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Leyendas de sangre

La serie, de la cadena HBO, escrita y producida por el aclamado Alan Ball, y en la cual actúa Paola Turbay, revolucionó la figura del vampiro.

12 de agosto de 2011 - 10:00 p. m.
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Hijos de la noche, chupasangres, príncipes de las tinieblas. Los vampiros, popularizados por el emblemático Drácula del escritor irlandés Bram Stoker, son ahora los protagonistas de cientos de películas, series de televisión, libros, videojuegos y hasta juegos de rol.

De las criaturas legendarias, fantásticas y sobrenaturales, el vampiro se mantiene vigente sobre la psique humana. Tal como lo afirma Anne Rice, escritora norteamericana reconocida por su obra Crónicas vampíricas: “Si el vampiro ejerce algún poder encantador sobre la mente de los hombres, es sólo porque la imaginación humana es un lugar secreto que guarda memorias primitivas y deseos reprimidos. La mente de cada hombre es un jardín salvaje en el cual todo tipo de himnos son cantados, y donde criaturas se erigen y desaparecen, y donde las cosas imaginadas son continuamente condenadas y desautorizadas”.

True blood, la serie de televisión creada y producida por Alan Ball e inspirada en la serie de novelas de Charlaine Harris The southern vampire mysteries, cuenta la historia de Sookie Stackhouse (Anna Paquin), una mesera mitad hada y con poderes telepáticos, que junto al resto de los habitantes del poblado Bon Temps, tiene que enfrentarse a unos nuevos visitantes: los vampiros.

Desde que los japoneses desarrollaron una bebida sintética llamada True blood, los vampiros pueden existir sin alimentarse de los seres humanos. Ahora que ya no tienen que esconderse, las criaturas han dejado sus féretros para mezclarse con los vivos.

La serie, como bien dice su productor, pretende dar rienda suelta a nuestra esencia más primitiva. “La mentalidad occidental nos ha hecho creer que estamos separados de la naturaleza. Lo que trato de hacer con la serie es crear un universo que no necesariamente existe dentro o fuera de la naturaleza, sino que es una manifestación más profunda de ella”.

El sexo hace parte de nuestra naturaleza primaria y en True blood se rompen barreras de la represión. Para Ball, los vampiros sólo son una excusa para hablar de sexo, pues a lo largo de su historia se han forjado como una metáfora de la sexualidad de una época determinada.

La imagen del clásico vampiro que popularizó Bela Lugosi en el cine (1931) ha cambiado radicalmente. Apartado de la estética del Nosferatu de 1922, el personaje encarnado por Lugosi sería por mucho tiempo el máximo representante de Drácula. Sin embargo, de un tiempo hacia acá, la figura del vampiro dandy cubierto con su capa multiusos ha sido reemplazada por vampiros seductores y atractivos.

Aunque los protagonistas de True blood pudieron haberse alimentado, para interpretar su rol, de las versiones de Klaus Kinski, de Bela Lugosi o incluso de Gary Oldman en el Drácula de 1992, lo cierto es que desde la aparición de figuras como David Boreneaz como Ángel, el vampiro de la serie Buffy, la cazavampiros, o Brad Pitt en la película Entrevista con el vampiro (1992), la estética del vampiro exuda tensión sexual.

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Stephen Moyer, quien interpreta a Bill Compton, el tormentoso amante de Sookie Stackhouse, no está de acuerdo con el celibato de los vampiros. El actor ha dicho que si las historias de los vampiros adolescentes de la saga de Crepúsculo son una alegoría a la castidad, True blood, por el contrario, no contempla la represión sexual ni los valores de una sociedad puritana.

Moyer también ha afirmado que más allá de las escenas de sexo, la violencia y todo el escapismo que la serie pueda ofrecer, los vampiros de True blood pueden ser también una metáfora de la minoría. “Pueden ser la metáfora de cualquier minoría que quieras. Todos se pueden sentir identificados, pues los vampiros representan todo lo que aparentemente no es normal en un sociedad”, dice el actor.

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El creador de la serie, Alan Ball, sostiene que el éxito de la serie ha contagiado al público alrededor del mundo porque habla sobre quitarse las mordazas que reprimen, invita a reconocer al otro, a abrazar la diferencia. A encontrarnos en nuestros aspectos más escondidos y oscuros.

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