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Pearl Jam: de la rabia a la reflexión

Entre la crítica social y las historias cotidianas, el grupo liderado por Eddie Vedder celebra 25 años de carrera, en los que se ha convertido en una referencia del rock alternativo.

24 de noviembre de 2015 - 11:01 p. m.
Pearl Jam se ha mantenido en un umbral de experimentación que les ha permitido acentuar su sonido de raíces punk y al mismo tiempo desglosar armonías muy cercanas a Neil Young. / AFP
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El éxito de Pearl Jam estriba, más allá de sus experimentos técnicos y la narrativa de sus letras, en un hecho simple: tiene imitadores por doquier. Toda una escuela de cantantes han anhelado cantar como Eddie Vedder; todo un ejército de guitarristas y bajistas han querido tener el encono y la soltura rítmica del trío de Stone Gossard, Jeff Ament y Mike McCready. Los pastiches caricaturescos que han resultado de ese experimento sólo reafirman la singularidad de Pearl Jam y formulan una característica esencial del verdadero arte: la geografía armónica de una banda es su bien más preciado.

Como en el caso de un escritor con una voz formada y precisa, Pearl Jam ha vuelto de su propiedad los acordes caóticos y distorsionados, y cierta oscuridad desembalada vaga en cada uno de sus diez álbumes de estudio. Es posible escuchar un fragmento de cualquiera de sus temas e identificarlo como suyo: pocas bandas pueden decir lo mismo después de 25 años de carrera. Y fue así desde el principio, aunque los críticos decidieran reunirlos bajo una misma palabra roñosa y mordiente —grunge— junto a Nirvana y Alice In Chains por una mera razón de procedencia: en 1990, Seattle se había transformado en una suerte de meca del rock independiente, alternativo, de todo aquello que no cabía en las categorías dispuestas hasta entonces y que carecía de nombre. Sin embargo, existe una distancia marcada entre la justicia narrativa de Pearl Jam y las alusiones suicidas o psicoanalíticas de Kurt Cobain, o entre este último y el sonido metálico de Alice In Chains. Ten, el primer álbum sellado por Pearl Jam en 1991, es una brusca introspección por historias que, en realidad, se alejan de la autobiografía y cuya armonía tiene recuerdos ambiciosos de Led Zeppelin y Jimi Hendrix.

En principio, cuando nació como un híbrido doloroso de Mother Love Bone —la banda en que habían militado Ament y Gossard hasta la muerte del cantante, Andrew Wood—, Pearl Jam se ajustó a las reglas de un mercado cimentado: promoción de sencillos, videos, conciertos en numerosas plazas. La voz sorpresiva y compacta de Vedder, capaz de ajustar una balada y también de rugir con salvajismo, atraía a un público decepcionado por la falta de bandas que expresaran la desazón eterna: en una ciudad triste como Seattle, donde sólo crecían niños con ánimos de virilidad y familias destructivas, de cielos grises como piel de elefante y leñadores en parajes ahuecados, la voz narradora de Vedder supuso una luz, una forma de congraciarse con la realidad. En una de las pocas entrevistas que ha dado —Pearl Jam, en general, se ha mantenido lejos de la farándula—, Vedder recordaba que quería entregar a sus oyentes todo aquello que las bandas de su juventud le habían entregado a él: cierta forma de la felicidad, alguna certeza.

Formas de la certeza como All those yesterdays: “¿No crees que ya debes descansar? / ¿No crees que debes recostar tu cabeza? / ¿No crees que debes dormir? (…) / Aún hay tiempo para escapar. / Aún hay tiempo, escapar no es un crimen”. La sensibilidad de la banda para construir sus letras cubre un rango amplísimo; desde la crítica social hasta el balido amoroso, Pearl Jam ha pergeñado un paisaje consistente para sus oyentes en álbumes como Vs. (1993), Vitalogy (1994), No code (1996) y Binaural (2000). Si bien entre uno y otro existen diferencias rítmicas —No code es tal vez el intento más certero para alejarse de su sonido primitivo—, Pearl Jam se ha mantenido en un umbral de experimentación que les ha permitido acentuar su sonido de raíces punk y al mismo tiempo desglosar armonías muy cercanas a Neil Young. En Do the evolution, el séptimo corte de Yield (1998), Vedder canta: “Voy a la cabeza, soy un hombre. / Soy el primer mamífero en utilizar pantalones. / Estoy a gusto con mi lujuria. / Puedo asesinar porque creo en Dios. / Es la evolución, bebé”.

La consistencia de su esqueleto musical supera sus letras. Pearl Jam es una de esas escasas bandas que, aunque se rozan con el mercado en ocasiones macabro de las disqueras, siempre han mantenido una distancia prudente. Su forma de la revolución ha incluido, por ejemplo, demandar a Ticketmaster por especular con los precios de las boletas para sus conciertos, hasta el punto de crear una red de escenarios donde la firma no pudiera intervenir —sólo más de un lustro después, Pearl Jam aceptaría la participación de esa firma en sus giras—. Su forma de la revolución pasa por lucir una máscara de George Bush y cantarle en Bu$hleaguer (Riot act, 2002): “Él no es un líder, es un solo un texano. / Bateando desde la cerca, tuvo suerte con un lanzamiento. / Perforando en busca del miedo, hace simple el trabajo. / Nacido en tercera base, cree que ha hecho un tiro seguro”. Un año después, Estados Unidos invadió Irak bajo órdenes de Bush.

En otra conversación, Vedder afirmaba que sus álbumes habían pasado de la rabia a la reflexión. En 25 años, Pearl Jam ha aprendido que algunas peleas están perdidas de antemano, que la derrota es una familiar excéntrica de la victoria, que algún día el caos juvenil tiene que acabar. Ha aprendido, también, que la madurez no significa resignación sino endurecimiento: el cascarón se vuelve más fuerte y la vida más simple. Canta Vedder en Just breathe: “Quédate conmigo, sólo respiremos”.

Pearl Jam en Bogotá. Hoy, a partir de las 7:00 p.m. Parque Simón Bolívar. Información y boletería: 593 6300 y www.tuboleta.com.

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