El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Un ángel, un toro, dos tardes

En las tardes del 16 y el 17 de enero se abrió la temporada de Bogotá. En ellas estuvieron Guillermo Valencia, Paco Chávez y Ramsés, hijo de El Bogotano.

18 de enero de 2010 - 10:31 p. m.
PUBLICIDAD

Escribir a día pasado tiene la virtud de que las emociones que se vivieron en la corrida pasan por el túnel del sueño, se seleccionan solas y sobre la almohada se topa uno al abrir los ojos con lo que fue verdadero, hondo, profundo. En las tardes del 16 y el 17 con que se abrió la temporada de Bogotá, vi y viví muchas cosas bellas en la Santamaría, comenzando por la luz de estos eneros que va cambiando sobre la arena, del enceguecedor blanco que contrasta con el negro luto de los alguacilillos, al seductor arrebolado de las cinco y media, cuando se anuncia el penúltimo toro, el renombrado quinto. La temporada de enero —el verdadero verano de la capital, que no es ese tiempo chirle que Peñalosa tituló verano para equipararlo con el clima de Washington— es el pago de una abstinencia larga y penosa que no alcanza a ser rota por el fugaz festival de agosto. A enero se llega jadeando de ganas. Y el primer encuentro, esta vez, fue con unos jamelgos resabiados y feos que abrieron la plaza el 16; pero el 17, en compensación, salieron dos árabes brillantes y acompasados. Para entonces ya habíamos gozado a Guillermo Valencia, un imberbe payanés que torea. Digo torea y lo repito si torear es mandar, templar, cargar la suerte y ligar. Todo lo hizo con hondura, honradez y aplomo. Un torero serio, que se deja llevar por el gusto de torear. Estira su cuerpo como un Ponce, se para vertical a lo José Tomás y lo acompaña la verdad de César Rincón. No digo que esta criatura sea como estas figuras, sino que tiene modales que obligan a recordarlas. Como otro torero de esa tarde, el extremeño Paco Chávez, que hizo un quiebre en banderillas con aires de Ángel Teruel: quebrando la cintura en el hocico mismo del toro. Y ligo yo: un quiebre de cintura tan valiente, preciso y plástico como el que se le vio a Ramsés en la corrida del 17 en un cambiado por la espalda, toreando a Afanoso, un requemado que fue arrastrado con claveles rojos sobre el ijar. Porque el encierro de Santa Bárbara era un fuera de lote. Toros acuerpados, macizos —castaños unos, negros otros, alguno bragado, jabonero otro—, con trapío todos. La afición aplaudió agradecida los apasionados insomnios del Capitán Barbero y los aires limpios y las altas nieblas de la vereda El Verjón a espaldas de Monserrate. El encierro cerró la puerta a los toros chicos y las bolsas grandes, como dicen.

Ramsés, hijo de El Bogotano, es un torero parado, sabe templar y cruzar la línea del miedo. A su primero le robó cuatro naturales, otras tantas manoletinas y una oreja. Con el segundo, quinto —bello entre los bellos, aplaudido al romper plaza—, no pudo cumplir sus sueños, pero tampoco vivió pesadillas. Mostró oficio. Cristóbal Pardo —hijo también de torero— trompicó su muleta en los cuernos de Cayajeto, un carbonero de 513 kilos; un toro pesado sin fijeza, que desparramaba su vista sobre banderas y callejón. Su cuarto, Medialuna, fue la estrella de la tarde, un castaño oscuro al que Pardo ciñó en chicuelinas. Fue afortunado el matador con las banderillas que el público le pidió. De un par al sesgo y al hilo de las tablas, salió airoso por los adentros. Medialuna se repetía, hacía pausas sin mostrar la lengua, humillaba. Pardo le sacó derechazos templaditos, naturales, molinetes, ayudados: arropó toda esa bella fuerza de 505 kilos con su muleta. Una oreja y vuelta al ruedo entre aplausos, claveles y sombreros al toro. Manuel Libardo, torero de Ubaté, no fue afortunado con su primero, Quitasoles, que se plantó en la puerta de chiqueros como aquel Elocuente que se le quedó a José Fernando Alzate el sábado cuando quiso recibirlo a la gayola en la Santamaría. Ahí, a un toro congelado, embarcarlo es tan difícil como peligroso porque alcanza a distinguir al torero en la pausa. Pero Quitasol se quedó y después se aquerenció y allí, el de Ubaté, no logró nada. Si el toro no tenía suficiente casta, Manuel Libardo no tenía sitio y ello fue el anuncio, que casi termina en tragedia cuando el toro lo revolcó con peligro. Aviso y rechifla. En su último, sexto, hizo lo mismo que hizo David Martínez el sábado, poco, casi nada. Pero los dos toros tumbaron caballos y picadores.

A Guillermo Valencia, que podría llegar a sacrificar un mundo para templar un pase, hay que cuidarlo de elogios y llevarlo con suavidad, sin atropellar, como se lleva un toro dulce al caballo.

Ver todas las noticias