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Rubia de rojos labios

La madrugada del 5 de agosto de 1962 fue inesperada y triste. La Belleza, de rubio pelo y rojos labios, fue encontrada muerta en su casa en Brentwood, Los Ángeles.

12 de agosto de 2011 - 09:57 p. m.
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La autopsia reveló la presencia de una dosis letal de hidrato de cloral y nembutal en el hermoso cuerpo, dos sedantes que sugirieron la idea de un suicidio. Sin embargo, poco tiempo después los cotilleos y la prensa dieron paso a las más enrevesadas conspiraciones, incluso políticas, que hoy en día siguen sin ser enteramente comprobadas o abatidas. Marilyn Monroe, de cualquier forma, estaba muerta.

Con apenas 36 años, la rubia perfecta era reconocida como una de las más importantes actrices de su época y se anticipaba que lo sería de todos los tiempos. Su aparición en la primera y controversial tirada de Playboy, y en éxitos de taquilla como Gentlemen prefer blondes y Some like it hot, este último considerado un clásico de la comedia, le habían ofrecido un altísimo lugar en Hollywood. El mismo lugar que en 1962 fue aprovechado por la cadena Fox para evadir la bancarrota, a través de la película Something’s got to give, con Monroe como protagonista. Y el mismo lugar desde el que pudo darse el fantástico gusto de abandonar las grabaciones, viajar a Nueva York y cantar ante 15 mil espectadores y un sonrojado presidente su famoso Happy birthday Mr. President, la más sensual versión jamás cantada del Cumpleaños feliz.

Marilyn Monroe era la dueña del mundo y la musa del arte. Adonde quiera que llegara, un camarógrafo la esperaba con un flash, un fan con una libreta para autografiar, un pintor con un lienzo en blanco. En ese deleitoso texto que Truman Capote escribió para ella, mitad entrevista y mitad todo lo demás, enfatiza en la reacción de la rubia contra el mundo, resumido varias veces durante la noche (noche del funeral de Constance Collier), y con delicadeza en esta frase que el tiempo convirtió en aforismo: “Odio los funerales. Me alegro de no tener que ir al mío”. Enseguida Monroe también dijo que, al morir, deseaba que uno de sus hijos —si los tenía— arrojara sus cenizas al viento. No tuvo ni lo uno ni lo otro al morir, pero sí, de alguna manera, tuvo lo segundo en vida. Y fue quizá esa misma aparente libertad de viento la causante de su muerte, y de su inmortal sonrisa.

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