Claro, lo botaron de su propia banda cuando ésta apenas tenía un año de formación. Sí, lo sacaron porque era el más borracho de un grupo al que algunos llamaban cariñosamente “Alcohollica”. Bueno, tenía problemas, y los tuvo durante mucho tiempo; el tipo de problemas que engendra individuos complicados y amargados, personas arrinconadas en la esquina de la asistencia social o la psiquiatría.
Con algo de suerte, este no fue el caso. Casi 30 años después de que lo sacaran de la “gran banda”, Dave Mustaine tiene 13 álbumes en la estantería con su nombre.
Alguna vez le preguntaron a un gran ajedrecista si no le molestaba haber perdido el título del mundo en esa disciplina. “Para nada”, respondió, “porque ‘campeón’ se es una sola vez, pero ‘excampeón’ dura para toda la vida”. Dave Mustaine es el exmiembro de Metallica que logró convertir una suerte de fracaso profesional en Megadeth: una maquinaria que ha logrado producir algunas de las melodías y las letras más sabrosas del metal.
Con su pasión por el alcohol y su pelo largo y ensortijado, Mustaine fácilmente podría pasar por uno más de una larga línea de rockeros, cuando la palabra es pronunciada por los labios bienintencionados de alguien con una corbata, el cuello blanco de la camisa y la burocrática comodidad de un escritorio. Cuidado. Debajo de la fina línea de guitarras, el oyente se encuentra con letras poco metaleras, por decirlo de una forma. “¿A qué te refieres con que no apoyo tu sistema?/ Voy a la corte cuando tengo que hacerlo./ ¿A qué te refieres con que no pago mis deudas?/ ¿Por qué crees que estoy quebrado, ah?/ ¿Puedes ponerle un precio a la paz?/ La paz vende, pero ¿quién compra?”.
Tantos que fruncen el ceño al oír la guitarra rápida, la voz rasgada, la batería dura y cruda. Megadeth no es un lugar pintado de rosa para hallar confort. Es más una especie de espejo en el cual se ve reflejado un determinado momento social, cualquiera. Algunas de las letras de Mustaine se han erigido como grandes himnos porque son mundialmente identificables. “Tomas un hombre mortal/ Y lo pones en control/ Ves cómo se convierte en un dios/ Ves cómo ruedan las cabezas de las personas/ Así como el Flautista de Hamelín/ Llevó a las ratas por las calles/ Bailamos como marionetas/ Balanceándonos al ritmo de la sinfonía/ De la destrucción”. Suena, e incluso huele, a Irak y sus armas de destrucción masiva.
Comparar Metallica con Megadeth es una de aquellas discusiones tan largas como inútiles. Lo interesante es reconocer la grandeza de haber fundado algo que no sólo soportó el brutal paso del tiempo, sino que logró ser algo más que la venganza resentida de un alcohólico que se dedicó a hacer karaoke acompañado de una guitarra en un garaje de San Francisco.
La realidad, para fortuna de todos, es una que tiene grandes joyas musicales como Rust in Peace, Peace Sells o Countdown to Extinction. Con casi tres décadas de carrera encima, hacer una lista de mejores canciones es un asunto subjetivo, que puede llevar al error. Pero canciones como ‘Symphony of Destruction’ o ‘Tornado of Souls’ se han convertido en clásicos, en una suerte de sello de identificación para el metal. Si cada narcotraficante venera la columna jónica como elemento decorativo de su casa, todo seguidor del metal profesa determinado nivel de idolatría por la música de Mustaine y compañía.
Por compañía se entiende gente como el guitarrista Martin Friedman, quien sirvió en Megadeth desde 1990 hasta 1999, una época llena de buena música, nominaciones al Grammy y conciertos con los compañeros de antaño, Metallica.
Es sencillo pasarlo por alto desde el punto de vista del fanático. Se entiende un poco más en Some Kind of Monster, el documental de Metallica que narra uno de los periodos más turbulentos de la agrupación. En una suite de un hotel en San Francisco, Mustaine le reclama a Lars Ullrich por haberlo botado de la banda sin darle una oportunidad. No hay lágrimas, pero sí un tono sentido y madurado con los años, de justo reproche. No debió ser fácil asimilar el hecho de que los amigos, entregados a la bebida, ya no lo quisieran cerca por borracho.
Pero menos mal fue así, porque, 13 discos después, Megadeth renueva la fe en un estilo de música cada vez más entregado al cliché fácil de la ropa negra y la chaqueta de cuero. Fe, una cuestión tan escasa en un mundo ausente de grandes hombres, gente compleja, llena de conflictos y traumas, que encuentra la redención a través de la manufactura de cierta retorcida belleza para todos los demás.