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“No soy inalcanzable”

En las noches la veremos interpretar un personaje noble y bondadoso en la novela “Esmeraldas”, pero en la vida real es una defensora de los animales y de su vida privada. Prefiere no hablar de amor ni de política.

05 de junio de 2015 - 09:09 p. m.
Kristina Lilley disfruta en casa, con sus mascotas, del amor por los animales. Su filosofía es disfrutar el aquí y el ahora; el pasado ya no cuenta. /Luis Ángel – El Espectador
Foto: LUIS ANGEL
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¿Cómo fue la experiencia de grabar una historia tan turbulenta como la de “Esmeraldas”? Me asombró lo violento que era ese mundo, cómo se manejaban los negocios, las dificultades que tuvieron para llegar a los acuerdos de paz entre los esmeralderos en Boyacá. También tuve la oportunidad de disfrutar de los paisajes tan hermosos que hay en el valle de Tenza, y aún lo hago, porque todos en el pueblo saben que me la paso con una mano de perros, porque me gustan los animales. Su casa también es una muestra del gusto por ellos… Creo que los perros y los gatos, en particular, vinieron a enseñarnos muchas cosas, como vivir el aquí y el ahora, y perdonar. Son animales muy nobles que tienen su sabiduría y su forma de vivir. Mi casa es a prueba de mascotas, no de niños. ¿Y cómo es su forma de vivir, teniendo en cuenta que el mundo de la actuación es inestable? Me aferro a Dios en épocas difíciles. Hay temporadas de vacas gordas, como hay temporadas de vacas… no flacas sino desnutridas, pero pienso que cualquier ser humano que lleve una espiritualidad tiene una vida tranquila. Entonces, ¿a qué se dedica en la época de vacas desnutridas? Dicto seminarios de teatro, hago coaching para actores, los preparo para castings, suspiro, respiro hondo, oro, medito y tengo fe en que Dios proveerá en algún momento. Me gusta enseñar, transmitir algo de experiencia. Hace más de 10 años que se divorció. ¿Se ha vuelto a enamorar? No. Hay dos temas de los que no hablo en una entrevista: del amor y de la política. La última me fascina pero considero que, como actriz, en este momento no debo tener posición con respecto a nada. Creo que el aporte que le puedo hacer a la sociedad colombiana es desde mi trabajo, desde la parte lúdica que tanta falta le hace a este país. Pero sí se puede saber cómo la enamoran… Por supuesto, y no es tan complicado, no soy inalcanzable. Confieso que la cosa que más jartera me produce es ir a los restaurantes de dedo parado, porque soy muy tranquila. A mí lléveme al campo. ¿Qué privilegios le ha dado la actuación y de qué la ha alejado? La admiración de la gente es un privilegio. He tenido experiencias en las que me subo a un taxi y no me cobran la carrera; eso me hace llorar, porque es el trabajo de esa persona. Me ha alejado de tener privacidad, de salir a la calle de mal genio, de expresar libremente algunas cosas. ¿Cómo fue crecer en un hogar de padre estadounidense y madre noruega? Mi papá era muy conservador y mamá absolutamente liberal. Los valores eran muy distintos, pero crecí con costumbres muy estadounidenses dentro de la casa y por fuera absorbí todo lo que era colombiano. Mi papá me inculcó el amor por Estados Unidos, el respeto a los símbolos patrios, porque fue el país donde nací. ¿Y dónde surgió la idea de estudiar biología? Quise estudiar educación preescolar, porque me gustaba enseñar, pero mi mamá no me dejó, así que, como me gustaba el funcionamiento cerebral, quería estudiar neurofisiología animal. Entonces terminé estudiando biología, que era lo más cercano a lo que quería. Estuve tres meses en el Instituto Nacional de Cancerología y empecé a actuar. Lo único que tengo de biología son mis mascotas y mis hijas.

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