“Ves, esto es como la vida: colorida, fría y feliz”, dijo una de las asistentes del Festival Estéreo Picnic a una amiga que estaba a su lado mientras las lágrimas descendían por su cara pálida. Foster the People tocaba Pumped Up Kicks, las luces azules, verdes y naranjas atravesaban como telarañas el escenario Tigo Music y el frío, el cansancio y el hambre perdían cualquier validez ante la satisfacción de escuchar en vivo la canción mil veces reproducida en un dispositivo móvil o computador. Historias parecidas se repetían en los otros dos escenarios del festival.
Las dos chicas se sentaron en una de las mesas frente al escenario que, delante de los cerros bogotanos, parecía una decoración colorida y lúcida, impuesta pero totalmente combinable con la imponencia de las masas montañosas que lo precedían. Ambas tenían camisillas que descubrían sus hombros bajo una temperatura de 10 °C para esa hora.
Uno de los reflejos amarillos chocó contra la cara de la que lloraba mientras escuchaba a la banda estadounidense. De inmediato se llevó las manos a los ojos para limpiarse las lágrimas combinadas con pestañina y delineador líquido y le dijo a su amiga: “Ahorré un año para este momento. Un año sin salidas excesivas, sin comer en la U. Aleja, valió la pena”. Las dos se abrazaron y luego se perdieron entre la multitud después de que terminó el show.
Pasadas las 2:00 a.m., cuando Jack White daba cierre al primer día de festival, cuando los juegos pirotécnicos alumbraron el cielo y descrestaron los ojos, la electrónica de Skrillex hizo temblar más la tierra que el pasado temblor que se dio en el país el 10 de marzo. Los brazos al viento y el humo que envolvía todos los cuerpos que llenaron la carpa Caracol sólo dejaban ver a lo lejos, al inicio de la tarima, una bandera de Colombia, perforada, justo en el medio, por una luz violeta. “How do you feel, Colombia?”, gritaba el DJ estadounidense desde lo alto de la tarima. Todos gritaban, las manos de un lado a otro y los ojos en blanco. Luces de neón asaltaban los cuerpos desinhibidos, ligeros al compás de la música. Todo se unió para hacer de la noche una experiencia única, fuera de contexto y de rutinas.
Bailar, dance, dança, danza, dans, en cualquier idioma y la misma posibilidad de ser libre frente a cualquier lengua o cualquier sonido. La máxima expresión del ser reducida a un espacio tan pequeño como la ducha o a uno tan grande como el parque 222 en Estéreo Picnic. La vida del baile, ahorrar una vida para cantar tres horas, cantar en idiomas que no encontramos en nuestros vestigios de memoria y ser felices, al menos en la dimensión donde no hay necesidad de explicaciones, excusas, dolores. Ser felices, al menos tres días frente a 362 que nos quedan del año.