Una oficina. Afiches enmarcados de famosos musicales de Broadway. Una gran ventana con vista a Manhattan. Eileen Rand está preocupada, se asoma por la ventana y mira el rápido correr de la ciudad. Suspira. Luego se sienta en su escritorio y recibe una llamada. Saluda cordialmente, escucha, cuelga el teléfono, recoge su abrigo y su bolso del perchero y sale cerrando la puerta. Alguien grita algo y Anjelica Houston, sonríe: última toma.
Ella interpreta a la productora de Bombshell, un musical basado en la vida de Marilyn Monroe que se pretende presentar en los más importantes teatros de Broadway. La serie se llama Smash, la presenta la NBC, y comienza contando la historia del proceso de creación de ese espectáculo. Se llama así porque cada una de las estrellas que se presentan en él quieren ser eso, un hit, un gran éxito, en su traducción al español. Y muestra cómo intentan alcanzarlo desde su individualidad, sobreponiéndose a sus propios miedos, escondiendo sus aspiraciones, pero, sobre todo, buscando sostenerse sobre o detrás del escenario a pesar de sus problemas personales. Porque la función, pase lo que pase, debe continuar.
Broadway es todo un mundo, dentro de ese otro mundo que es Nueva York, en el que sucede mucho más que un espectáculo. Están las intrigas de las audiciones, la competencia, las peleas, los chismes —sobre todo los chismes— y la tensión que se va creando por la constante interacción de escritores, músicos, artistas, directores y productores. Smash cuenta eso, aquello que un espectador no alcanza a percibir —a veces ni a imaginar— sobre lo que ocurre detrás de una producción de Broadway. Podría decirse que es un “detrás de cámaras” muy completo desde la perspectiva, una nueva cámara: es el show dentro del show.
En el casting hay actores que nunca antes habían actuado en televisión o que, al revés, nunca habían participado en un espectáculo de Broadway. A todos les tocó lanzarse a representar las dos cosas desde sus propios personajes y a vivir la experiencia de actuar en las dos perspectivas. Megan Hilty, por ejemplo, representa a Ivy Lyn, una de las aspirantes a quedarse con el papel de Marilyn. Ivy se esfuerza y sufre sus audiciones en pantalla de manera similar, tal vez, a como las sufrió Hilty cuando audicionaba para entrar al elenco de Smash. Ella debe actuar su propio experimento. Los actores, entonces, quedan en una posición intermedia entre dos mundos que, para muchos, resultan ser opuestos: la televisión y el teatro. Debra Messing (Julia, una de las escritoras de Bombshell en la serie) afirma que “la televisión es un medio de escritores y que el teatro es un medio de actores. En el teatro el director hace lo suyo y se va. Es el actor quien se tiene que presentar ante un público, que es diferente cada noche. Esa es la verdadera celebración de la actuación”. El teatro, para ella, resulta ser la ‘desnudez’ del actor en un escenario, con esa única oportunidad para representar un personaje y para hacerlo bien. No hay cortes ni nuevas tomas.Algo similar piensa Christian Borle (Tom Lewitt), compañero de escena de Messing y consagrado actor de Broadway que no había actuado en televisión antes de Smash. Para él, la labor del actor resulta ser un fenómeno absolutamente personal porque, dice, “el producto eres tú mismo. Sientes que, sobre el escenario, es tu propia alma la que está siendo juzgada. Como si te estuvieran midiendo por ser mejor o peor persona”. Por eso cuestan tanto las críticas y por eso las peleas dentro del medio son tan fuertes.Cuando se les pregunta a los actores que han tenido la posibilidad de actuar en los dos medios, cuál es el más difícil, responden que Broadway, pero que, por esta misma razón, es el más gratificante. —“Si no lo fuera, dice Leslie Odom (Sam Strickland)— no habría razón para seguirlo haciendo. Las jornadas de trabajo son más intensas y el medio es más incierto: no se sabe cuántos espectáculos se van a alcanzar a hacer antes de que el público deje de asistir”.
La fortaleza interior de estas personas debe alcanzar los más altos niveles porque todo el tiempo están sujetos a las críticas, a todo el que quiera opinar en los periódicos, en los blogs, en las redes sociales. Son conscientes de que, si bien deben esforzarse por hacer bien su trabajo, no pueden darles gusto a todos y que, a pesar de que su show tiene como base la vida en Broadway, no deja de ser ficción. No todo tiene que ser igual, no se pretende —tampoco— hacer un recuento de todos los escándalos que ocurren en el mundo del teatro. A pesar del arduo trabajo y del esfuerzo emocional que implica su trabajo, ellos están enamorados de lo que hacen.
Durante toda la conversación que este diario tuvo la oportunidad de sostener con ellos, hubo siempre momentos en los que decían frases sueltas como “amo mi trabajo”, “sé que lo que hago vale la pena”, “me encanta esto” y cosas por el estilo. Anjelica Houston dice, por ejemplo, que su episodio favorito es el que está haciendo ahora. Porque sí, porque ese es su presente y porque le encanta trabajar en Smash. Cuando se acaba el día, camina entonces a su estudio, no el de Eileen, el de Anjelica, y descarga el libreto de la escena que acaba de grabar sobre la pila que aumenta sobre su mesa: “Otro hombre abajo”, piensa. Y sonríe.