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Una vida de CÓMIC

Desde hace 15 años, su día a día transcurre entre globos y viñetas.

13 de junio de 2010 - 09:00 p. m.
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Comenzó en el bachillerato: su objetivo era llenar con revistas una caja de mangos, que se fue quedando pequeña y se transformó en tres bibliotecas repletas. El objetivo de Boris Greiff, un docente universitario que heredó este ‘vicio’ de su padre, es contagiar a otros del mismo entusiasmo.

De niño, Boris Greiff solía tener en las tardes una cita con los héroes. El lugar era la vieja casa del barrio San Bernardo, donde se sentaba con su abuela frente al radio para sumergirse en las historias de Kalimán. “Tenía mi cuadernito de dibujos donde trataba de imaginar ese universo”, recuerda con los ojos iluminados.

Esos dibujos comenzaron a pedir más espacio, y de aquel cuaderno saltaron al pupitre de su colegio con tanto entusiasmo que no tardaron en meterlo en problemas con su profesor de Sociales, el mismo que le dejó muy en claro un día: “Usted tiene un futuro muy amplio en el arte, pero en mi clase tiene 1,0”.

Por entonces ya sufría —como él lo reconoce— de un vicio: los cómics. Cayó en él gracias a su padre, el hombre que alquilaba pequeñas revistas de héroes y superhéroes en una cuentería del barrio Las Cruces, en el centro de Bogotá; esas mismas revistas se convirtieron en su primera herencia cuando el negocio cerró.

Años después, en el último curso del bachillerato, el vicio se apoderó totalmente de su mente. Sucedió un viernes de junio de 1995 en la Librería Francesa, que se convertiría en su expendio de confianza. “Podía pasar toda la tarde mirando cómics. Casi que me tenían que echar”.

Ese viaje al abismo se inauguró con una edición de Wolverine, el popular mutante de la editorial estadounidense Marvel, que lo llevaba a una aventura de acción y sangre en Guatemala: “Fue el primer cómic original, en inglés, que me compré”. Desde entonces su colección ha ido creciendo con joyas raras, ediciones en italiano y alemán, revistas por las que hasta prefirió dejar las onces a un lado.

Y fueron esas mismas páginas las que dictaron el rumbo de su destino: “Mi sueño era tener un perro siberiano, vivir solo en un apartamento y ser diseñador”. Después de dos intentos fallidos por estudiar Diseño Gráfico en la Universidad Nacional, Greiff terminó decantándose por la Universidad Jorge Tadeo Lozano, donde el reducido presupuesto de estudiante sólo le alcanzaba para fotocopiar las ediciones con que sus profesores dictaban clase.

 Uno de sus profesores fue el historietista y caricaturista argentino Daniel Rabanal, quien a partir de ideas sencillas le enseñó a ver más allá del dibujo. “Si en la historia no pasa absolutamente nada, no es ninguna historia”, solía decir el maestro, y ponía como un buen ejemplo el día a día de dos viejos ingleses que esperaban pacientemente ser bombardeados por una bomba nuclear.

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La solvencia económica y la ampliación de su biblioteca vinieron con su primer trabajo: profesor de un curso vacacional de cómics en la Escuela Colombiana de Caricatura y Comunicación Gráfica. “Con lo que me pagaron fui a la Librería Nacional e hice mercado. Me faltaba un carrito…”, dice con orgullo, seguido de una carcajada.

Pero los cómics también le han traído grandes decepciones. La pieza más costosa de su colección es la serie de ciencia ficción Popbot, que narra la historia de un gato estrella de rock y su robot guardaespaldas; por cada una de sus tres ediciones llegó a pagar $120.000. “Narrativamente no son lo que esperaba”, confiesa.

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Hoy en día, que es un hombre casado, con casa propia y cuatro gatos, se dedica a enviciar a otros desde su clase de Literatura y Cómic en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Por su mesa de dibujo pasaron muchos proyectos de historieta que se perdieron en el camino, pero los 15 minutos de gloria los disfrutó en la Feria del Libro de Bogotá, donde en compañía de unos amigos publicó un cómic llamado Inko. “Hicimos el primero y fue fama y fortuna, sólo nos faltaron las chicas y los tragos en el bar. Pero el segundo no se logró porque cada uno empezó a tener otros intereses y no hubo la motivación”.

De ahí nació la idea de Ficciorama, un folleto en el que combina tanto cómic como crítica y recomendaciones y en el que trabaja todas las noches. “Mi preocupación como coleccionista, realizador y docente es mostrarles a los demás que el cómic no es un entretenimiento cualquiera, sino también un vehículo ideológico y cultural”.

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Cada vez que llega diciembre, Boris Greiff, armado de papel, lápiz y trapos para limpiar el polvo, dedica un día entero a llevar el inventario de su colección. “La última vez superé los 900”, reconoce. Aún tiene planes para seguir ampliando su biblioteca: “Pararía en el punto en que las editoriales dejen de publicar cómics. Hasta ahora no es lo que ha pasado…”, comenta con una carcajada.

 dmayorga@elespectador.com

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