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Viaje a la memoria de Leandro Díaz

Cinco años después de la partida del compositor, su hijo Ivo Díaz describe cómo se inspiraba su padre y cómo hace una década juntos emprendieron un viaje para recuperar más de treinta canciones inéditas que hoy atesora para producir una antología.

23 de junio de 2018 - 09:38 a. m.
El juglar Leandro Díaz entonó música mexicana y boleros antes que vallenatos. / Archivo particular
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Los rincones de la casa de Leandro Díaz en el barrio San Carlos de Valledupar están pletóricos de sus recuerdos. En ese ambiente, en el que todas las cosas se disponen como un permanente homenaje, hay muebles de colores, pinturas y fotografías por doquier, carboncillos del bardo iluminado, un autorretrato suyo, un acordeonista pisando notas y la emblemática imagen recreada  con pinceles, de turpiales sobrevolando al autor y la reina de su musa. Varias  décadas después, Leandro Díaz quiso oler y escuchar el paisaje, y sentir si las aguas del río Tocaimo estaban tal cual como aquel mediodía de antaño.

En ese ambiente sugestivo, Ivo Luis, el dilecto hijo de Leandro, recuerda el día en que a la puerta tocó el noruego Oystein Schjetne, un rubio descomunal que llegó al país siguiendo el rastro de Gabriel García Márquez y de  su padre. Por cuenta  del  renombrado epígrafe del Nobel en El amor en los tiempos del cólera, Schjetne se enteró de la existencia del trovador guajiro y quiso testificar qué tanta era su grandeza como para  que el escritor lo citara en su romántica novela.

La insospechada presencia del forastero sería la razón para que poeta y cantante adelantaran los planes que tenían de hacer una correría por los territorios que ambientaron la inspiración de Leandro Díaz en sus tiempos mozos. La expedición fue en 2008 y el fin era dejar al compositor en contacto con las montañas, los árboles, los riachuelos y los aromas que había percibido, para que empezara a recordar versos de los que hasta ese momento no había registro.

Cuenta Ivo que en la casa de la vereda Alto Pino de Lagunita de la Sierra, donde Leandro Díaz había nacido el 20 de febrero de 1928, su papá recordó varias estrofas; luego, en la finca Los Pajales, en inmediaciones de Hatonuevo (La Guajira) se recuperaron otras cuatro canciones. Viajaron a San Diego, a Codazzi, a Manaure, a Barrancas y en cada estación el poeta evocaba las líneas que le fluyeron de repente, cuando fue tocado por la brisa, por el sol y por la  musa. Fueron a Tocaimo, y aunque no estaban los mismos tocaimeros que inventarió en el merengue que compuso en la mañana del 4 de octubre de 1949, sí estaba el río que nace en la serranía del Perijá. 

Tal como se muestra al interpretar la obra de Leandro, Ivo Luis trasluce los sentimientos cuando lo nombra y al invocar esos días que refrendó el noruego. Fueron treinta, tal vez cuarenta, las letras que el maestro desentrañó del alma y la memoria. Ya lo hacía sin  recelo, con la confianza  de que estaba su hijo como amanuense y de que por ahí cerca no había piratas atisbando:

“Contaban los abuelos que en tiempos pasados andaban los piratas rondando en el mar; hoy  solo quedan los recuerdos del que fue corsario y los piratas rondan por Valledupar; donde uno menos cree lo viven acechando, ningún compositor se debe descuidar. Si uno compone un son, y se pone a ensayarlo, más de dos mil oídos le oyen en silencio y se alejan de allí llevándose el secreto de aquel nuevo paseo que no se ha publicado, y cuando el propio dueño trata de cantarlo, ya lo han diferenciado y le han robado los versos”, (Los piratas, Leandro Díaz).

Asegura Ivo Díaz que con esa canción su papá le puso el tatequieto  a quienes le usurparon letras y melodías. Por la invidencia y su incapacidad para escribir, el único lugar seguro para la guarda de las canciones  era su memoria, a pesar de que varias se perdieron en ese viaje  de boca en boca, de pueblo en pueblo. No había grabadoras, tampoco papel.

En tales tiempos de tradición oral los compositores como Leandro Díaz, adentrados en zonas rurales, estaban a merced de los expoliadores; así fue que un día Chico Bolaños se apropió de la música de La chulavita, que Abel Antonio Villa hizo lo propio con La loba ceniza y la firmó con el nombre de La camaleona, y que Rafael Escalona le puso a La brasilera la melodía de Corina.

