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Un oscuro triángulo amoroso

Giuseppe Verdi (1813-1901) estrenó su ópera Il Trovatore en Roma, en el año 1853.

11 de octubre de 2015 - 09:00 p. m.
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El éxito de la presentación fue total. A nuestros días llegan noticias de una velada en la que el público escuchó los primeros dos actos de la ópera en un silencio religioso y aplaudió de manera entusiasta el final del tercer acto y todo el cuarto acto, el cual se repitió en su totalidad. Al día siguiente de la primera representación se escuchaban melodías de la ópera en las calles de Roma, y en menos de una década la fama de El trovador se había extendido al resto de Europa.

El trovador hace parte del repertorio de las veinte óperas más amadas que, día tras día, gracias a la magia de la tecnología, son recibidas con entusiasmo, en particular por la juventud. Una mirada a su argumento nos haría pensar que estamos al frente de una ópera tradicional diseñada para el público de ayer. Vale la pena recordar que Giuseppe Verdi, como Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) y Richard Wagner (1813-1883), más que compositores, eran verdaderos hombres de teatro y en sus obras lo moderno se destaca sobre lo convencional.

Después de tres redobles de timbal se escucha una fanfarria, un corno solitario y finalmente las cuerdas de la orquesta interpretan una melodía que sirve como puente para la primera frase de Ferrando, jefe de la guardia del Conde de Luna. Para un público acostumbrado a escuchar una obertura o preludio como una llamada para disponerse a presenciar una velada de duración generalmente superior a tres horas, intermedios incluidos, este inicio de ópera representó una verdadera novedad. Verdi, en menos de once minutos, nos regala la base de lo que será una noche llena de expresión y emoción. En su primera intervención, Ferrando cuenta a los soldados la historia del hermano del Conde de Luna, quien murió en la hoguera en compañía de una anciana gitana acusada de haberlo hechizado. El padre del niño, sin embargo, vivió con el presentimiento de que los huesos hallados entre las cenizas no eran los de su hijo.

La siguiente escena nos lleva al castillo de Leonora, quien narra a su amiga Inés su pasión por un misterioso trovador que en las noches viene a su ventana para cortejarla. Las advertencias de su amiga no encuentran eco y minutos más tarde el trovador y el Conde de Luna, quien también cada noche ha observado desde la lejanía a la bella dama, se baten en un duelo, excusa perfecta para que tres grandes artistas hagan despliegue de impresionantes dotes vocales.

El acto segundo de la ópera nos transporta a un campamento gitano, y Verdi y su libretista, Salvatore Cammarano, nos impactan con el original Coro de los martillos. De la multitud surge Azucena, que canta el aria Arde la hoguera. La gitana revive en tiempo de vals el ambiente macabro de la noche de la muerte de su madre en compañía de un niño, y las últimas palabras de la anciana pidiendo venganza por su muerte. En el curso del acto sabremos que el niño de la hoguera era en realidad el hijo de Azucena y que el trovador, a quien la gitana aprendió a querer, no es otro que el hermano del Conde, ahora su rival en el amor. Este triángulo amoroso y los sentimientos encontrados de una mujer, que pasa su vida debatiéndose entre su instinto maternal y el constante deseo de venganza, son la fuente de inspiración para una serie de momentos de gran fuerza y otros de profunda intimidad, en los que los personajes se confiesan ante el público acompañados de melodías sublimes. Podemos detenernos un momento en el cuarto acto, aquél que, como ya dijimos, se escuchó dos veces la noche de su estreno. La escena nos lleva a las afueras de una prisión y las maderas de la orquesta describen el lúgubre ambiente nocturno. Leonora lleva en su mano un anillo que esconde un veneno, que ella beberá antes de entregarse al Conde de Luna para salvar a su amado trovador. Sus sentimientos están expresados en una página que lleva a la soprano solista a la estratosfera vocal y, para aumentar su dificultad, el compositor exige a la artista cantar sus agudos de manera delicada en una dinámica que se conoce como pianissimo. Seguidamente, un coro de monjes entona un miserere acompañado por las campanas de la muerte. La soprano, esta vez con melodías que exponen el registro grave de la voz, expresa su desesperación. La emoción llega a su máximo nivel cuando desde la lejanía se escucha la voz del trovador despidiéndose para siempre de su amada Leonora.

El público que presencia El trovador puede estar seguro de experimentar, gracias también al elenco que propone la maravillosa transmisión de Cine Colombia desde la Ópera Metropolitana de Nueva York, una velada tan emocionante como aquella que vivieron los asistentes al estreno romano hace sólo 162 años.

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