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La nostalgia italiana

Resulta un poco difícil, o por lo menos anacrónico, pensar en Nino Rota de la misma manera en que es preciso figurarse a Mozart.

05 de enero de 2014 - 04:00 p. m.
Imagen de ‘Amarcord’, cinta de Federico Fellini con música de Nino Rota.
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La naturaleza del niño prodigio no encaja del todo en la imagen de un hombre que en términos generales alimenta de nostalgia el grueso de su obra. Pero sí, Rota, que nació poco antes de que comenzara la Primera Guerra Mundial y que iba a ser considerado el genio tras las imágenes del más creativo de los cineastas italianos de la historia, se dio el lujo de componer a los once años un oratorio, L’infanzia di San Giovanni Battista, y de interpretar en Milán y en París su comedia lírica en tres actos, Il Principe Porcaro, escrita a partir de un relato de Hans Christian Andersen.

El nombre de Nino Rota está ligado a la historia del cine más revolucionario, creativo y valiente, que enfrentó a través de todos los lenguajes el autoritarismo de una Europa que empezaba a mostrar su cansancio frente a los embates frescos de esa América del Norte que sacó a la cinematografía de una realidad artesanal.

Grandes críticos y publicaciones se han ocupado del estudio y análisis de la música de Nino Rota. Nicholas Slonimsky en 1988 lo resalta como “brillante” y afirma que “su trabajo musical demuestra, en medio de su genialidad, una gran sencillez e incluso una evidente felicidad para las cuales llegó incluso a pisar los terrenos de la música dodecafónica”.

Sin embargo, aquello que el público tiene más presente son sus composiciones para el cine, especialmente un gran número de bandas sonoras para el director italiano Federico Fellini, realizadas en el período de 1950 a 1979.

La amistad entre Fellini y Rota fue tan fuerte que incluso en el funeral del director de cine, Giulietta Masina, su esposa y musa de aquella historia surrealista Julieta de los Espíritus, pidió al trompetista Mauro Maur que interpretara la obra Improvviso dell’Angelo, de Nino Rota, en la basílica de Santa María de los Angeles en Roma.

La banda sonora compuesta para 8½ ha sido considerada el elemento básico de cohesión en la historia. Su trabajo para la citada Julieta de los Espíritus, de 1965, incluyó una colaboración con Eugene Walter para la canción Go Milk the Moon, y se repitió en What is a Youth, para la banda sonora de Romeo y Julieta de Franco Zafirelli.

El American Film Institute destacó la música para la película El Padrino como una de las mejores de la historia y nominó dentro de esta lista su trabajo para Guerra y paz.

Es imposible desligar el sonido de las imágenes que Nino Rota ha coloreado con sus notas musicales. Con ellas demostró que tenía a su haber la mítica máquina del tiempo, la de Wells, la que le permitió viajar caóticamente de la Fontana de Trevi en pecaminosa y transgresora escena de La Dolce Vita a las plazas de Verona y de Bari para ser el árbitro musical de la muerte de Mercucio y el cómplice del despertar sexual del muchachito de Amarcord, para situarse con toda propiedad en el más bello relato escrito sobre la mafia italiana.

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“Cuando estoy creando en el piano, tiendo a mover mis pies llevando el ritmo, lo cual es una expresión feliz. Surge entonces el eterno dilema: ¿cómo ser felices cuando dibujamos la infelicidad de otros? Procuro siempre dar a todos lo que puedo, para transmitir un momento de felicidad. Ese es el corazón de mi música”.

* Periodista especializado en música.

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