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Leandro José Díaz Duarte, hijo de Abel Duarte y María Ignacia Díaz, hermano de Urbano y padre de Ivo y nueve hijos más, se supo hábil para repentizar versos, y aunque lo hacía para divertir a sus amigos y alegrar las horas penumbrosas, supo que podía vivir de las canciones porque advertía el deleite de quienes lo escuchaban cantar y soplar la dulzaina. Así ganó sus primeros pesos, narra Ivo, en un parador conocido como El Manguito, localizado entre Codazzi y el corregimiento de Casacará.

En aquel lugar, la dependiente, una señora de nombre Zoila Fuentes, dejó  que Leandro Díaz cantara a los cultivadores de caña, café y algodón que allí se detenían antes de ir a las fincas. El juglar también supo que podía vivir de sus canciones cuando llegó a Tocaimo, una tierra de músicos, pero donde el único compositor era él y donde los tocaimeros nombrados  en la canción le dieron de a cinco pesos _algunos el doble_ en reconocimiento por hacerlos protagonistas en los versos.

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El destino de Leandro Díaz, que sintió sus primeros soles a los ocho días de nacido, lo pudo haber marcado la tía Erótida Duarte, la mujer que amainaba su soledad leyéndole y cantándole fragmentos de canciones, de rancheras como Allá en el rancho grande, la primera  de la que tuvo noticia. El juglar entonó música mexicana y boleros antes que vallenatos, pues él había nacido para crearlos; además, solo cuando estaba crecido conoció de cultores que nacieron antes que él, como Juan Muñoz y el mismo Chico Bolaños.

Ivo Luis encuentra explicación a la destreza  de su papá en ese hábito que le inculcó la tía Erótida y que él transmitió a los amigos que fue haciendo, y que con frecuencia llegaban a visitarlo. Le preguntaban qué quería para su cumpleaños, y él pedía que le llevaran libros y que se los leyeran. Así conoció María de Jorge Isaacs, la poesía de Julio Flórez y Rafael Pombo, la prosa de Fernando Soto Aparicio y la de García Márquez. Se inmortalizaron ambos  en el pacto de La diosa coronada.

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La vida se la describieron los libros y la identificó con los sentidos que la naturaleza no le negó: con su oído fino, con su tacto, con su luz interior. Fue un tocado de ese Dios  del que jamás renegó, a pesar de las tristezas, de la soledad de su infancia y de los golpes, las caídas y los tropiezos. Los lazarillos llegarían años después: los amigos que lo guiarían a través de la lectura, como Fanny Zuleta, la esposa de Colacho Mendoza. El lazarillo fue Ivo Luis, el adalid de su legado.

Hoy, cinco años después de la partida del rapsoda, y cuando algunas letras modernas advierten la decadencia de la música, las canciones inéditas de Leandro Díaz están para reivindicar el género vallenato. Ivo Luis, quien tiene un gran proyecto con la treintena de letras que atesora, se anima entonces a soltar unas líneas de la única cantilena que aquel compusiera en tono menor y que recordó en la expedición de 2008, cuando pasó cerca de La Jagua del Pilar:

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“Una tarde pensativo me encontraba, donde las aves se paseaban divertidas, la viajerita que cerca de mí pasaba, al verme triste  se acercó muy condolida. Se puso a preguntar qué tienes en el alma, yo quiero que me cuentes de tu vida; yo al oírla me puse a llorar y sus palabras me hicieron hablar: estoy cantando, estoy pensando porque mi alma necesita un buen destino para cambiar en la vida. No eres tan triste como tú te lo  imaginas; hazte el cargo que yo soy la viajerita, soy  la que aconseja a un alma entristecida. Para que eches al olvido la desdicha esta frase yo te dejaré: en desdicha no debemos creer”.

Leandro Díaz fue magistral  poeta, músico de dulzaina, guacharaquero y, en San Diego, voz de las tres guitarras de Juan Calderón, Hugo Araújo y Antonio Brahím. Fue hábil quiromántico que tuvo entre sus manos las de jovencitas atraídas por versos y vaticinios. Las sintió cerca y se llenó de motivos para contar historias.

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Tuvo cerca a Ivo Luis Díaz, con quien intercambió alma por ojos, y que fue testigo siempre de su genialidad, de cómo repentizaba en las parrandas y de cómo un día dejó de revelar las canciones completas por temor a los bucaneros. Se convirtió en su guía, su cuidador, su cantante más fiel y custodio de su obra. Su hijo asistió al deja vu  que le permitió a Leandro Díaz, en esas andanzas por Cesar y La Guajira, recuperar la treintena de canciones. Una aventura en la que pudo confirmar que sí, que las aguas del río Tocaimo, como la memoria prodigiosa de Leandro Díaz, corren claras.

 

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