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La música y la acción

El director de teatro será el encargado de pararse al lado de una orquesta y otorgar al espectador la imagen completa: la línea que demarca los colores vivos de un cuadro.

04 de enero de 2014 - 04:00 p. m.
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Pongamos por caso un instrumento. Cualquiera. Una flauta, un oboe, un clarinete, un fagot, un corno francés. Cada uno estará en escena llenando el espacio vacío, tratando de representar a un animal salvaje, a un ser humano que vive en lo profundo del campo. Alto en la orquesta está el director: su batuta guiará la cadencia de la música, la forma en la que ésta dará contundencia a las imágenes de una historia particular sobre animales salvajes o seres humanos que viven en lo profundo del campo. O los dos.

Pongamos por caso un cuento. Cualquiera. Pedro y el lobo, la composición sinfónica del ruso Sergéi Prokófiev. Allí se sabe de un joven que, por hacer caso omiso de las órdenes de su abuelo, juega en el jardín de su casa y se mete en problemas con los animales casi humanos que hasta allá llegan a curiosear. El lobo, antagonista clásico de los cuentos infantiles, es quien le dará el cauce a una historia corta que terminará en final feliz gracias a la generosidad sin límites del niño. El lobo puede ser un conjunto de trompas.

Ahí está todo. Pero entonces: ¿Quién cuenta el cuento? ¿Quién llena el espacio vacío que los instrumentos animalizados no alcanzan? ¿Cómo darle forma mental a una bestia hecha flauta, oboe o clarinete, esos que, además, necesitan ser inicio, nudo y desenlace? ¿Cómo el espectador entiende ese mensaje cifrado en pentagramas?

Pongamos por caso un narrador. Cualquiera. Ómar Porras. Un colombiano que hace años llevó a los salones europeos de danza y teatro toda la fuerza escénica suramericana. Fue allí donde logró fusionar, finalmente, unas muy variadas técnicas de actuación. El resultado fue —es— solo uno: él. Son las obras que representa encima de las tablas y a las que les saca, con los dientes y nada más, el espíritu mismo: el absurdo de Ubu Rey, el cinismo de La visita de la vieja dama, el mito de Don Quijote, lo colombiano en Bolívar: fragmentos de un sueño; pero más, porque la aproximación a la música que hoy hace (y de la que podemos ser testigos en Cartagena) no solo se dio a través de la narración de composiciones sinfónicas, sino también por medio de óperas enteras: ahí están en su repertorio El barbero de Sevilla, de Paisiello, La flauta mágica, de Mozart. En fin.

Es en el Teatro Malandro (también un centro de formación e investigación), fundado en Ginebra, Suiza, hace 23 años, donde da rienda suelta a las técnicas que aprendió con los años: el cuerpo del actor, el movimiento segmentado en el escenario, las máscaras y su significado, la sincronía con la música, la coreografía de los seres que allí habitan por momentos. La energía. Es eso, sobre todo: la energía.

Ómar Porras será el narrador de dos historias sinfónicas en el Cartagena Festival Internacional de Música 2014. Él será el encargado de pararse al lado de una orquesta y otorgar al espectador la imagen completa: la línea que demarca los colores vivos de un cuadro y que les da sentido a las cosas. A los entornos. A las figuras.

Primero será la tentación: la codicia del ser humano, quien siempre será capaz de venderle su alma al diablo, con todo lo que esto implica. Luego será la amplitud del alma: el niño que perdona a quien quiso hacerle daño. Todo a través de la acción de la música. Nada más. Nada menos, tampoco.

 

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