Aunque en verano se les reemplaza transitoriamente por bebidas más ligeras y refrescantes, como espumosos, blancos y rosados, dicho cambio de preferencias ya no es temporal.
Según la Asociación Norteamericana de Economistas del Vino, las ventas de tintos franceses indican una tendencia negativa, pasando de ocho millones de hectolitros en 1995 a menos de cuatro millones en años recientes. Las regiones más afectadas son Burdeos y Borgoña, reconocidos exponentes de la categoría.
En el mismo período, las cuentas para espumosos, blancos y rosados son positivas y prometedoras. Los rosados, en particular, han crecido en un 93 %, hasta llegar a su volumen actual de más de tres millones de hectolitros, y en ascenso progresivo.
Las razones son diversas. Según los productores bordeleses de vinos tintos, la disminución en ventas se atribuye a un fenómeno de sobreproducción, lo mismo que a los hábitos de consumo de las nuevas generaciones. Francia, además, es uno de los mercados de más rápido crecimiento para las bebidas sin alcohol, cada vez más populares allí y en otros mercados internacionales.
Los tintos presentan mayor contenido alcohólico porque las uvas utilizadas tardan más tiempo en madurar y en alcanzar el porcentaje necesario de fructuosa para poder fermentarse, lo que hace inevitable una mayor concentración de dicho compuesto. En Francia, el porcentaje de alcohol por volumen en el tinto es del 13,5 %, mientras que en el rosado alcanza un promedio del 12 % y en el blanco, del 10 %.
Llama la atención la voltereta experimentada por el tinto. Hasta hace relativamente poco tiempo, dicho vino gozaba de gran favorabilidad entre muchos usuarios, debido al surgimiento, en los años 90, de la llamada paradoja francesa. Según este precepto, los franceses, pese a su alta ingesta de alimentos grasos, presentaban un bajo riesgo cardiovascular, en gran parte gracias al uso de vino tinto, bebida rica en antioxidantes.
En la actualidad, los consumidores jóvenes no solo han eliminado los alimentos grasos de su dieta, sino que han optado por bebidas bajas en alcohol y, por tanto, más ligeras y refrescantes, como los espumosos, blancos y rosados.
Sería impensable vaticinar la desaparición del vino tinto. Por ahora, numerosos productores han tomado medidas para trabajar con cepajes capaces de arrojar tintos ligeros en cuerpo y alcohol, y, en general, más naturales. Solo falta que los consumidores acepten un cambio que modificaría de raíz el tipo de vino aún más consumido en el mundo.