El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Olvidado de Dios

Nacido en Portsmouth, Inglaterra, en 1949, Hitchens estudió filosofía y economía en Oxford. Luego emigró a los Estados Unidos. Escribió en ‘Vanity Fair’, ‘Slate’, ‘The Nation’ y ‘The New York Times’.

16 de diciembre de 2011 - 08:07 p. m.
PUBLICIDAD

“A veces desearía estar sufriendo por una buena causa o arriesgar mi vida para el bien de los otros, en vez de ser simplemente un paciente en grave peligro de extinción”, escribió un año atrás Christopher Hitchens, poco después de que le informaran que padecía de un cáncer visceral, y unas líneas antes de admitir que amaba “el imaginario de la lucha”. Amó a Dostoievski y vivió con sus demonios. Aprehendió a Nietzsche y lo respetó, hasta el punto de que tituló uno de sus libros Dios no existe, en lugar del “Dios ha muerto” que pregonaba aquél.

Defendió a Salman Rushdie y rompió con la intelectualidad izquierdista de su país, Inglaterra, por sus posturas ambivalentes con la pena de muerte y el veto impuestos, decretados, por el ayatolá Homeini a Rushdie y Los versos satánicos en 1989. “Era una cuestión, si es que puedo ponerlo en estos términos, de todo lo que yo odio versus todo lo que yo amo. En la columna de odios: la dictadura, la religión, la estupidez, la demagogia, la censura, la matonería y la intimidación. En la columna de los amores: la literatura, la ironía, el humor, el individuo y la defensa de la libre expresión”, dijo entonces.

Bebió, fumó, transgredió, escupió, provocó. Fue periodista y ensayista, escritor y crítico. Perdió porque siempre prefirió a los marginados, los olvidados de Dios. “No se ha presentado aún una prueba o un argumento que pueda cambiar mi forma de pensar. Pero me gustan las sorpresas”, le contestó a un reportero cuando éste le preguntó por Dios. Se enfrentó a la madre Teresa de Calcuta, a quien consideraba proselitista de una versión retrógrada del catolicismo, y a Henry Kissinger, un criminal de guerra, como escribió en su libro El juicio de Kissinger. Luego viró, o eso decidieron algunos de sus detractores para quitarles veracidad a sus palabras. Entonces respaldó a Margaret Thatcher cuando envió a sus tropas para liberar las Islas Malvinas luego de la declaración de guerra contra el Reino Unido que, borracho, desde el balcón principal de la Casa Rosada, emitió el presidente de facto argentino Leopoldo Galtieri en 1982, y apoyó la primera guerra de Estados Unidos contra Irak en 1990. Para Hitchens, la guerra, esas guerras, eran un peor mal que las dictaduras.

Veinte años más tarde se enfrentó con la muerte. “Quiero ‘hacer’ la muerte en voz activa y no pasiva, y estar allí para mirarla a los ojos y estar haciendo algo cuando venga a buscarme”, dijo y escribió.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
Ver todas las noticias