Sería una necedad insinuar que Herbie Hancock ha dejado de ser, por temporadas, músico de jazz. Han sido tantas sus escapadas del género que uno podría terminar por asumirlo un renegado o un apóstata. Pero, más bien, si lo miramos bajo esa misma luz, podríamos considerarlo un hijo pródigo, aquel que se va pero vuelve, para alegría de sus mayores. Y ni siquiera eso, porque las veces que ha decidido franquear los límites del jazz en aras de otras búsquedas, los elementos constitutivos del género —o acaso una suerte de espíritu, para no salirnos de la onda mística—, un rasgo, una característica particular como la improvisación, los ritmos sincopados, el viejo call and response, siguen estando ahí, en comunión con cualquiera que haya sido su más reciente apostasía.
Convengamos, en todo caso, y ninguna de las facciones podría disentir, que Herbie Hancock ha sabido estar en el lugar correcto, en el momento correcto. Géneros como el funk, el boogaloo y hasta el hip hop tienen todo que agradecerle al músico de Chicago que hoy, a sus 78 años, visita por primera vez Colombia. “El jazz consiste en estar en el momento”, ha asegurado el músico, y ese momento le correspondió ahora al país.
No es extraño que el pianista haya despertado pasiones encendidas y resquemores profundos a la lo largo de sus 55 y más años de actividad: los tradicionalistas hubieran preferido para él una continuidad sonora de acuerdo a sus inicios con Donald Byrd o el primer Hancock, aquel que se estrenaba para el mundo en su álbum debut, Takin’ Off, del sello Blue Note, en 1962, al lado de otros monstruos como Freddie Hubbard, Dexter Gordon y Billy Higgins. Incluso lo preferirían dentro de los proyectos electrificados de Miles Davis, en los que el trompetista lo instó a participar, incluyendo el revolucionario In a Silent Way (1969), punto de partida del llamado jazz fusión o jazz eléctrico.
Lejos de permanecer encadenado a la tradición, Hancock encontró en el funk un vehículo comunicativo tan o acaso deliberadamente más potente que el jazz tradicional. Antes de ser popular en versión propia, Watermelon Man, el ultrafamoso tema que le dio a Hancock entrada al selecto universo de los standards, se convirtió en un éxito comercial rotundo en versión de Mongo Santamaría. El conguero cubano, que la grabó unos meses después que su autor, hizo aún más al sacarla de su nicho predestinado y convertirla en tema favorito en emisoras y pistas de baile de la década del 60.
Con músicos latinos como Francisco Kako Bastar, Mauricio Smith y Víctor Venegas, la versión de Mongo Santamaría de Watermelon Man de 1963 estaba abriendo paso, sin saberlo, al fenómeno del boogaloo, aquella readaptación del lenguaje del rock’n’roll y el soul al sentimiento latino norteamericano. Años después, en 1993, la banda inglesa de hip hop US3 hacía lo propio llevando al olimpo de los temas imprescindibles del naciente acid jazz su versión rapeada de otro clásico de Hancock, Canteloupe Island.
Más allá de esas readaptaciones, Hancock siempre ha sido un interesado en la evolución del sonido del jazz en tanto ejecutante de instrumentos de tecla. No han sido raras las ocasiones en las que de manera resuelta ha cambiado un Steinway de alta gama por un sintetizador, un piano eléctrico Wurlitzer o Farfisa, un órgano Hammond o un clavecín eléctrico o clavinet. Todo ello en aras de mantener una vigencia allí donde hay nuevos públicos.
Y si el jazz ha sido su cuna, el breakdance lo reclama también como uno de sus hijos predilectos. Técnicas que hoy son comunes entre los DJ, como el scratch y la manipulación de los tornamesas para lograr efectos de tiempo se deben, en muy buena parte, al clásico Rockit, tema del álbum Future Shock, de 1983, por medio del cual Hancock se incorporó al fenómeno de moda en la cultura urbana norteamericana, que como baile pasaría a conformar uno de los pilares en los que hoy, todavía, se sigue moviendo la cultura hip hop. Lejos de cualquier consideración jazzística, al menos en sus capas superiores, Rockit fue sinónimo de tecnología y beat puestos al servicio del entretenimiento, y hoy no deja de ser historia.
Todos los escarceos de Herbie Hancock por terrenos diferentes al jazz tienen en su disco The Imagine Project (2010) un colofón redondo. Pink, Dave Matthews, Seal, Los Lobos, Juanes (con quien hizo una nueva versión de su tema La tierra) y otros nombres no necesariamente unidos al sonido sincopado hicieron caso al llamado del músico para reinterpretar clásicos del pop universal en clave multicultural, gracias al apoyo de músicos africanos y algunos colegas del jazz.
Aquellos que han querido ver en estas aventuras a una suerte de desertor malhadado tendrían que pensárselo dos veces, para chocar de frente con el constante ir y venir de Hancock por los terrenos de donde proviene, gracias a proyectos como los diferentes formatos acústicos y eléctricos a su nombre, su banda pionera del funk The Headhunters y esa suerte de tributo tácito al quinteto de Miles Davis llamado V.S.O.P., en el que tocó por 15 años con sus colegas Wayne Shorter, Tony Williams, Ron Carter y Freddie Hubbard.
Tantas caras e intereses atañen a una filosofía. Hace unos años que el músico asumió el budismo. “Un punto de vista común sostiene que el destino de uno está determinado por fuerzas externas —dijo Hancock en una conferencia en Harvard—. Sin embargo, la práctica del budismo puede romper esa noción y crear el tipo de vida en la que eres el autor de tu libro y no el coautor o un personaje en la historia de otra persona”.
¿Cuál de todos esos Herbie Hancocks será el que nos visite por estos días? Ojalá un poco de todos.
Herbie Hancock en Silencio Jazz Club. Bogotá, noviembre 8; Medellín, noviembre 9. Información en www.silenciojazzclub.com.
* Jefe musical Radio Nacional de Colombia.