectos o enemistades que pueda tener personalmente, ¿cuál es la vara ideológica que tiene en cuenta a la hora de escribir sus columnas?
M.I.R.- Como ciudadana, soy uribista. Como periodista, puedo ser uribista o no serlo, de acuerdo con las circunstancias. Cuando me ha correspondido analizar las actuaciones del Presidente y no las he compartido, deslindo a la María Isabel ciudadana de la María Isabel comentarista. De un lado, estoy convencida de que Uribe le ha hecho mucho bien a este país y lo he afirmado públicamente. Pero del otro lado, no he sido reeleccionista ni en la primera ni en la segunda ocasión.
C.O.T.- Es conocida la poca tolerancia que tiene el Presidente a las opiniones que no lo favorecen. Siendo usted una comentarista cercana al jefe de Estado y afín a las políticas de la administración, ¿su amistad con él se ha afectado?
M.I.R.- Nunca he sido amiga personal del Presidente. Cuando comenzó su primer gobierno, él me buscó para que lo asesorara en unos temas constitucionales, un campo que me apasiona. De ahí para adelante, y como no siempre he sido partidaria de decisiones que él ha tomado, no ha habido una relación muy fluida. Creo que él tampoco está de acuerdo con todas mis apreciaciones, pero a eso no se le puede llamar enemistad. Simplemente no hay trato personal.
C.O.T.- ¿No hubo un conflicto entre usted y el Presidente? Se lo pregunto porque hace un tiempo se dijo que se presentaron diferencias.
M.I.R.- No han existido conflictos de ese orden. Hubo unos desacuerdos circunstanciales, pero insisto en que no son personales.
C.O.T.- Usted escribió hace poco de la obsesión del Presidente en contra de los bogotanos, sobre quienes él suele hablar despectivamente. ¿Recibió algún tipo de respuesta oficial por ese comentario?
M.I.R.- No, pero en cambio creo que los bogotanos me están queriendo mucho (risas).
C.O.T.- ¿No le parece que al Presidente se le ha ido la mano en darle preponderancia a Medellín sobre Bogotá?
M.I.R.- Él confía más en sus coterráneos que en los habitantes de las demás regiones del país para gobernar, pero eso no es motivo de crítica. Mientras la gente de Medellín sea eficiente, como evidentemente es, que siga trabajando con ella. Lo que le pedimos es que no insulte a los bogotanos cada vez que se le ocurre.
C.O.T.- Es evidente que el Primer Mandatario tiene costumbres diferentes a las de los bogotanos: la vida alrededor del caballo y la hacienda, el sombrero, la ruana en el hombro. Para usted, que es una bogotana típica, ¿ese ‘lenguaje’ presidencial marca una distancia entre él y los capitalinos?
M.I.R.- Es cierto que el Presidente usa un lenguaje poco convencional. Él utiliza su indumentaria y sus modos de comportarse, por ejemplo, en los consejos comunales, para acercarse al país. Repito que eso no es criticable. Pero no por ser diferentes a su estilo de vida, las reuniones bogotanas pueden percibirse como el infierno donde se cocinan las conspiraciones contra el gobierno, simplemente porque eso no es cierto. Aquí hay muchos uribistas y me parece que los ataques a Bogotá se le han convertido en una muletilla desafortunada.
C.O.T.- Usted ejerció fugazmente la política activa como representante a la Cámara…
M.I.R.- No fue tan fugaz, porque cumplí tres cuartas partes del período para el que fui elegida. Estuve tres años en el Congreso y estoy muy orgullosa de lo que hice durante ese tiempo en materia de tareas legislativas.
C.O.T.- Usted fue representante en el período del gobierno de Andrés Pastrana. ¿Cómo era su relación como congresista frente al Presidente de la República? ¿De sometimiento como ahora?
M.I.R.- En ocasiones hice equipo con la bancada de gobierno y tuve mucho contacto con algunos ministros de la época para trabajar proyectos de ley que eran importantes. Pero también conservé mi independencia.
C.O.T.- Recuerdo que para trabajar en su unidad legislativa usted contrató una asistente que se llama Gina Parody. Ella terminó siendo congresista y fue exitosa en política. ¿Dónde encontró a Parody?
M.I.R.- Es un cuento muy divertido. Cuando yo iba a iniciar mi trabajo en el Congreso, Rafael Pardo me recomendó a Gina, que resultó ser muy capaz. Después, decidí retirarme cuando me iban a hacer un debate político porque yo escribía, simultáneamente con mi labor del Congreso, en la revista Semana. El argumento era que no podía ejercer al mismo tiempo las dos actividades. A Gina le había parecido apasionante la labor parlamentaria y una vez ambas fuimos a un foro económico donde estaban los candidatos presidenciales en la campaña de 2002. Allí oyó a Uribe y le encantó. Me pidió que se lo presentara. Lo llamé por teléfono y lo puse en contacto con ella. El resto de la historia ya se conoce. Ahora Gina estudia en Harvard, pero cuando decida volver, le auguro grandes éxitos políticos.
