Su agente literaria dijo que era imposible, “es una idea algo descabellada que no va a aceptar”, sentenció con su español de acento enrarecido y con la confianza de quien conoce de años los caprichos de su cliente.
Entonces supuse que después de todo no habría una razón por la cual un afamado poeta de maneras inglesas, uno de los 50 mejores escritores de la posguerra, según la revista The Times, el hombre negro de rastas hasta la cintura que había puesto a comulgar los versos y la música reggae y que había tenido el valor de rechazar el reconocimiento de la Orden del Imperio Británico (OBE, por su sigla en inglés) ofrecido por la misma reina Isabel, iba a querer salirse de las comodidades de la Cartagena amurallada —a donde lo había invitado el Hay Festival— para ir a conocer algo de la música negra y tropical que se cuece en los barrios marginados de ‘La Heroica’.
Sí, era una idea descabellada y me resigné a ir al concierto de champeta del palenquero Charles King (el cantautor del Chocho Bacano), sin Benjamin Zephaniah.
Sin embargo, cuando lo vi caminando por el lobby del hotel Santa Teresa, con ese aire desprevenido y cálido que le había figurado —antes de los matices petulantes que le había puesto encima su agente—, lo abordé y me presenté como la periodista que desde hacía dos semanas había estado intentando contactarlo. No sabía de mí, ni de la “idea descabellada”. Por supuesto, nadie si quiera se lo había comentado. Escuchó atento y se tomó un tiempo para pensárselo, y con una sonrisa que dejó ver sus dos dientes incisivos juguetones y separados, y con una expresión de sorpresa que no se espera de la gente que goza de reconocimiento y fama, Zephaniah aceptó complacido la invitación. Hizo una única advertencia: sus habilidades dancísticas se reducían a levantar las manos, con los dedos pulgares extendidos. No había que creerle demasiado, el hombre que se había inventado el dub poetry (poesía dub) sin duda podría lidiar con cualquier ritmo.
Lo recogimos a las 9:00 de la noche, me acompañaba Charles King, que estaba complacido de que semejante celebridad fuera a escuchar el concierto que iba a dar en honor a los 57 años de su hermano. Y aunque King no hablaba una pizca de inglés y Zephaniah nada de español, hubo entre ellos una complicidad profunda, de raza, pero también de pasados humildes y difíciles.
A Zephaniah, hijo de una pareja de inmigrantes que llegaron un día de Barbados a Birmingham, pequeña ciudad el Reino Unido conocida como la capital jamaiquina de Europa, lo llevaron de niño a muchos especialistas, su madre no entendía por qué el pequeño tenía todo el tiempo este vaivén extraño en su cabeza. Sin embargo, no hubo ningún doctor que detectara su mal: la poesía lo carcomía por dentro. “Mi padre era un hombre muy violento y mi madre y yo tuvimos que huir constantemente de él, dejando una ciudad por otra, cambiándome el nombre de John por Daniel. Así que nunca había amigos, ni pelotas, ni juguetes, pero yo encontré con qué pasar mi niñez. Las palabras fueron mis juguetes”.
Tiene 13 doctorados encima, es vegano (solo come productos vegetales) , usa tenis, no de cuero sino de fibras naturales —los que llevaba puestos le hicieron sufrir un poco porque le quedaban demasiado justos— y pasa la mitad de su vida en China, en donde se ha convertido en maestro Kung fu. Su debut como poeta lo hizo en iglesias y calles, y tras las negativas recibidas por las editoriales en su intento de publicar los versos que escribía, Zephaniah decidió sacar la poesía de los libros y devolvérsela a la gente. “Muchos poetas tienen la pretensión de ser difíciles de entender, quieren mostrar con sus palabras todos los millones que se han gastado en educación, y eso no era lo que yo quería. Yo lo que quería hacer era conectarme con las personas normales, por eso la puse sobre música e hice que hasta se pudiera bailar”.
El poeta no paró de hablar mientras el destartalado taxi nos llevó por lugares donde ya no habían calles pavimentadas, ni alumbrado, y donde no importaba cuán humildes fueran las casas a la entrada, siempre había bafles estruendosos y gigantes.
¡Un cámara para la celebridad!
Cuando llegamos a la casa donde se llevaría a cabo la juerga, nos recibió un enorme grupo de morenos palenqueros que ya estaban acalorados y sudorosos. A pesar de que Zephaniah no entendía las preguntas que le hacían una y otra vez los niños que se cuestionaban si su largo pelo era natural y efectivamente pelo, el imponente inglés sonreía y se mostraba cercano con todos, a la final son los niños uno de sus públicos favoritos y a ellos ha dedicado publicaciones como Talking turkeys (Pavos parlachines) y Funky chickens (Pollos funky).
Después de ofrecernos pelanga y cerveza —ambas rechazadas por Zephaniah no por algún tipo de escrúpulo, sino porque no bebe y es vegetariano—, una improvisada cámara filmadora con un bombillo amarrado a un palo y conectado a una pared que limitaba su campo de acción a unos cuantos metros lo filmaba de pies a cabeza y le hacía soltar risotadas mientras lo increpaba a decir algún saludo para la gente del lugar.
Quién hubiera imaginado que la celebridad que difícilmente puede caminar por las calles de Londres sin que alguien lo pare para pedir un autógrafo y que hace citas de hasta una semana para otorgar una entrevista estaría dando profundas confesiones ante tan improvisada filmadora. Su agente literaria sin duda no se lo hubiera imaginado jamás.
Pero a Zephaniah nada le parece realmente extraño. Asiduo visitante de Jamaica, amigo de Bob Marley, invitado por The Wailers para que los acompañara con su protesta hecha poesía en el primer concierto que hicieron tras la muerte de su líder, y luego requerido por Nelson Mandela para que se uniera en sus luchas para la transición hacia la democracia en Suráfrica, el poeta autor de Pen Rhythm (1980) y el intérprete de álbumes como Naked y Rasta se siente entre palenqueros más en casa que entre las imponentes ciudades europeas.
Tras romper una piñata de icopor de la que saltaron toneladas de harina y que dejó a Zephaniah muerto de risa y completamente blanco, Charles King, el cantante de la noche, tomó su micrófono, con una interferencia que apenas dejaba escuchar su aguda voz, y la atención se concentró en el baile.
Con las tiranías de un ritmo que obliga a que hombre y mujer bailen en un baldosa, Zephaniah apenas logró conseguir alguno de los enrevesados pasos, y cuando se aburría de intentarlo, más bien lanzaba uno de sus comentarios inteligentes: “Al igual que con esta música, o con el rap o con mi poesía, el poder de la palabra hablada lo que permite es que gente que no tiene el don de cantar pueda protestar y decir con ritmo lo que le pasa y hacer que otros también lo compartan”.
La noche casi llegaba a su final y la mañana amenazaba con que el poeta perdiera su largo vuelo de regreso a casa. Se llevaba entre su bolsillo un disco de Charles King que prometió dárselo a un productor amigo que graba CD de músicas del mundo, llevaba la ropa hecha trizas por el sudor y la harina y se llevaba las sonrisas de niños que disfrutaron con su peinado y su poesía. Su agente literaria se equivocó y quizá nunca sabrá dónde pasó la noche su protegido talento, debió intuir su respuesta, a la final en torno a eso es que versa la poesía de Zephaniah, sobre conectarse con toda la gente del mundo.