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Dos peces de hielo en un whisky on the rocks

Los personajes de Historia de Simona (2011), la laureada novela del poeta Darío Jaramillo Agudelo, comparten rasgos con los de las canciones de Joaquín Sabina.

29 de marzo de 2012 - 05:11 p. m.
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De hecho, el relato parece una inteligente reelaboración de 185 páginas del universo estético y la narrativa vital del cantautor ibérico. Doy mis razones: Simona Escobar, aludida en el título, es una femme fatale de similares características a las de la innominada protagonista de Peor para el sol, del álbum Física y química (1992).

Los cambiantes rostros de la vida llevan a Simona a ser conejillo de Indias de una rimbombante teoría, mentirosa como al final resultan siendo todas las construcciones discursivas de pretensiones generales, que declara al adulterio núcleo de las relaciones sentimentales, una suerte de ineludible fundamento del matrimonio. Simona busca en amoríos pasajeros la inalcanzable satisfacción –ya lo dijeron los Rolling Stone– para desempeñar con decoro su papel de esposa de un diplomático y madre de dos niños. Frecuenta discotecas, playas, y demás sitios de ligue, tras la pista de amantes discretos que se atrevan a perderle el respeto, palabras puestas por Sabina en los apetitosos labios de la dama de la canción.

En un bar bogotano encuentra a Jotahache, un simpático cajero proclive a caer en las redes de una mujer con cientos de millas acumuladas en su itinerario erótico. Engañosamente simplón, José Hilario López, ese es el nombre de Jotahache, extravía su brújula en los pliegues de la falda de la ninfa, igual al narrador de Peor para el sol. Después de un par de conversaciones insulsas, no hay nada al tiempo tan aburrido y excitante como el cortejo, Simona y Jotahache inician un rosario de polvos, una maratónica carrera siempre coronada con los fuegos artificiales del orgasmo. Estrategas diestros en el manejo del cuerpo y sus mecanismos de placer, sibaritas adictos al desmayo suspendido de la eyaculación y el gemido, saltan de una cama a otra. Feligreses de los sentidos, buscan la salvación de la anodina cotidianidad –perdonen el pleonasmo– en la reluciente y mentirosa sonrisa del deseo, en la precariedad de dos carnes hambrientas y egoístas.

Minucias aparte, el gran acierto de Historia de Simona es una voz narrativa capaz de salvar la novela de la trivialidad a la cual la condenan sus insulsos protagonistas y la nuez de lo acontecido, que da para una conversación de cafetín o para una comedia romántica al estilo de Hollywood, nunca para un libro. Se equivoca Bernabé, el hermano menor de Simona, cuando compara el furor uterino de esta con las arrolladoras personalidades de Emma Bovary y Ana Karenina. Ella, y no es una diatriba, está más cerca de Sharon Stone que de las féminas antes referidas.

La coincidencia con la propuesta sabiniana incluso llega a este punto. Las composiciones taquilleras de Joaquín Sabina a menudo redundan en el tópico del romance clandestino, mal visto por las instituciones pero suculento en las sombras. Mas –algo similar puede decirse de la incursión ficcional de Jaramillo Agudelo– la manera de presentarlas, los giros ingeniosos, la consolidación de un atractivo yo poético, superan en mucho lo contado. Tal conclusión, desde luego, no cubre todo el repertorio del español ni la totalidad de la novelística del antioqueño. Aplica, en el segundo caso, a la noveleta El juego del alfiler (2002) y a la comentada en esta nota.

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