Pareció faltar algo aquí y otro poco más allá. Y así, entre ausencias y ausencias, la segunda corrida de abono en la Santamaría terminó por saber a poco. A lo mejor, porque toda se apuró de un sorbo, el de su primera mitad. Lo demás, antes que sobrar, no le hizo falta a nadie.
Miren no más cómo salió, por ejemplo, un toro de bandera, ese tercero de la tarde, al que El Fandi le cortó en exceso las distancias, hasta el punto de privarnos de su tranco y galope. Un toro al que la presidencia le negó lo que merecía, la vuelta al ruedo, porque fue completo en todos los tercios y peleó en los medios, a donde fue e morir. Incluso, el ejemplar tuvo la nobleza de no reparar cuando lo tomaron en corto y anduvo con transmisión en la muleta del torero de Granada, que ligó dos buenas tandas. Oreja y obra inconclusa.
Y antes de ese, se vieron otros dos, primero y segundo, muy blandos, pero permitiendo que afloraran, primero, las prometedoras maneras de Juan Solanilla, y en seguida, lo que El Juli siempre trae a Bogotá, su condición de figura.
Con el toro on que Solanilla confirmó la alternativa, se vio el clásico aquel del que quiere pero le cuesta una barbaridad. Todo por la falta de fuerza. Menos mal que Juan le administró, que de eso también aprendió en las aulas, lo que estaba muy en el fondo: el sello de lo de Ernesto Gutiérrez, y pudo entonces sacar una tanda de naturales de otra faena. La plaza, que lo había ovacionado de salida, tuvo ahora razones para hacerlo por una faena que supo construir. No mató bien, pero dejó sabor y recibió un saludo de esos que sabe dar la Santamaría.
El segundo también sentía los esfuerzos y se iba de manos. Julián lo cuidó como a un niño en el prólogo y ya con la muleta, también sin molestarlo, le corrió con suavidad la mano, para luego sí marcarle tramos largos con el trapo, para dar a luz dos o tres muletazos de los que El Juli tiene patentados. Una espada desprendida y la petición conciliaban una oreja. Dos ya eran un exceso. Lo que, en efecto, sucedió.
Eso era todo. Nadie lo sabía a esa altura de la tarde, pero, sí, eso era todo. Porque el cuarto, flaco y desgarbado, anduvo por el ruedo en medio de las protestas de la gente y con El Juli en plan de remediar lo que era irremediable.
El quinto tuvo a su favor la voluntad de El Fandi (que puso banderillas en este y en el otro, con un buen colofón en ambos: par al violín) y en contra una limitación propia, la de los cuartos traseros, que le impedía moverse. Una oreja de cariño y la corrida sin poder parar la cuesta abajo en que venía desde el turno anterior.
Tampoco echó una mano el sexto. Juan Solanilla intentó, pero el tardo y distraído no aceptó la invitación y prefirió morir sin pelear, tras dos avisos que mostraron la debilidad del torero local con los aceros.