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Robert Glasper: un alquimista en el piano

El pianista estadounidense se presentó anoche en el Teatro Jorge Eliecer Gaitán donde demostró cómo sacó al jazz de los anaqueles de la música clásica y lo puso, de nuevo, como en sus inicios, en medio de sonidos turbios y oscuros.

13 de junio de 2019 - 01:58 p. m.
Robert Glasper. / Cortesía
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«Si no pudiera descubrir algo para ayudar al arte o descubrir una nueva forma de hacerlo, no me gustaría estar acá. Preferiría estar muerto. Si no pudiera crear, no me quedaría nada por qué vivir» afirmó Miles Davis durante una entrevista con Ben Sidran. Para ese momento el músico ya era una de las catedrales del jazz, una antigua escuela de afroamericanos que había revolucionado la música en Estados Unidos. Esa misma escuela como norte de nuevos talentos en la escena, la misma que hizo soñar a Robert Glasper con hacerse músico.

Glasper creció en Houston cerca de la escena jazzera de la ciudad, su mamá Kim Yvette Glasper dirigía la agrupación musical en la East Wind Baptist Church en donde permitía que su hijo participara o, incluso, la acompañara a dúo. Robert Glasper tenía seis años y ya tocaba en la iglesia a la que asistían con su familia. «Mi iglesia era tan pequeña que no cabía un bajo ni una batería, todo lo que había era un piano no demasiado bien afinado, así que tuve que aprender a apañármelas por mí mismo para conseguir hacerlo todo y que la cosa sonara» dijo para El País.

Hoy reconocido como una de las grandes figuras del jazz contemporáneo, Glasper, apuesta por el principio creador que aprendió de Miles Davis: la reinvención eterna. Después de estudiar en la New School for Jazz And Contemporany Music de Nueva York comprendió que los grandes sonidos que surgieron desde la resistencia de la comunidad afroamericana en Estados Unidos estaban relacionados todos con el jazz. Repasó sus caminatas por la ciudad de su niñez con el hip-hop alrededor en autos y radios locales, y se encontró con los experimentos sonoros neoyorkinos de Bilial y Soulquarians. A partir de esto emprendió un camino difícil de experimentación, rompiendo con el estigma que había ganado el jazz de género clásico, para los puristas ha sido un escándalo, para quienes vieron siempre en el jazz un género arriesgado y atávico la música de Glasper responde con nuevos sonidos.

Glasper ha convertido sus producciones en laboratorios, donde sus químicos dejaron de llamarse hip hop, R&B y jazz. Los brebajes que surgen de sus mezclas son un tipo de música potente, que rompe las líneas de las categorías. La prueba de esto es el disco “Everything is beautiful”, definido por la prensa como “reinterpretaciones imaginadas”, donde Glasper reconstruyó las grabaciones originales de Miles Davis pertenecientes al catálogo del sello Sony/Legacy. Lo que hizo Glasber a través de 9th Wonder, Bilal, Phonte y Erykah Badu fue convertir un disco en una piel, en un paisaje también. Lo dotó de las texturas del análogo, los sonidos corroídos por el tiempo y de los pasajes atmosféricos de los sintetizadores modernos. El pianista pudo trabajar sobre el catálogo completo del trompetista, incluyendo las grabaciones de las conversaciones entre Davis y sus músicos y ese ingrediente transformó una producción discográfica en una bestia nostálgica que arrasa con los espíritus amantes al jazz.

Robert Glasper se presentó anoche en Bogotá en un momento estelar de su carrera. En el Teatro Jorge Eliécer Gaitán nadie sabía que lo que iba a ver, aunque supieran de memoria la lista de canciones que serían interpretadas. El laboratorio del estudio, Glasper lo traslada al escenario donde cada músico, cada canción funcionan como entes independientes. Un alquimista en el piano es Glasper. Así que la función de anoche fue una especie de ritual y nosotros, los que estuvimos sentados a los pies del estadounidense asistimos para ser bendecidos por una música que no tiene género, ni nombre.

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