C.O.T.- Mucha gente se pregunta por qué ella se retiró tan abruptamente del Congreso en momentos en que le iba tan bien. ¿Qué le pasó, si además era la consentida del jefe de Estado?
M.I.R.- Se desilusionó del Presidente de la República.
C.O.T.- ¿La desilusión fue de tal magnitud que la impulsó a abandonar el Congreso?
M.I.R.- Sí. Pienso que Gina volverá a la política activa sólo cuando Álvaro Uribe se vaya del poder.
C.O.T.- Usted regresó a Semana cuando se retiró del Congreso y permaneció en la revista hasta hace muy poco tiempo. Su traslado a El Tiempo, siendo su firma una de las marcas de Semana, fue sorpresivo. ¿Es cierto que ese cambio se produjo como consecuencia del retiro de María Jimena Duzán del periódico y el ingreso de ella a Semana?
M.I.R.- Jamás en la vida se me ocurrió retirarme de Semana, pues esa era mi casa. Me enorgullece que usted diga que yo era una marca de la revista. Sin embargo, cuando se produjo la llegada de María Jimena a Semana, el director de El Tiempo, Roberto Pombo, que fue mi compañero de universidad, me llamó para explorar la posibilidad de que yo me fuera a escribir al periódico. Puse unas condiciones y me las aceptó.
C.O.T- Confiese si es cierto que hubo molestia en ambos medios por ofrecerles el cambio de trabajo a ustedes, dos de las columnistas más leídas del país.
M.I.R.- No sé si en El Tiempo estaban molestos por las negociaciones que María Jimena hizo simultáneamente con el periódico y con la revista. Por mi parte, no negocié con uno y otro. Me hicieron una oferta, acepté y me fui sin intentar manipular a nadie. Le tiene que preguntar a Roberto Pombo las razones por las cuales me llamó. Eso no se lo puedo responder.
C.O.T.- ¿Volvería a Semana o ése es un camino que ya no tiene regreso?
M.I.R.- Claro que tiene regreso. Ese camino, en este momento, está lleno de maleza, pero algún día podría despejarse.
Hablando de periodistas
Cecilia Orozco T.- Usted ha trabajado con los periodistas más conocidos. En su primera etapa, Álvaro Gómez Hurtado; después, Felipe López, Yamid Amat, Julio Sánchez y Roberto Pombo De ellos, ¿cuál es el mejor periodista y la mejor persona?
María Isabel Rueda.- Álvaro Gómez me enseñó la esencia del oficio; Yamid Amat, la reportería; Felipe López, el instinto del reportero, Julio Sánchez, el olfato para las noticias, y Roberto Pombo, la ecuanimidad. Son muy distintos y no se pueden comparar.
C.O.T.- ¡Qué diplomática! Le insisto, ¿quién es el mejor profesional y el mejor amigo?
M.I.R.- El mejor amigo es Felipe López. El mejor periodista, Álvaro Gómez. Fue mi maestro.
C.O.T.- ¿Quién es el sucesor de Álvaro Gómez?
M.I.R.- No existe, porque él mezclaba a la perfección el oficio del político con el del periodismo y usted ya no encuentra grandes políticos-periodistas, ni grandes periodistas -políticos. Esa conjunción, que fue el sello de la generación de Alberto Lleras, Carlos Lleras, Eduardo Santos y Álvaro Gómez, ya no se da.
C.O.T.- ¿Quién es hoy el mejor columnista?
M.I.R.- Daniel Coronell es impecable e implacable. Rudolf Hommes es absolutamente genial, no me pierdo ni una de sus columnas. Daniel Samper Ospina me hace reír a carcajadas. Y Mauricio Vargas es el mejor analista político del momento.
El trasteo a ‘El Tiempo’
El periodismo de María Isabel Rueda genera aplausos o duras críticas, dependiendo de la orientación política de quien lo juzgue, pero nunca pasa inadvertido porque siempre participa de las polémicas del momento. Esa fue la razón que tuvo el jurado del Premio Simón Bolívar para galardonarla como la Periodista del Año 2009.
Coincidió ese reconocimiento con la etapa en que trasladó sus tradicionales columnas y entrevistas de la revista Semana, en donde escribió durante 21 años, al periódico El Tiempo. En el mundo de la prensa, el ingreso de Rueda al diario del Grupo Planeta fue una sorpresa, porque nadie creía posible que ella abandonara la revista de su amigo Felipe López.
Pero como simultáneamente se estaba gestando el retiro de la también columnista María Jimena Duzán de El Tiempo, por una atractiva oferta que le hizo Semana, se interpretó que en el intercambio de María Isabel por María Jimena y a la inversa, era, en realidad, un pulso de poder entre los directores de los dos medios. Rueda es considerada como una comentarista aliada del Gobierno y últimamente se ha caracterizado por criticar con ferocidad a la Corte Suprema. Rueda es abogada y ha sido directora de varios medios. Hoy, además de escribir en El Tiempo, comenta la actualidad en la W Radio y dirige la revista Credencial.